Impuntualidad

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Para mis hermanos de colores en las manos
a quienes se les espanta el miedo cuando ven los pinceles.

Ojalá todavía estén, como quiera que estén
haciendo eso que llamaban “arte”.
Disque armando performance, disque tatuando cuerpos desnudos,
disque pintando y fugando puntos entre los pechos de las damas hermosas.

No me acuerdo muy bien de ustedes, mejor dicho me acuerdo de lo elemental.
¿Quién carajos necesita más?

Andábamos enamorados del monosílabo “no” y de los focos fundidos.
Me acuerdo de ustedes, tan tardes.
Todos los días éramos los mismos en la estación del bus,
un chico, muy marica, alto de pelo verde,
una muchacha, piernuda, morena y malhumorada,
un joven bajito, señorintelectual, sonriente,
y una chica delgada que usaba lentes redondos, tan simple.

Las moscas se te paran y sientes como arañas que te amarran los pies.
Éramos los mismos impuntuales de siempre.
¿Es casualidad que estemos reunidos en el mismo espacio?

Julio hablaba todo el tiempo de la inmanencia del fin.
Hacía bodypaint sobre abuelas arrugadas, hombres con cicatrices y mujeres fuertes.
“Es un aburrimiento maligno no experimentar las texturas que la piel ofrece”.

Camila era de las que hacía como que tocaba la guitarra cuando estaba trapeando.
De las que ladraban, ladraban a los hombres en bicicleta.
Parece que tienes clavos al rededor del corazón, Camila,
o por lo menos un poco de hiel que nos espanta.

Héctor era de los que creían que siempre puede dormir cinco minutos más,
comer un poco más, esperar un poco más. Siempre más.
Los cajones de su ropero estaban siempre abiertos, como vomitando la ropa.
Tenía tazas con café viejo y zapatos sucios siempre impares.

No éramos buenos calculando el tiempo ni las cucharadas de azúcar en el té. Constantemente olvidábamos nuestros cumpleaños,
nuestras claves, contraseñas y promesas.
Nos regalábamos marcos de fotografía.

Julia usaba botas y unos vaqueros muy cortos.
Le gustaba tatuarse los hombros y recitar poemas a la altura de la nuca.

Éramos de ese grupo de personas al que negamos pertenecer.
No queríamos ser doblados, acomodados y reunidos en una bonita etiqueta.
Pero nos dimos cuenta que sí porque mi abuela (y todos) nos veía raro.
Y tuvimos que aceptar.
Una identidad de poco.

Se nos acumuló un vacío perene de hábitos que ya no podíamos tapar.
Teníamos que ser y no ocultarlo.
Velarnos el insomne amor al acto.
Al acto curiosimiente de ser intensos,
de ser llamados intensos
por vivirnos la vida
y no jugar a hacerlo.

Somos los que siempre entregan mal el cambio
o pagan una cantidad mayor por descuido.
Somos inconstantes y nos bañamos poquito.
Culpamos siempre al reloj.
Culpamos a la alarma que no sonó,
al pan que no se tostó,
a la ropa que no se secó.

Declaramos el amor, la idea, las maneras, la guerra
en el momento más inoportuno para ellos
y en el instante preciso para nosotros.
Siempre es verdad, o no, pero siempre es real.
¡Que alguien nos ponga el shhh en la boca!
porque nosotros no lo haremos nunca.

Antes de hacerlo, ya nos imaginaron playera arriba y chichis pa’ la banda.
Tan adivinos todos, apuntándonos con el dedo seco, tan tibios ellos.
Tirando piedras.

Siempre andamos lagañosos, despeinados y con ojeras de diferentes tamaños.
A la gente le gusta vernos así, dicen que nos vemos felices.
O lo imaginamos así para hacer este rollo más soportable.
Nunca somos buenos candidatos para los puestos “importantes”.
Ante el criterio popular ser impuntual es un defecto.
Constantemente nos adjetivan con la palabra L.
Ya estamos acostumbrados a que nos pregunten qué andamos fumando.

Amamos el amor con que el espectador observa las cisuras, los espacios resquebrajados que hay en el arte monalisiaco, el arte que se dice “perpetuo”.

Amamos ver la eternidad instantánea reflejada en las parejas que se toman de la mano.
El parasiempre tan incierto que todos sospechan menos los enamorados.
Amamos el invierno porque se siente más rico el calor del abrigo y los abrazos.

Odiamos las jerarquías, a los aferrados,
odiamos la escasez de palabras,
la falta de reciprocidad en las conversaciones,
la fugacidad del amor.

Odiamos tener que elegir entre dos sabores, dos colores, dos personas.
Julia odia elegir un solo tono en el maquillaje,
pero Héctor odia elegir entre hombres o mujeres.

Odiamos renunciar.

No es sencillo renunciar y sin embargo siempre lo estamos haciendo.
Lo perdemos todo y sabemos que está bien.
Dejar, soltar, des, des, desunir, abrir la mano suavemente y sentir que se va
y queda el eco y el vacío. Si olvidamos Julio nos lo recuerda:
“habrá que ser tonto para retener lo mismo mucho tiempo”.

Me hacía la loca porque sé que nos estaba previniendo:
que no seremos amigos siempre,
no podemos obligarnos a permanecer.
Esto era para despedirse.

En algún momento esto también se acabará, como las luciérnagas, no importa la comunicación inbox porque los focos también se funden.

Nos estamos volviendo distantes en la aparente comodidad de seres inmóviles que se hablan de lejos.

En mañanas como esta, en que se me hace tarde para llegar a Midestino, me acuerdo de cómo nos conocimos.

En mañanas como esta, medio nubladas.
El pelo mojado y la cara de pan crudo.

Me acuerdo de nosotros siendo valientes al hablarnos, ¿recuerdan?
El transporte estaba retrasado.
Ahí estábamos los cinco, tan impuntuales todos.

Oscilando casi a diario entre las órdenes impuestas por los horarios y nuestro innegable tiempo abierto.

Recuerdo que el chofer no quería que Julio subiera,
cinco individuos era igual a una multa.
Una bola de infractores que apenas se estaba uniendo.
Tiembla tierra; nuestras madres ya no nos cuidan.
La primera vez que nos hablamos fue para burlarnos del prójimo que iba en la cajuela.

Camila estaba más despeinada que otros días,
Julia se limpiaba las botas con la cara más enojada que nunca,
Héctor en el celular pidiendo auxilio,
hasta que alguien dijo: “¿y si nos vamos juntos en un taxi?”.

Isabel Miranda. (Oaxtepec, Morelos 1996). Estudiante de Letras hispánicas en el Instituto de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales de la UAEMor.
Fb. Iza Miranda

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Plural: 4 comentarios en “Impuntualidad”

  1. Esto revela más que cualquier pretencion de objetividad. Qué poema tan agradable y amable. Hay momentos en los que me hizo pensar en mis experiencias, agradezco mucho eso.

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