El último discurso de los muertos

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Escuché a mi esposa intentar decir algo desde su ataúd, un débil susurro que no alcancé a entender. Sus palabras eran amordazadas por el olor a rosas y cempasúchil. Conforme llegaban más familiares, aumentaban las coronas de flores apiladas detrás y a los lados del féretro. Cada vez iba a ser más difícil entender qué quería decirme. Por ello ordené a mis hijos sacar todos los arreglos del cuarto. Intentaron disuadirme con pretextos sobre buenos modales y religión, hasta que dijeron “Mamá apesta”.

Desde que me despertó el frío de su cuerpo entre mis brazos, empezó a expedir un hedor tan intenso, que aún sin darles aviso a las autoridades, llegó una patrulla a mi casa. Vecinos de hasta tres cuadras de distancia habían reportado el olor a muerto, preocupados que durante la noche hubieran asesinado a la colonia entera. El médico encargado de levantar el acta de defunción, recomendó cremarla inmediatamente. Lo mandé a la mierda, me tendrían que meter al horno junto a ella para impedir el velorio.

Durante la procesión el olor se esparció por todo el barrio. Nos mentaban la madre. Nos llamaban “apestosos”, “sádicos”. En las voces reconocí a amigos de toda la vida, algunos gritaban desde sus ventanas y escondían la cabeza, otros lo hacían de cerca, escupiéndome en la cara. Sólo las arcadas interrumpían sus maldiciones. Mientras cargaba un extremo del féretro sobre mi hombro, Jazmín, la joven que mi esposa acogió la noche en que su marido amenazó con matarla, me metió una zancadilla. Me fui de bruces junto con mis hijos y el ataúd, que al caer, cual granada que en cualquier momento explota, ahuyentó a los traidores.

Mi esposa no era política ni cantante de rancheras para que la laurearan con tanto arreglo. La desmesurada cantidad de flores era el resultado de un acuerdo tácito entre los familiares, para soportar el velorio. Los más discretos disfrazaban con bostezos los espasmos que anuncian el vómito. Todos festejaban la llegada de más rosas, flores de cempasúchil, lilis y crisantemos; había quienes aplaudían y echaban alaridos como si su equipo de futbol hubiera anotado un gol. A mí lo único que me importaba era que mi viejita no se fuera con el pendiente de decirme algo. Era una orden indiscutible, cada una de las flores debía ser retirada.

Cuando los asistentes advirtieron lo que ocurría, pronto encontraron pretexto para despedirse. Conforme iban saliendo de la sala los arreglos, entendí que lo que gritaba mi esposa, una y otra vez, era mi nombre. Al final sólo quedé acompañado por mis hijos. Hasta que uno de ellos vomitó y salió berreando de la habitación junto a sus hermanos.

Me acerqué al ataúd, mi esposa no dejaba de llamarme. Intenté abrirlo, pero los de la funeraria habían sellado con cinta las ranuras para intentar atrapar la hediondez. Se escuchaba totalmente desesperada. Mi viejita no se moría del miedo. Descubrí en uno de los cirios una cruz metálica incrustada, estaban nuevos, nadie se atrevió a encenderlos creyendo que el fuego junto al tufo podía volar la colonia entera. Arranqué la cruz y con ella corté la cinta. Al abrir la caja, su grito salió con tanta fuerza que contuve la respiración por un instante. Besé su frente, la abracé, y aun así siguió chillando mi nombre. Le acaricié las sienes como tanto le gustaba, pero no se calmó. Vociferé las peores blasfemias, ¡Sólo tú, hijo de tu divina putísima madre, eres capaz de hacerla agonizar ya muerta! Le sacudí los hombros y la cabeza hasta que su quijada se zafó con un fuerte crujido, como si se partiera una rama. Su boca quedó tan abierta que su tiesa y morada lengua se le escapó completa, parecía un demonio burlón. ¡Vieja, carajo, aquí estoy! El llanto me venció sobre su pecho. Si tan sólo pudiera hablar el idioma del último discurso de los muertos…

Me incorporé, me quité el saco y arranqué la camisa, estaba empapado en sudor. Olí mis axilas que destilaban un aroma podrido, cítrico, chillante y puse la más hedionda pegada a su rostro desfigurado, y así me mantuve. Hasta que… Tranquila, amor, puedo escucharte. Se calmó mi viejita. Platicamos de todo y nada un largo rato, como siempre nos gustó. Bromeamos con que ella le iría a jalar los pies a la ingrata de Jazmín, hasta que se le quitó el miedo y la peste no fue más que eso, peste.

 

Ricardo Guerra de la Peña (Ciudad de México, 1992). Ganador del Premio Estatal de Cuento Corto El Espíritu de la Letra, Yucatán, 2015. Mención honorífica en el Premio Nacional de Cuento Joven FILEY 2015. Segundo lugar en el 17º Concurso Universitario de Cuento Letras Muertas 2017.

 

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