Un adelanto de “Apología del extravío”

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La última Coca del desierto

 

Tomó la última Coca cola del refrigerador. Llevaba el nombre de Fidel. Escupió el gas con unas ganas tremendas de eructarle a los niños la verdad.

El supermercado estaba lleno, su sueldo apenas alcanza para una sidra barata. La Navidad arruinada. Otro año de pollo rostizado. Otro año de ensalada rusa. Una vez más no nacerá el niño Dios, renacerá apenas la figura de San Francisco de Asis en la casa de los Rodríguez, un apellido   —por cierto— sumamente desgastado.

Es obvia la desgracia que representa una navidad sin regalos. El personaje de esta historia —un viudo abnegado con un empleo de limpiapisos de oficinas del gobierno— se remuerde la conciencia por no poder cumplir las expectativas de sus hijos quienes lo ven como una persona sin voluntad, un ser de promesas vacías, de palabras falsas, un individuo hasta triste, con las aspiraciones por los suelos. Los niños están acostumbrados a recibir las migajas de su fracasado padre. Un padre que empuja su carrito en el almacén con vergüenza de la abundancia ajena.

Sin embargo, la suerte es impredecible y el buen Germán es un creyente, un hombre de aspiraciones celestiales. En el fondo sabe que su sacrificio anónimo será recompensado en la otra vida.

Podríamos ignorar el milagro de esta historia pero digamos que la serie de sucesos acontecidos forman parte de un destino en donde las casualidades no existen. Además, en este tipo de fechas siempre suceden cosas más allá de nuestra razón, cosas de amor, cosas de nieve, cosas de Navidad, en esta época se respira la magia de lo que no puede ser, de las cosas imposibles.

En la bocina del centro comercial suenan algunos villancicos tan circulados que hasta el cansancio dio de sí. Germán carga las miserables bolsas con ninguna dificultad. Se detiene. Un billete en el suelo. Suda frío, no puede creerlo, se aproxima y lo toma con la fuerza desmedida de quién nunca ha tenido nada. Sin duda es un regalo de Dios, ¡carajo es Navidad! gritan sus neuronas más profundas. Guarda el billete.

Es cierto que nuestro personaje no es de ninguna manera, digamos, ejemplar, pero no importa, es un ser humano de carne y hueso; además, con confesarse tres veces al año es suficiente, recordemos que Germán es un hombre religioso: se le resbalan los pecados, no lo devolvería por nada.

Camina a paso lento primero, en seguida acelera hasta extraviarse entre el mundo de gente y esconderse en los aparadores. Piensa en sus hijos casi como un reflejo natural. Corre para buscar el último pavo de la tienda, el más jugoso, el que no cuesta nada. Al final todo era un problema de dinero ¿o no? Ahora puede bailar como perro. Para el Germancito un balón de fútbol Nike y para la niña una Barbie, proyecta su maquiavélica mente. Para él un Bacardí.

Ese día es diferente en la casa de los Rodríguez, un nuevo nacimiento resurge de las cenizas. Desde temprano comienza a cocinar. Coloca los regalos en un árbol imaginario pues desde la muerte de su esposa ya nadie se acuerda de nimiedades. Se arregla con sus mejores trapos y se vacía las últimas gotas de loción de un frasco bañado en polvo. Para los hijos es un día cualquiera hasta que atisban las misteriosas cajas.

—¿Quién trajo esos regalos papá? —pregunta la niña.

—¡El niño Dios, parece que este año sí se portaron bien! -grita el padre desde la cocina.

—¿Podemos abrirlos?

—Ya llegará la hora del nacimiento, la media noche.

La felicidad de una noche llena de comida acarició los corazones de todos. Cantaron melodías alegres. Cada uno dijo unas palabras casi como un ritual que apenas iniciaba. A las doce en punto -ni un minuto más ni un minuto menos- los niños corrieron a abrir los presentes. Con la ansiedad que caracteriza la infancia rasgaron la piel de los obsequios. Los moños quedaron desparramados y el papel china destrozado en un suelo que era testigo de una fiesta extrañada por todos.

Los niños saltaron de alegría, no lo podían creer. El pequeño Germán estaba tan feliz que comenzó a patear la pelota de una forma desorbitada. Los cañonazos rebotaban en la pared. El padre no decía nada, dejaba a los niños jugar, nunca se había visto tan satisfecho.

Se encontraba derramando el vino del júbilo cuando el balón cayó justo encima de la fotografía de la madre, de la esposa, del recuerdo; se partió en dos. Entonces el hombre tomó una actitud seria, solemne, y después de haber cumplido con su obligación de padre, se sintió con el derecho de reprender al muchacho.

—¡Germán! Si no te portas bien no te vuelvo a comprar nada.

—¡Tú nunca me compras nada!

—¿No? ¿Y todo esto? ¿Para quién es?

—Tú no me has comprado nada, fue el niño Dios quien me trajo mi balón de fútbol y puso el pavo en el correo —brillaron las palabras en la lengua del niño.

—Sí papá, a veces te crees la última Coca-cola del desierto —remató la niña.

 

Emiliano Martín del Campo Murillo. Mexicano, aunque nací en, Río de Janeiro, Brasil. Realicé la tesis El discurso del rock mexicano contemporáneo, dirigida por René Avilés Fabila, para licenciarme. Cursé talleres con Eduardo Antonio Parra y Raúl Renán. Elaboré el programa de radio “México, Asilo de diversas culturas” en el IMER. Trabajé como periodista en Rocksónico y en El Diario de México. Estuve becado por el CONACYT por el trabajo Las relaciones de poder en los cuentos Enrique Serna en la Especialidad de Literatura Mexicana de la UAM. Presenté narraciones en congresos de estudiantes en la UDG, la UADY, la UAT y en el quinto Festival Internacional de Creadores de la UACM. Realicé el monologo “Las películas de terror me dan risa” para el Microteatro. Publiqué una crónica en El Universal y cuentos en una antología llamada Imaginarios de papel. Mi primer libro se llama Apología del extravío y fue editado por Gorrión Editorial. Si gustas apoyar el proyecto para el libro, puedes hacerlo desde aquí.

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