Todos esos muertos que dices fueron sicarios

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Combatí al crimen organizado y lo volvería hacer

Felipe Calderón

Una única muerte es una tragedia,  un millón de muertes es una estadística

Iósif Stalin

 

 

“Todos esos muertos que dices fueron sicarios”, grita un hombre recio en una mesa  donde  me encuentro con un par de cubanos. Lo ha dicho para interrumpirme mientras hacía un  recuento sobre Felipe Calderón, la Guerra Contra el Narco y los movimientos  que han surgido desde eso, movimientos como  “La caravana por la paz”  encabezada por el poeta Javier Sicilia, o las autodefensas en Michoacán. Pero el  hombre recio aparece frente a mí por generación espontánea.  A lo largo de dos horas de  conversación  nunca lo noté.  La conversación, al inicio,  versó sobre la vida de uno de los cubanos, quien  estuvo  en las tropas mandadas a Angola para combatir en las guerrillas independentistas. Me mandaron a los veinticinco,  me dijo. Ahora vive con una norteamericana. Hace chistes sobre  el capitalismo, fuma Delicados y  recuerda  las épocas en las que protestó contra el gobierno de Fidel Castro y fue segregado por las jóvenes y sectarias hordas comunistas. 

Luego uno de ellos me ha dicho: Aquí es hermoso. Muy tranquilo. Nada de violencia. Y yo: Aquí hay otro tipo de violencia, una que no es publicada y que, eso sí, no es tan visible como en otros estados del país. Pero refutaron:  Estuvimos en otros lados del país y también era tranquilo.

 

 Por eso hablé de  Felipe Calderón. Dije que  se han contabilizado de 150 a 200 mil muertos durante su gobierno. Igual hablé  sobre la  Guerra Contra el Narco, de la manera en la que el expresidente, sin infraestructura ni estrategia,  sacó el ejército a las calles para  combatir criminales mejor preparados, criminales que incluso habían pertenecido al ejército mexicano y recibieron  entrenamiento especial en Estados Unidos.  Esos batos se armaron como el ejército y lo replegaron y luego compraron a todos, dije. En muchos casos, lo que  la guerra consiguió  fue desatar luchas internas por el poder, fragmentar los grandes carteles, lo que derivó en la generación de más células de narcotraficantes que peleaban por el control de las plazas.  Antes su campo de mercado estaba focalizado: vendían droga, la trasladaban en grandes cantidades. Luego, con la guerra,  muchas de las células que acaban de surgir comenzaron a lucrar con la vida: secuestro,extorsiones, trata de blancas. 

 

Y fue cuando  el hombre recio interrumpió y ahora lo tengo  enfrente. Su cuerpo parece de piedra. Al moverse la mesa y los vasos tiemblan y uno de los cubanos hace aspavientos para evitar la caída de los ceniceros.  Su forma me remite a un personaje de caricatura. Tiene los botones superiores de la camisa desabrochados y una cadena de oro  con un santo grabado. Los vellos de su pecho son en parte rojos y grises.  ¿Cómo puede saber que todos eran sicarios?, le digo, asumiendo que es un borracho y hay que tratarlo con delicadeza.  Responde: Yo vivía en el norte. Tú eres un niño y no puedes saber nada de eso.  Cuando yo vivía ahí la vida era bien culera y todo el tiempo había inseguridad. Calderón hizo lo que tenía que hacer.  Yo viví narcobloqueos y todo eso.  Las cifras que dices están crecidas por la prensa y la demás gente. En realidad fueron muchos sicarios muertos y algunos daños colaterales.  Yo ya tengo un tiempo aquí, pero todo eso lo dijo mi familia que sigue allá. Calderón, como presidente, algo tenía que hacer. 

 

Le explico que se han hecho estudios por organismos internacionales, libros,  documentales dirigidos por cineastas extranjeros, y las cifras cada vez se acercan más a un concreto 200 mil.  Le digo que probablemente, cuando vivió ahí, pertenecía las clases medias resguardadas en residenciales que prácticamente no vivían la  brutalidad de los municipios, de las comunidades rurales, de la pobreza. Digo:  Para mí defender a Calderón es como abrazar el fuego, y demuestra que usted se hace de la vista gorda cuando hay manifestaciones donde madres reclaman que han violado y descuartizado a sus hijas, o las han desaparecido, o han matado a sus hijos cuando solo salieron a jugar futbol. Tus daños colaterales podrían ser una población. Un estado, un municipio completo. Un sitio lleno de gente torturada, asesinada sin razón  y cuyos nombres solo los saben familiares llenos de miedo y los cuales no están dispuestos a perder más al denunciarlo.

 

No creo, responde, y se queda quieto. No dice nada más.   En su cerveza las burbujas explotan rítmicamente. Lo miro fijamente a los ojos. Uno de los cubanos se levanta y luego el otro va tras él, como si hubieran olvidado  algo, cuando en realidad huyen de este escena.  De  una caricatura  de origen norteño  que de pronto se acomodó en la mesa y proyectó , por unos minutos,  el abismo de la  ignorancia de este, mi degenerado país.  

(Vía Homozapping) 

Mateo Peraza Villamil. (Mérida, Yucatán, 1995). Periodista y escritor. Ha  publicado artículos y cuentos en medios digitales. Actualmente trabaja en el portal de noticias Homozapping.

 

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