Incursión, de Lautaro Vincon

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En memoria de todos los animales que sufren y mueren por la mano del Hombre 

Un cielo sucio. Manchado de nubes. Muchas nubes. Como si los viejos tiempos todavía quisieran adueñarse de nosotros. Como si los huesos escondidos debajo de la nieve treparan hacia lo alto y contaminaran el cielo. Bajo la vista. Escalando una de las últimas colinas de chatarra del sur veo la silueta de un hombre. El hombre. Camina erguido, aunque le cuesta mantenerse de pie. Me ve y mueve la mano. Me saluda. No me muevo. Lo espero. Se acerca y cobra nitidez ante mis ojos. Una mancha negra entre las manchas grises del cielo sucio y la nieve blanca. Respira con fatiga, se saca la máscara y los lentes. Sus ojos son celestes y su pelo marrón. Tiene barba. Me es familiar. Me resulta familiar. Me inspira confianza. Por lo menos, no es como esos lampiños alemanes que vinieron hace unos meses.

—Soy Juan Echavarry —dice—. Vine desde Argentina, crucé todo el continente.

—Arthur —le digo—, yo soy Arthur.

—Es un gusto poder ser recibido por los tuyos.

—El gusto es todo nuestro.

Sonríe. Me entiende. Su conector funciona bien. A pesar de su idioma, puedo entenderle a la perfección. Ya me sorprendió con los alemanes y, antes, con los irakíes y, mucho antes, con los chinos. Puedo entenderles a todos y todos nos entienden a nosotros.

—Es la primera vez que hago una visita tan al norte— dice.

—Es la primera vez que recibimos a alguien que habla español.

—Castellano, es castellano.

Es hábil, inteligente. Apuesto a que es un profesor. Empezamos a caminar y rodeamos una perforadora abandonada, un monstruo amarillo que resplandece entre el blanco y el gris del ártico. Más allá de las colinas onduladas, nuestras cuevas son como agujeros de gusanos gigantes. Me mira de reojo. Me estudia. Como si yo fuera algo de otro planeta, algo ajeno.

—¿Querés preguntar algo? —lo encaro.

Su cara refleja la duda y el temor por incomodarme sin querer.

—¿Podés hablar con… con… ya sabés… los otros?

—¿Con quiénes?

—Con ellos, por ejemplo…

Señala arriba. Levanto la vista. Tal vez son mérgulos los que vuelan alto. No alcanzo a verlos bien.

—Sí, con ellos puedo, digamos, comunicarme. No hablar, propiamente dicho. Pero sí comunicarme. Digamos que con vos tampoco estoy hablando.

—Lo que hacés es, ¿cómo se dice?

—Puedo percibir tus ondas psíquicas.

—Eso mismo quería decir.

—No te hablo, solamente oís lo que digo adentro de tu cabeza.

Hago una pausa y él aprovecha para guardar las manos en los bolsillos de su campera naranja.

—¿Sabés? Sigo sin entender cómo funciona esto de los conectores.

—Como sea que funcione, nos sirve a todos, ¿no te parece? —le pregunto.

—Ya lo creo que sí.

Llegamos a casa. Mi casa. Mi hogar. En la entrada de la cueva está mi esposa.

—Esa que está allá —señalo con orgullo— es mi mujer. Y esos tres enanos, son mis hijos.

Él sonríe por segunda vez.

—¿Tenés hijos? —pregunto.

—No, no todavía.

—¿Y mujer?

—Sí. Tenemos pensado tener un hijo cuando yo vuelva de este viaje. Pero falta mucho…

—Sí.

—Va a ser un año largo.

—Largo y frío —agrego.

Los dos nos reímos.

—¿Vas a aguantar todo un año con nosotros?

—Por supuesto. Tengo que aguantar. Espero entregar mi tesis completa.

¿Su tesis? Eso quiere decir que aún no es profesor. Caminamos hasta mi hogar y mis hijos se acercan a saludar a nuestro huésped. Él se queda quieto, esperando alguna indicación de mi parte. Mi mujer me saluda y se le arrima. Él parece de piedra, incluso su sonrisa parece tallada.

—No seas tonto —lo regaño—, no tengas miedo.

—No tengo miedo, es que…

—¡Entremos! —dicen los chicos.

Con el cielo sucio de fondo, lo observo. Su mirada es pura como la nieve.

—¿Qué título le vas a poner a tu tesis? —le pregunto.

Carraspea para responder.

—Incursión en la tierra de los osos polares.

 

Buenos Aires, 1991. Escritor sin seudónimo, fotógrafo aficionado, músico improvisado. Influenciado por la ciencia ficción y el thriller. Ha publicado cuentos y poesías en certámenes, y varios proyectos en auto-edición. Estudia en el taller de escritura de Leandro Ávalos Blacha. Más info: www.facebook.com/vinconlautaro

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