El chile y la piedra

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Alguna vez mi abuela sembró un chile amarillo en una maceta de su jardín. Lo echó como si nada a la tierra y esperó cuarenta días a ver qué resultado daba este proceso. Fue eterno para ella, cada día que transcurría contemplaba impaciente su maceta, añorando la llegada del momento en que por fin encontrara entre los escombros del barro y las hierbas su planta de chile. La regó, le cantó, lo mimó, le echó cuanto plaguicida se le cruzó en el camino.

El día treinta y nueve, a las once de la noche, mi abuela corrió al jardín y se dio cuenta de que el chile ya estaba agusanado: habían larvas viviendo en su interior; su amarillento color se había tornado un tanto verdoso; su fresco aroma era más bien fétido y desagradable, sin embargo, ella lo miró con esperanza. Le echó agua, le cantó, lo mimó, le echó los restos del plaguicida y se metió a dormir anhelando encontrar por la mañana su árbol de chile al fin listo.

El día cuarenta la abuela despertó, se miró al espejo, bebió una taza de café, se limó las uñas, se puso un vestido floreado y se arregló la blanca y febril cabellera, se echó perfume, se empolvó y con dulces pasos ansiosos se dirigió hacia el jardín cual mujer caminando hacia el altar. Y ahí estaba, ¡aleluya! su olorosa y recién nacida planta con chiles de diversos tamaños y colores, unos rojos, otros ocres, incluso uno azul que apenas si se alcanzaba a percibir de lo pequeño que era. Mi abuela bailó al rededor de su maceta, y alabando a su preciosísimo árbol de chile, canturreó:

Ay, mi árbolito, mi planta de chile
sos tan bonito como el arco iris
tengo un regalo precioso para ti
es un bello listón de color carmín.

Pa’ que te cuide, pa’ que te proteja
del mal augurio y de las feas secas
que llueva, que Tláloc te moje con su llanto
mañana, el domingo y el día de tu santo…

Y cantó y bailó al rededor de su árbol por horas y horas hasta que los pies le dolieron, las rodillas se le doblaron, se cayó en el asfalto y no pudo levantarse más. Entonces la planta le susurró quedamente:

-Eugenia querida, para mejorar uno de mis chiles tienes que probar, son sabrosos, son jugosos, son muy deliciosos, anda, coge uno y verás, que más enamorada de mí tú quedarás.

El árbol estiró una de sus ramas hacia donde estaba la abuela y ella bruscamente arrancó un chile color magenta y lo mordisqueó hasta habérselo tragado todo. Al instante, logró incorporarse nuevamente, y besó y abrazó a su planta. La miró tiernamente, agradecida, enamorada, y se aferró a su rama con firmeza.

Se nubló y llovió y las aves revolotearon haciendo geometría sobre la maceta; el día cuarenta cesó, el árbol de chile y la abuela también.

Desde entonces en la maceta habitan un chile amarillo y una triste piedra; todas las mañanas se les escucha canturrear, y por las noches los pichones danzan sobre ellos. Cuando salgo a regarlos ya no están, quizás se escondan entre los escombros de la tierra, quizás no quieran volver más.

 

Yucatán, 1994. Fotógrafa freelance, pintora, dibujante, escritora aficionada, ha formado parte de diversos colectivos independientes (teatro, radio, ecología, etc). Ha participado en varias exposiciones de arte y bazares de moda. Actualmente radica en la Ciudad de México.

Más información:

https://www.facebook.com/joanmalinalli1

https://ello.co/joanmalinalli

 

 

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