Dos textos de Marco Almeida

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Redención

Aunque la gente alrededor lo mirara de pies a cabeza sin parar, no odiaba esa fila. Estaba sorprendido, la inquisición visual era una caricia que no penetraba el estampado psicodélico de su saco.

–Pasaporte

–Aquí está

­–“Jean-Patrick de Haes”, “belga”, bienvenido a México, señor

Poniendo en práctica tres años de estudiar español, Patrick sobrevivió a las calles de la ciudad de México, llegando entero a la estación de autobuses TAPO. Aunque la prensa exagera todo para causar pánico, estaba decidido a no temer nunca más, incluso en un país de tan mala fama. Si lo que escuchó en los cafés de Bruselas sobre don Tauro era cierto, seguro que no volvería a tener miedo. Estaba a sólo unas horas de San Cristóbal de las Casas. “Paciencia, Patrick, cálmate”– pensó antes de caer dormido en aquel asiento grosero.

Conocía el sabor del café chiapaneco, pero nunca había probado las empanadas de quesillo. Detrás de los lentes oscuros paseaba su mirada por los cerros lejanos; las caras morenas de los dueños de la fonda, comensales y transeúntes que le parecían todas iguales; los niños sucios y descalzos limpiando zapatos en los bajos de la iglesia; el cielo que parecía venirse abajo amenazando de muerte a todos y el café en la olla, más negro a cada golpe de cucharón. Tenía las manos heladas.

La comida caliente entibió sus ánimos y calmó su vista, sacó una libreta de la mochila y la abrió sobre aquella mesa de plástico al aire libre en la plaza de San Francisco. Releyó por enésima vez las indicaciones de Lalou:

“Llega a la catedral y camina una cuadra hacia la izquierda y luego una y media hacia la derecha, ahí está el Jaguar de ámbar, busca a Manuel, es de esos hippies latinos que te hacen descuento si les sacas plática, lo conocí en la montaña de don Tauro, él puede llevarte. No olvides a qué vas, amor, no me olvides.”

Prendió un cigarro para la digestión, pagó la cuenta y tomó el rumbo señalado por la mesera. El humo anestesiaba su mente y le gustaba ver en cada exhalación el fin de su tormento, ojalá caminar hubiera sido tan liviano como fumar, ojalá sus preocupaciones se confundieran en el viento como el vaho en el humo. Llegando al Jaguar de ámbar pidió a la recepcionista –una castaña con acento mixto– hablar con Manuel, el joven fue a buscarlo y a los pocos minutos apareció.

–Buenas, yo soy Manuel ¿en qué te puedo ayudar, hermano?

–Hola, soy Jérôme; me recomendaron mucho este lugar para rentar un cuarto

–¿Sí? Buena onda…entonces quieres quedarte en el Jaguar

–Unos holandeses que vinieron hace años me lo recomendaron, qué bueno que aún existe. Me gustaría estar por un mes, quiero conocer San Cristóbal, y sobre todo a don Tauro

–Pues caíste donde debías, mi buen, aquí vivimos muchos discípulos del viejo, se te puede hacer un descuento sin pedos, para que veas cómo está el trip, aquí llega gente de todo el mundo para conocer a don Tauro, es un sabio, un mensajero del cosmos

–Eso he oído, ¿es cierto que creció en un monasterio del Tibet?

–Sí, es que vinieron unos monjes aquí a Sancris cuando don Tauro era niño; era huérfano y vivía en el bosque a las afueras del pueblo, y pues que se enteraron los chinos esos y fueron a visitarlo. Cuenta don Tauro que se lo llevaron porque vieron algo especial en él, tenía una luna menguante en medio de la frente, ya sabes, el tercer ojo, la profecía del hijo de la luna, el gran maestro…

–Claro, claro. ¿Entonces es como un monje tibetano?

–Eso se queda corto, carnal. El viejo regresó cuando tenía como treinta años, aunque no había hablado su lengua en un buen de tiempo no la olvidó. Buscó a los chamanes tsotsiles y se volvió su discípulo; estaba tan avanzado que los marakames de Wirikuta lo llamaron durante un viaje astral y desde eso se comunica con el venado cósmico, ese que se ve con el peyote. Igual como ya llega a planos súper elevados viajó en espíritu hasta el Amazonas para aprender los secretos de la ayahuasca. Es un locote, la neta.

–Todo un personaje; más grande que los Beatles y el papa juntos– comentó Patrick tratando de ocultar con humor que no había entendido un carajo

–¡Ahuevo!­ Entonces te quedas, hermano, vamos a ver tu cuarto, te voy a dar descuento, sabes a lo que vienes

­–Gracias, vamos– dijo el nuevo inquilino siguiendo a Manuel

–¿Entonces tú eres francés? Tienes toda la pinta

Oui, je suis français, de Bordeaux…­–continuaron hablando hasta que Patrick se acomodó en uno de los cuartos libres.

