Tres poemas de Sara Montaño

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Él y ella (una película improvisada)

Estás lejos.

Las sábanas de tu cama envejecen adheridas a tu cuerpo.

En ellas, fornicaste nuestros hijos y los despediste

en el texto abortivo de un papel.

/Nunca los lloramos/

Habitas dentro de tu vida que no es tu vida

porque tu vida soy yo:

Un pequeño marsupial que corre el hilo óptico

para ser mujer dentro de tu pantalla.

Sigo diciendo /te amo/ te espero/ y te odio

con la misma fuerza que tiene un campo minado

debajo de árboles felices.

No puedo hablar de ti sin contaminar

mi boca con el humo de tu ausencia.

De los rifles que disparan nuestras caras

enmohecidas de recuerdos

que no sabemos si éramos nosotros

o una película antigua que narra

el amor que tuvo Marilyn

al hombre que le enseñó a fabricar su

muerte.

Nos ha pasado todo el tiempo

y apenas toqué tu cara

por diez días –acaricié tus poros novecientas veces-

Te lloré y golpeé con rabia el equipaje

que hiciste desde el primer día

para irte de nuevo.

Ahora estás solo –en esa vida que no es tu vida-

porque tu vida soy yo.

La mujer que escribe de ti

y mira una película sobre una nadie

que acaricia un papel mojado

y sonríe a todos los hijos que nunca conocieron

al hombre que le enseñó a fabricar su muerte.

 

El rito de la poesía

La mujer que no soy me ofrece una taza de valeriana

y un ramo de flores.

Bebo la infusión y ahora soy la tierra

que contiene el pistilo de una flor caníbal.

La mujer que no soy pone sus dedos

dentro de mis pétalos

y yo alimento mi naturaleza con ella.

Ella llora y sonríe y descuelga todos los retratos

que guarda dentro de su corazón.

Uno a uno los arroja en mi boca.

El ritual continúa hasta que pone su cabeza

dentro de mi corola y temo hacerle daño.

Ella sigue sonriendo –cómeme, dice-

Primero beso su frente

y continúo como liturgia suicida

el ritual de su extinción.

La mujer que no soy

sigue ilesa.

Bebe una infusión de manzanilla

y deja dentro de un papel

el ritual de su muerte.

La mujer que soy

sabe que la poesía

es ese ofrecerse a uno mismo

el cuerpo que no somos

y curarlo lentamente

de sus propias heridas.

 

Las horas muertas

La ciudad de tus ojos ha sido demolida

del bosque de mi cérvix.

Tu imaginario dedo índice

ya no forma telarañas

en las piernas de mi sombra.

El eco de tu saliva en mi lengua

ahora es un tranvía que viaja

a otra boca.

Nuestros cuerpos

ya no forman la trenza

que impedía el movimiento del péndulo.

Ahora somos dos manecillas

que laten torpes

dentro de un reloj que solo digita,

las horas del pasado.

 

 

 

Sara Montaño Escobar (Loja-Ecuador, 1989). Licenciada en Psicología General. Poemas publicados en revista impresa “Fuego” (Ecuador),  revista digital “Amazon” (Ecuador), “El faro” (Ecuador), “El Humo” (México), Monolito (México). Relato publicado en libro “Pasaporte” (Editorial Dadaif Cartonera, Ecuador). Forma parte del colectivo “Habemus poesía”

 

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