Sin daño a terceros

Un comentario

No cuesta nada acatar una maldita orden. Por eso no entiendo a los que constantemente rompen las reglas y sacan la lengua. Es tan fácil como no morder una manzana, y aun así, existe la jodida tentación de desobedecer. Nomás porque sí, porque podemos. Llevamos arraigado en los genes la rebeldía, luego entonces lo verdaderamente reaccionario es hacer lo que se nos pide. Por eso no comprendo esa insistencia en cuestionarlo todo y vacilar y torcer la jeta. Sea usted revolucionario y obedezca. Créame, el rigor marcial aplicado a todo individuo establecerá una era dorada en la historia nacional, tan accidentada por revoltosos de mierda.

Uy no, pero es mejor seguirle la corriente a los que van contracorriente. Ensuciarse los zapatos con la propia sangre para que digan: ese es un héroe. Héroe es el maldito al que le dicen cállese y guarda silencio. Prócer de la patria al que le dicen estese quieto y se pone a tejer chambritas en la puerta de su casa. No así el guerrillero o el contrainsurgente, o el que se manifiesta ni el que alza la voz. Eso es tan común, tan vulgarmente típico que ya ni sorpresa causan. Yo me permito darles un consejo: váyanse a chingar a su madre, porque aquí donde me ven, ex escolta de mi patrón, tengo el deber de reventarles la boca sin pelos en los puños.

Todo el día escuchaba cantar los ayes contra mi patrón. Que si la tortilla está más cara, que si el petróleo ya no es nuestro, que cientos de personas desaparecen sin dejar rastro… Ojetes. Ya quisiera que se pusieran en los zapatos del patrón, señor ilustre representante de la patria y dador de la matria. Se darían cuenta que todo su empeño, desconmesurado y amoroso, no rinde frutos porque nadie, nadie en absoluto, está dispuesto a recibir la mínima orden. “Agacha la cabeza”: no, pa’ que, así miro mejor. “Paga más impuestos”: ahorita no, joven, venga mañana. “Deja maltrato a los presuntos culpables”: ah, no, eso sí que no, aquí creemos en los Derechos Humanos. Por esas mamadas no se avanza, porque estamos divididos. Bueno fuera que el destino del país cayera en manos de un solo hombre como en tiempos de don Porfirio, pero cada uno de los ciudadanos se cree tan pinche como para dar su opinión y escandalizarse por cualquier vergas cosa. Y así no se puede, de veras.

Cansado de todo ese desmadrito nacional, le comuniqué a mi patrón, sacrosanto jefe institucional, mi propuesta de ley para hacer de este país un lugar habitable. “Usted se pasa por los huevos que esa es tarea de diputados, ¿verdad?” Mi patrón, tan simpático él, me palmeó la espalda en apoyo y me alentó para que hablara. Tengo muchas propuestas en mente porque eso de ir de aquí para allá detrás del patrón me abrió la mente, me regaló mundo. Le solté lo que había pensado en Mérida, aquella vez que lo protegí de un indígena que lo amenazó con una especie de coz comunista, que ellos llaman coita. No tenía que pasar por esos sustos y después de darle rienda suelta a mis capacidades intelectuales construí una ley que jamás previeron doctos legistas ni camaristas aconchados. Valen pa’ pura verga. Y le dije al patrón: para proteger el orden, los hombres de bien, como yo, deberíamos tener el legítimo derecho de matar a los desordenados, siempre y cuando no se perjudique a terceros.

¿A que no habían escuchado propuesta de ley más elegante? Otorgaba un derecho excepcional a personas capacitadas, no a cualquier pendejo, pero sin abandonarlos en el abismo de la intransigencia: siempre hay que velar por el bienestar de los terceros. Al patrón le encantó la idea porque es un ser iluminado, patriota de los pocos y muy entendido de la realidad nacional. Desde ese día convocó a juntas de urgencia con su gabinete y consejeros de confianza. A mí no me dejaron entrar, ¿y creen que protesté? Al fin la idea era mía. No, señor, resguardé la puerta con celo de perro y no dejé pasar ni siquiera a la primera dama con sus hijos. ¡Arre! ¡Cuélele de aquí!, les decía a todos los que no portaban el gafete oficial de las reuniones privadas. Qué feliz me sentía por obedecer, pero sobre todo, por saber que allí dentro se gestaba una de las mejores armas legales para defender al país de su natural soberbia y rebeldía.

Putos todos, menos mi madrecita santa y el patrón, por supuesto. Putos todos los que criticaron la ley cuando la anunciaron en la gaceta oficial y en la rueda de prensa. Putos los de la cámara de diputados y senadores, los que se abstuvieron y votaron en contra. Putos los que callaron por miedo al qué dirán. Putos los intelectuales orgánicos, los presentadores de noticias y líderes de opinión, porque su apoyo fue ambiguo. Putos los académicos y escritores, pero ni tanto, porque son de los que ladran de dientes para afuera y resulta que nadie les hace caso; ellos son más bien putitos. Putos los estudiantes que marcharon, cómo no, otra vez, por centésima vez, con los resultados de cada vez: destrozos y desmanes. Putos los sindicatos. Putos los de Derechos Humanos. Y ya encarrilados, putos los putos, por putos.

Pero se la pelaron. La ley entró en vigor un primero de enero, para iniciar bien el año. El patrón organizó su brazo armado para impartir obediencia a los desgobernados, poner en cintura a los descarriados y acomodar los estatequietos a los subversivos. Se pusieron las aguas tranquilas como nunca, carajo, como nadie en su perra vida había imaginado. Se me concedió el sueño de ver un país civilizado, rectito, formal, manso y trabajador. “Que si yo no estoy de acuerdo”, cállese el hocico o lo mando fusilar. Y tan tranquilos todos. Lo único que me dolió fue abandonar las espaldas de mi patrón, pero alguien tenía que hacerse cargo de semejante responsabilidad pacificadora, la que cayó en su humilde servidor. Le dije a mi patrón, se lo juré de rodillas y con el escapulario de la Guadalupana en mis manos, que en un año no habría disidencia ni berrinches, que el país iba a ser otro y el que se opusiera lo mataría en caliente.

A casi un año de entrada en vigor de la ley, los resultados son favorables. Pero todavía hay gente que se cree con los huevotes para levantarse en armas. Algunos se preguntan por qué asumimos el derecho de matar, eso sí, sin afectar a terceros. Tal vez la respuesta que buscan es simplemente porque sí, porque podemos. No entiendo su curiosidad, como si de verdad importara el por qué. Es el para qué, deberían saberlo ya, para lograr un país correcto. Otras personas se han rendido de inmediato ante la ley, eso porque sus corazones son puros y no soportaban tanto libertinaje. Ellos son los ciudadanos modelo, beatos de la patria. Hay algo de piadoso dejarse llevar así nada más, abandonarse en la disciplina y la voluntad de un mando único. Para eso trabajamos, para eso estoy yo aquí, para quebrantarles la voluntad de sublevados. Eso es lo que les debería bastar saber a todos. Vine a ejercer el tormento y nadie viene a mí a contradecirme. Lo dice la constitución: si eres desobediente, sedicioso o amotinado tengo derecho a hacer de tu vida un infierno. Y si no lo hiciera, tan fácil como que la nación me lo demande.

 

Yobaín Vázquez Bailón (Mérida, 1990). Antropólogo social. Cuentero. Ganador del Premio Estatal de Cuento Corto “El Espíritu de la Letra” 2014 y del Premio de Cuento Joven FILEY 2015. Colaborador en la revista digital Memorias de Nómada. Publicado en la revista Marabunta y Carruaje de Pájaros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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