La venganza del nazareno

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Cuando rompió con el clero, aparte de maldecir a sus líderes, juró jamás volver a las iglesias. La ruptura fue brutal. Decía estar hastiada y no soportar más la hipocresía con que se manejaban las iglesias. Admiraba a personas como Martín Lutero. Sin embargo se había resignado a presenciar la Representación.

–Deberías aprender de tu novio– le instó su mamá mirándola de soslayo.

–Te dije claramente, mamá– continuó ella frunciendo el ceño– que viene sólo porque le gusta el arte religioso, ¡él es bien ateo!

La mamá, luego de torcer la boca, continuó lavando los trastes; sin embargo, no se conformó:

–¿Pero es creyente, no hija? Sabes que los únicos hombres que valen la pena son esos. Hoy los jóvenes ya no creen en el Señor, agarran otros dioses, no van ni a misa y ya ni se casan. Sólo Dios sabe a dónde irán a llegar. Ojalá tu novio no sea de esos.

–Mamá por favor– tajó ella golpeando la mesa–. Estoy harta de que te metas en mi vida. Si elijo a un creyente, ateo, protestante, o lo que sea, es mi decisión. ¡Odio la iglesia!

La madre iracunda soltó los platos, apretó los dientes y con los ojos perdidos de rabia se volvió con su mano alzada para cachetearla. Ante la mirada valiente y fuerte de su vástago se detuvo. No se hablaron hasta el siguiente día. “Vuelvo en unas horas”, avisó ella. Iba con jeans ajustados, rotos de las piernas; blusa blanca escotada; zapatos abiertos. Vestimenta que exacerbaba su figura, discriminada por su madre. Pelo suelto rizado, rojizo, revuelto por corrientes de aire que le pintaban la sonrisa provocando hoyuelos en las mejillas. Llegó al mercado municipal, revisó su teléfono, vio que estaba a tiempo. Esperó. Gritos de comerciantes que ladraban las rutas hasta Aguascalientes la sacaron de su ensimismamiento y vio un camión gris, numerado, con una estrella estampada. Era él.

–¡Imagina si te hubiera avisado a qué hora llegaba!– dijo él mientras la tomaba de la cintura para besarla– Hola.

Al separar sus labios ella lo tomó de la mano y caminaron. Él habló: “Qué horrible viaje. Ese camión es más una ruta urbana. Pinches negligentes. ¿Viste las condiciones en que laboraba el taquillero? ¡Pobre güey, ojalá le paguen buena lana!” Caminaron al jardín y luego de comprar una nieve, donde se presume residió Juárez, se sentaron en una banca. Plática-risas-besos-abrazos-plática-risas…

–¿Como a los cuántos años se casan aquí, Asura?– preguntó luego de ver a una joven.

–Unos muy chicos, la mayoría, otros como a los veintialgo y muchos ni se ca…

–Esclavos– interrumpió él–. El matrimonio es un constructo social. En el pasado había hasta matrimonios grupales donde no había ni celos, ni monogamia, ni dominio fálico, ni nada de esas ataduras neuróticas que nos lastiman el psiquismo.

Para ella escuchar hablar a su novio era como sumergirse en aguas tibias de un lago y dejarse llevar por el placer que todos sus sentidos recibían… Otras veces la fastidiaba.

–¿Esa es la presidencia?– preguntó él.

–Así es. Ahí es donde la gente se hace huevona, podrida, idiota y alzada.

–Vivimos en México, ¿qué esperabas?

Al acabar su helado caminaron a casa de ella. Él miraba con ansiedad infantil y con deleite inocente cada parte rupestre del municipio. Lo llevó por el puente del barrio de Cántaros y le contó sobre «La Llorona de Cántaros». Se fueron por detrás de la parte del Balneario, donde se data floreció un ojo de agua cuna de “los que se pintan el cabello de rojo” en tiempos prehispánicos. Quedó fascinado con los enormes árboles dentro del Balneario. “¡Imagina qué tipo de animales tan majestuosos habría!” vociferó. Al momento de que se adentraron en el paisaje campestre que está al lado del vía crucis sus ojos se abrieron para ya no poder cerrarse enceguecidos por la suntuosidad de aquellas ruinas que se hallan entre la carretera a la Unidad Deportiva, el Balneario y los campos de futbol.

