La ciudad y los autos

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Debo decir que estoy exhausto de la ciudad. De sus calles que son para todos –para todos aquellos que cuenten con un vehículo motorizado, de cuatro ruedas, por favor, que sea, además, último modelo.

El peatón, fundador original de la ciudad, ha quedado relegado ante el deslumbramiento que ocasionan estos caballos de acero, con herraduras de goma marca Pirelli o Michelin o Yokohama. El peatón ha perdido, gradualmente, los espacios que le corresponden (sí, así es: aún le corresponden, aunque haya quien pueda decir lo contrario) dentro de la ciudad, siempre a favor de los automóviles: banquetas (o escarpas, como dicen los vecinos de La Ciudad de La Paz) que se reducen para beneficiar las calles, negándole al peatón, en cierta medida, el derecho de caminar por su ciudad –quizá negando el derecho mismo a la ciudad.

De la educación vial, hay bastante que decir. ¿Qué tanto funcionan los semáforos en cada esquina, haciendo que el tráfico se vuelva espeso conforme se intenta llegar al Corazón de Ciudad Limítrofe, de cualquier ciudad? O bien, habría que cuestionarse igualmente qué tan útiles son los policías que vigilan el transitar de los automóviles, pero poco se preocupan por el habitante de a pie: no importa que el semáforo peatonal indique que se puede cruzar la calle: si el policía que cuida la esquina no está dispuesto a esto, en un afán de “agilizar” el tráfico vehicular, en realidad solo contribuye a la relegación del peatón, quien debe esperar hasta que el tráfico disminuya, o bien, hasta que el Guardián de El Orden y El tráfico lo decida, o bien, poner su vida en riesgo al intentar cruzar la calle a cualquier coste.

Hace unas semanas atropellaron a una mujer en una de las calles del centro de La Ciudad de La Paz, justo apenas unos días después de que el gobierno promoviera los cruces seguros en las esquinas. La mujer intentó hacerlo de esta forma, es decir, cruzar en una de las esquinas. El conductor intentó darse a la fuga, pero fue detenido unas cuadras adelante. Cabe preguntarse, nuevamente, si los semáforos en cada esquina son la respuesta, si realmente contribuyen a mantener el orden que se busca, y si es así, en qué medida, pensar si realmente esto es lo que necesita una ciudad con un parque vehicular tan grande y con unas calles tan angostas: La Ciudad de La Paz es un adolescente: quiere los beneficios de un adulto, sin dejar de comportarse como un niño.

La educación vial debería ser lo más importante, tanto para el peatón como para quien conduce un automóvil: enseñar a respetar los espacios: enseñar, y ser tajantes al respecto, que un coche no puede esperar sobre el paso de cebra a que la luz del semáforo cambie a verde. Enseñar que las bicicletas son también vehículos (y quizá una de las múltiples respuestas al respecto del cambio climático y las contingencias ambientales que están tan de moda), y que deben de respetarse como tales. Enseñar al automovilista que permitir el paso de un coche o un peatón no le restarán dos horas a su día. La respuesta no está en quitarle los espacios al peatón, está claro. La respuesta, claro está, se encuentra en las delimitaciones: hacer que el conductor tome conciencia de lo que puede y no debe hacer: de no transitar a noventa kilómetros por hora en un área escolar: a que el semáforo no es un ente que compite, sino más bien uno que busca regular, y que, por lo tanto, no hay nada que pueda ganarse o perderse ante él: la respuesta, claro está, es el respeto.

 

Adrián Caamal (Tizimín, Yucatán, 1992). Ha participado en varios talleres literarios. Escribe narrativa y poesía.

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