Pasaron tres semanas y Patrick se había hecho amigo de varios discípulos, quienes le enseñaron lo básico de agricultura urbana, meditación, filosofía oriental y cosmovisión indígena; solían practicar yoga en la terraza del segundo piso del Jaguar y tener conversaciones espirituales en el jardín central de la posada, tragando litros de pox hasta quedar santamente pedísimos, aseguraban sólo seguir “el costumbre” ceremonial tsotsil. Nunca se había sentido tan sereno y en paz, el cielo se expandía hacia arriba y veía a los árboles respirar la brisa, ni siquiera extrañaba el tabaco. Le era cada vez más inverosímil que los discípulos hubieran tratado tan mal a Lalou. Ellos no podían haberla golpeado e insultado, no podían haberla sacado del Jaguar sin dejarle tomar su pasaporte, ellos eran compasivos seres de luz, no podían haberla amenazado de muerte. Llegó el día en que estaba listo para conocer a don Tauro– le informaron sus compañeros.

El camino a la montaña sagrada tiene que hacerse a pie, según los discípulos ir de otra forma es hacer trampa. Durante el trayecto, Manuel le platicaba a Patrick sobre lo que ocurre durante el primer encuentro con don Tauro: ceremonia de purificación en temazcal, viaje guiado con ayahuasca, lectura de la respiración, viaje astral a la infancia, plática con las estrellas y meditación constante junto al río… Ninguno de los hermanos volvía a ver la vida de manera gris después de esa semana sagrada con don Tauro. Manuel le recomendó olvidar su cuerpo, porque los guerreros de la luz no deben preocuparse por cosas mundanas. Al llegar encontraron al viejo sentado en una piedra, viendo el horizonte, tomando un bastón con la mano izquierda; en su rostro no había emoción alguna.

– Don Tauro, hay alguien que quiere conocerle, le presento al hermano Jérôme, ha estado un par de semanas en el Jaguar, está listo

– Gracias, Manuel, puedes irte ahora– dijo el sabio inclinando levemente la cabeza y alzando la mano derecha abierta. Patrick se presentó tratando de mantenerse ecuánime, pero la angustia y el horror palpitaban dentro de él envenenando su sangre nuevamente, el viejo lo notó:

– Dime, Jérôme, ¿qué te aflige que no puedes ni respirar?

– Estoy cerca de la muerte, don Tauro, muy cerca, y tengo miedo

– Entiendo… no debe asustarte la muerte, es sólo parte del flujo cósmico del que formas parte y eres manifestación, es la manera en que nos acercamos a la dimensión sagrada del silencio que nos lleva al nirvana

– No soy buena persona, don Tauro, estoy condenado a morir incluso después de muerto, no hay esperanza

– Ya veremos…recoge esas piedras y ponlas junto a esa olla en la fogata

Patrick obedeció, mientras tanto, don Tauro preparaba el agua con hierbas que mojaría las rocas en el temazcal. –El vapor en el vientre de la madre tierra es medicina– dijo el sabio antes de iniciar los cantos rituales:

“Tierra es mi cuerpo,

agua es mi sangre,

aire mi aliento

y fuego mi espírituuuu.

Círculos en el universo,

Círculos en el universo,

De pura luuuuz”

Así inició una semana de purificación y renovación espiritual. Todas las ceremonias que pronosticó Manuel se cumplieron. Su conexión con el universo se intensificaba y su alma estaba cada vez más limpia del miedo que la embargaba. Al cuarto día, tumbado a la orilla del río después de beber un menjurje hecho por don Tauro, abandonó su cuerpo dejándolo totalmente indefenso. Emprendió el viaje hacia el origen del cosmos, tomó a dios entre sus manos y viceversa, era dios una esfera cálida y diminuta que borró en él todas las preocupaciones propias del hombre y le reveló la dimensión sagrada de su ser. Don Tauro sonreía y un cambio de parecer se ahogó en su mirada inexpresiva.

Un destello de luz emanado de dios fisuró la oscuridad en que se encontraba Patrick, abriendo un portal a su infancia en aquel pueblito cerca de Bruselas: vio a su primo y a él mismo corriendo tras un gatito al que amaban, al atraparlo pelearon por abrazarlo, el minino chillaba mientras Patrick lo jalaba de la cabeza y su primo de las patas traseras, se quejaba cada vez más fuerte hasta que de pronto no lo hizo más, hubo un festival de tripas volando por el aire bañando las caras de los niños. Lo amaron hasta la muerte. –El amor y la muerte se complementan, luz, se complementan, luz, se complementan, luz– escuchó decir sin palabras a la melodía ronca que brotaba de los confines de lo increado.

La noche del sexto día en la montaña sagrada era fría. Comer frutos silvestres junto a la fogata era la única forma de consolar el cuerpo. Don Tauro contaba una más de sus anécdotas con los monjes tibetanos y notaba el sosiego que Jérôme había alcanzado. Satisfecho de haber ayudado a otro guerrero de la luz en su camino, le dijo:

– Has crecido estos días, Jérôme. Te felicito, ¿aún te crees malo y le temes a la muerte?