–¡Sublime!– gritó extendiendo sus manos– ¡Bellísimo! ¿Qué es este lugar?

–Las gentes le dicen “La Haciendita” o “Lasiendita”.

–¿Y cómo es que no sabía nada de esto? ¿Qué no le dan difusión a su propio rancho? Es bellísimo. ¿Qué los encargados de la divulgación no hacen su jale?

–Pues yo creo que no– confesó ella dubitativa–. La verdad no sé.

–Bien dicen los que saben: jamás dejemos la cultura a los burros o a los políticos o a los arribistas o a los conformistas o acomodativistas. Ustedes deberían hacer lo que te digo.

Ella rió. Sin dejar que su pasmo decreciera lo llevó por todo el camino de la Representación. Finalmente llegaron a casa de su novia y al entrar ésta se sorprendió de no hallar a su madre. Había una nota en la mesa. La leyó. Cuando las escuetas líneas fueron comidas por sus ojos ella se entristeció, se calmó para no hacer sentir mal a su novio y le inventó una mentira sobre la ausencia de su madre. Ésta prefirió no estar en su casa antes que convivir con un ateo. Cenaron, miraron televisión y durmieron. Al siguiente día en punto de las ocho de la mañana salían abriéndose paso entre espinas, arañas, yerbas, tierra y piedras hacia el cerro donde el Jesús de Nazaret regional moriría diciendo Padre, en ti encomiendo mi espíritu. El calor era fuerte, la tierra nublaba la mirada y la enorme multitud de gente habiente recordaba la antigua Tierra Santa.

–Henos aquí esperando al nazareno con su cruento séquito romano.

La algarabía interrumpió besos y palabras de amor. Ambos se volvieron, él estaba más ansioso que ella. Con una pesada cruz (dicen que realmente fue una T) encima, descalzo, sudoroso, herido en la espalda, jadeante, tambaleándose de vera a vera apretando los dientes, con corona espinada y exhalando gemidos de dolor se vislumbró Jesús.

–Se ve algo real este relajo, eh– afirmó al observar con cuánto realismo lo azotaban.

–No me sorprende– contestó ella luego de soltar su mano para apuntar al actor–. Ese muchacho que es Jesús es muy parecido a ti; no es ciego pero cree en Dios, dice que éste está más allá de las religiones, señala las aberraciones de la iglesia, cree en el amor cristiano y propone volver a los orígenes del cristianismo. Ama el arte escénico y pidió que esto fuera lo más real posible.

Él sonrió empática y aprobatoriamente. Ella lo apretó con fuerza varonil.

–¿Pasa algo, Asura?

–¿Ves a ese cabrón que va ahí?– apuntó a un hombre regordete, pocopelo, moreno, alto, fachoso– ¡Ah, cómo lo odio! Es uno de los que dirigen la iglesia. Mierda aquí como en todos lados. Desde que recuerdo ha organizado esto y roba cuanto puede; vive de la iglesia, ¡y también trabaja desde quién sabe cuándo en la presidencia! Creídote y piensa que se irá al cielo –se burló–. Malpadre: todos sus hijos son unos inútiles y vividores. Cuando alguien quiere organizar esto él se opone como fiera y defiende que sólo sea su odiosa familia. El Jesús que ahora ves, me contó que se puso bien furioso cuando dijo que quería ser el actor y hasta a golpes quiso agarrarlo. Él, junto con sus hermanos, chuparon de su mamá hasta que la mataron. Bueno, eso cuentan.

–Ni me sorprende nada de eso. La religión debe ser erradicada.