– No, bondad y maldad son la misma cosa, son la misma energía que tira en direcciones opuestas en el universo, permitiendo su continuo movimiento; y la muerte sólo es el abandono permanente de un cuerpo, mutación de la materia que no afecta al gran espíritu universal que somos

– Exactamente

– Y los hombres, como seres cósmicos no pueden ser completamente buenos ni completamente malos. No hay purezas en la realidad

– Cierto, Jérôme, nadie es totalmente malo

– Ni totalmente bueno, ¿verdad, don Tauro?

– Hasta la madre odia al recién nacido cuando no le deja dormir una semana, y el niño quisiera vengarse del padre cuando lo castiga…es natural… ¿cómo te sientes ahora? Ya te sientes vivo, ¿verdad?

– Me siento más vivo que nunca, pero mucho más cerca de la muerte que antes– dijo sereno y con la mirada fija en la luna menguante de don Tauro. Los grillos cantaban a las estrellas.

Se abalanzó sobre el anciano y comenzó a golpearlo, morderlo y arañarlo mientras gritaba como demonio francófono, éste intentó huir a la primera oportunidad de pararse pero Patrick lo alcanzó y derribó estrellándole su bastón en la cabeza, lo arrastró unos metros y le hundió la cara en la tierra donde había orinado un rato antes, molió sus costillas y dientes a patadas, su boca era una piltrafa sanguinolenta ya inútil para pedir piedad, Patrick se agachó junto a él, lo tomó del cabello para poder verlo directamente a los ojos por última vez, saboreó el miedo del hombre santo y supo que era más grande que todos los temores de su vida juntos. Imaginó el rostro enajenado de Lalou tumbada junto al río, siendo desnudada por don Tauro; recordó las lágrimas que desfilaron sobre su rostro cuando le platicó sobre su viaje a México; sintió su dolor y encontró placer en el sufrimiento del anciano. Todo había valido la pena. Avivó la fogata perdida en la montaña y echó el cuerpo del viejo, lo vio consumirse mientras bebía un litro de pox. En algún punto de su borrachera le pareció que olía apetitoso.

La luz del día se colaba por la espesa neblina permitiendo ver el camino de regreso a Sancris. Patrick se limpió la sangre, prendió un cigarro de celebración, y bajó la montaña totalmente purgado de sus males. La muerte había quedado atrás y todo estaba perdonado, el universo podía seguir su curso. Un mes antes de partir hacia México, acompañó a Lalou al bosque de Soignes a deshacerse del niño moreno con la luna en la frente que había parido. Aunque Patrick ya no era el mismo, pretendía que todo volvía a ser como antes. A los bajos de la iglesia de San Francisco, un niño sucio y descalzo limpió los últimos rastros de muerte de las botas de Patrick. Comió sus últimas empanadas de quesillo en la vida y pasó un par de semanas en Cancún antes de regresar a Europa.

 

Es una broma la importancia y al revés.

Quebrarse ya no es redituable

Ni enseñanza módica

De samurái sin sable.

Safo Amazónica twerkea

por viajes gratis en Uber

Siendo flecha y antorcha

de otra repolución justiciera.

Que hueva ser tantito más

Que los menoscabos del olvido

Mientras el camión destartalado baila

Como panza de diputado plurinominal.

El día en que naciste prole

Te habían abortado siete veces

Las luces que has encontrado en el camino

Guardaban el puñal verde entre las nalgas.

Quisiste alar tus plumas

Y sólo nadas en txnta miseria

Abandona toda ilusión

Pues de los culeros es el reino de la Tierra.

Es mejor mantenerse al margen hasta de uno mismo

¿Será el centro del que tanto pitorrean?

¿Qué putas puedo hacer, Malumba, si no puedo hacer nada

y tampoco sé del ofocio de mirar y mirar?

 

 

Marco Almeida Poot. Sin haciendas, publicaciones serias ni gracias taquilleras. Antropólogo social poch literato nacido hace 25 años en Mérida, Yucatán. Ha participado en algunos talleres de cuento y poesía, principalmente de la Escuela de Escritores Leopoldo Peniche Vallado, donde cursó dos semestres mientras vendía seguros y terminaba su tesis sobre decolonización del saber, interculturalidad y altermundismo. Le gusta viajar y a menudo se le sale lo antropólogo cosmoteándrico cuando platica. Ha colaborado en estudios antropológicos en Chiapas, Yucatán y el antiguo DF. Actualmente godinea en la Unidad de Proyectos Sociales de la Universidad Autónoma de Yucatán y le laten la gestión social del conocimiento y la tronadera. La primera vez que leyó textos suyos en público ganó un slam de poesía, dos tarros de cerveza y una hamburguesa, durante la clausura del Congreso Interuniversitario de Estudios Literarios y Lingüísticos 2016 en Mérida; se enfermó de sika en la mañana pero estuvo contento varios días. Si quieres contactarlo escríbele a me.almeida191@gmail.com

 

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