–Y eso ni es nada…– sentenció ella con el mismo ahínco hostil.

–Ya lo imagino. Qué vergonzoso es, hasta dónde llega la creencia infundada de un Dios que nos impusieron y que ni siquiera es original. Esta religión es una recopilación de ideas griegas, persas y judías. Nació sólo para ser herramienta de quienes la inventaron, con espléndidos resultados. Tú los odias por motivos superficiales: todos sabemos que los jerarcas católicos son un puñado de cerdos falsos, violadores, con nexos en el narco y corporaciones de poder. La verdad sobre la iglesia es aún más siniestra y se resume en manipulación de masas e intereses político-económicos… El Concilio de Nicea…

–Hace rato le dijiste nazareno. ¿Por qué nazareno?– preguntó ella.

–Porque además de ser de Nazaret, les decían así a las personas como él, que eran maestros greñudos y simples. Entregados a Dios– contestó él.

Cuando Jesús, entre los llantos de su esposa María de Magdala –que se dice estaba ya encinta–, su madre y un hermano suyo, exhaló su último suspiro y sus últimas palabras ellos se retiraron; ya sabían cómo terminaba.

Las últimas horas las pasaron cual novios primerizos. El domingo al atardecer Asura se estaba despidiendo de su novio con un prolongado y profundo beso.

–¡Qué afán tienes de ponerme suspicaz!– prorrumpió él en su salón al siguiente día.

–Perdóname– dijo Asura mientras se sentaba en una silla a lado de su novio–. Cuando te envié mensaje no estaba segura…, luego me enteré.

Asura emanaba miedo, recelo y cierto aderezo de ira. Él, desesperado, le pidió hablar:

–Mataron al organizador del vía crucis que te enseñé antier.

Quedó estupefacto. Asura rompió el pasmo:

–Así como lo oyes, mi amor. El hermano de quien interpretó a Jesús me contó todo. Resulta que el tipo que ahora está muerto dejó colgado al muchacho toda la tarde y noche con el pretexto de que él no conocía nada sobre las cosas de Dios y estaba poseído por algún demonio que lo obligaba a criticar a la iglesia y a las gentes de Dios, dijo que estando como el verdadero Jesús sanaría del alma y volvería a ser ese niño de antes y no ese hereje en el que se había convertido.

Él, a duras penas, sentía el palpitar de su corazón.

–Su familia quiso ayudarlo, pero él, junto con otros cabecillas de la iglesia, no los dejó; ni la policía intervino porque nadie se dio cuenta. Me dijo el chiquillo que su hermano gritaba bien feo porque tenía hambre y sed, que no sentía ya las extremidades de su cuerpo. Ellos decían que era la purificación. Al final lo soltaron en la madrugada y en cuanto mi amigo sintió otra vez correr la sangre en sus venas arremetió contra el tipo ése. Nadie pudo pararlo porque estaba furioso y a todos trató como muñecos, lo tumbó e hizo rodar del cerro, cuando quedó quieto saltó hacia él y le cayó con las rodillas encima de los brazos, tomó una piedra enorme con la mano derecha y lo último que sintió el difunto fue el golpe que le reventó en la frente.

Él quedó atónito. Cuando supo cómo era ese muchacho abrigó una tenue llamarada de esperanza en algo que odiaba… pero cuando escuchó que un liberal, creyente del amor cristiano puro y con esperanza en la regeneración del catolicismo llegó a cobrar venganza por las víctimas de años enteros de represión venida de hombres como el occiso no pudo más que reafirmar su pesimismo en las cosas mundanas de Dios.

 

Arturo Aguilar Hernández (Ojocaliente, Zacatecas, 1991) es egresado de la Licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad Autónoma de Zacatecas. En 2012 recibió el Premio Municipal de la Juventud. Ha colaborado en La Soldadera, en los sitios online Regeneración Zacatecas, Periómetro y Efecto Antabus, en el proyecto independiente FA Cartonera y en el blog literario El Guardatextos.

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