“Últimos testigos” o Un Capítulo Más de la Historia de Alexiévich

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En los últimos años, la academia que decide a quién otorgar el Premio Nobel de literatura ha tomado decisiones que, en su momento –y quizá incluso ahora– fueron polémicas. Basta recordar la última, cuando se escogió a Bob Dylan para ser honrado con el máximo galardón de las letras. Sin embargo, esta tendencia se había visualizado ya desde años anteriores: es necesario señalar, por ejemplo, el año en que Alice Munro fue escogida como Premio Nobel: en primer lugar, se seleccionó a una mujer, canadiense, y además, cuentista. En un contexto como el nuestro, en el que aún se mantiene un dominio por parte del género masculino, fue importante esta mención, al ser Munro una triple minoría por las características anteriores: la literatura canadiense ha quedado relegada dentro del ámbito norteamericano, en donde se voltea a ver, siempre, a lo que se hace en los Estados Unidos; igualmente, la mención de una cuentista para llevarse el premio es bastante importante, ya que este género ha sido menospreciado, como algo fácil de hacer, sin tomar en cuenta la complejidad que tiene condensar en unas cuantas páginas la tensión y los hechos suficientes para mantener al lector atento hasta el punto final.

Con este antecedente, de 2013, llegamos al Premio Nobel de Svetlana Alexiévich (1948, Stanislav, entonces de la República Socialista Soviética de Ucrania), en 2015. El caso de esta mujer resalta de igual forma, aunque por otros aspectos. En primer lugar, ese año se otorgó el Nobel de Literatura a una mujer que no es oriunda del mundo occidental. Igualmente, con la mención de Alexiévich, el galardón se otorgó por primera vez a un autor o autora de no ficción, con lo que se confirma la idea de que las narrativas –ficcionales o no– confluyen ahora simplemente en la narrativa: escribo esto no para poner en tela de juicio lo escrito por la Alexiévich, sino con un afán de señalar que el recuerdo también es un momento catártico que puede inducir a la creación, ficcional, o no. Es importante señalar, igualmente, la gran labor que implica la obra de Alexiévich, quien, entre otras cosas, nos ha obligado a voltear la mirada hacia esa fracción del mundo que ha quedado opacada por otras fracciones más: por medio de sus letras, la periodista ha situado a Bielorrusia en el mapa mundial, y no solo eso, sino que también nos invita a reflexionar sobre el contexto soviético en el que la región quedó atrapada.

En su discurso de aceptación del Premio Nobel, la periodista repitió en varias ocasiones el vocablo “historia” en diferentes sentidos: “he recogido la historia del socialismo ‘doméstico’, ‘puertas adentro’, poco a poco; la historia de su desarrollo en el alma humana. Me siento atraída por ese pequeño espacio llamado ‘ser humano’, un simple individuo. En realidad, es ahí donde todo sucede”. Y es así como se ha ido construyendo la gran obra –gran obra en el sentido más amplio del término– de Svetlana Alexiévich: ahí está la historia de la Unión Soviética, pero no la que aporta datos y fechas, números y estadísticas, abstracciones y nombres sin rostro. No. La historia que Alexiévich ha reunido –y esperemos, continúe haciéndolo– no es esa, que por momentos es descarnada, fría con la información que muchas veces se presenta completamente procesada para obtener un fin. No. La historia de Alexiévich es completamente lo contrario: si bien es cierto que, como ella misma afirmó en ese mismo discurso del Nobel, se busca la construcción de la “gran historia”, esto se logra mediante la “pequeña historia”. Alexiévich ha luchado contra el sistema: basta recordar que la publicación de La guerra no tiene rostro de mujer estuvo detenida bastante tiempo, hasta la apertura que propuso el gobierno de Gorbachov, y, aún así, fue blanco de críticas bastante duras. Lo mismo ocurrió con Voces de Chernóbil, que reúne los testimonios de la gente que vivía cerca de la central cuando ocurrió la gran tragedia: Alexiévich dice “Recuerdo a un taxista de edad desesperarse cuando una paloma golpeó el parabrisas: ‘cada día dos o tres pájaros se estrellan contra el coche, pero los periódicos dicen que la situación está bajo control’”. En esa ocasión, Alexiévich tuvo que enfrentarse al sistema que aseguraba que el átomo para la paz –como el de Chernóbil– era completamente inofensivo: tanto así, que la propaganda soviética aseguraba que se podía construir una central nuclear en la Plaza Roja de Moscú sin que hubiera mayor peligro. A todas estas víctimas, y muchas más, Alexiévich se ha encargado de ponerles un nombre y un rostro: una edad, un contexto: un ser querido que se volvió un objeto cargado de radiación, el cuerpo del supuesto hijo o hermano o amigo regresado de Afganistán en un ataúd recubierto de zinc, el hijo de la Gran Guerra Patria, la mujer que estaba dispuesta a morir pero no a matar mientras el Ejército Rojo recuperaba su territorio: tanto es así que pareciera que, en su obra, Alexiévich no habla: simplemente coordina el coro de voces que la rodea. Su obra, la obra de Alexiévich, puede leerse como una sola, una con la misma temática, separada en los diferentes volúmenes que la componen.

Editado en el idioma castellano en 2016 por la casa editorial Penguin Random House, llega a nosotros Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial. Después de la mención de Alexiévich como Premio Nobel, Penguin decidió retomar algunos textos ya publicados así como traducir otros más al castellano para tener una aproximación mucho mayor a la obra de la periodista bielorrusa. Comulgando con el resto de su obra, Alexiévich nos invita a mirar con ojo crítico el mundo socialista que se levantó en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Nos invita a esto, como ya he dicho líneas atrás, mediante la polifonía, mediante la multiplicidad de voces que rodean la verdadera historia. En este volumen, Últimos testigos, se reúne un coro de cien voces que interpreta un canto descarnado a un capítulo en especial de la Gran Guerra Patria: la de quienes se quedaron huérfanos durante los combates entre el Ejército Rojo y las fuerzas de la Alemania nazi. Alexiévich pone en perspectiva el conflicto armado y señala el camino a seguir: las voces de los que entonces eran niños son la guía en medio de la oscuridad, donde lo único que puede verse son las ráfagas que caen del cielo, junto a los cazas nazis, o las aldeas incendiadas por el ejército alemán.

A lo largo del libro, encontramos los testimonios de aquellos que se volvieron adultos con apenas diez años de edad, niñas y niños que se enfrentaban a cada instante con la muerte, y que, en muchas ocasiones, fue su madre y maestra. Zana Kosiak, que al momento del estallido de la guerra contaba con ocho años, cuenta cómo el hambre se apoderó de los niños: “nos lo comíamos todos (refiriéndose a los árboles cercanos a su orfanato), arrancábamos incluso la parte más tierna de la corteza. Nos comíamos la hierba, cualquier cosa que encontrábamos”. El hambre y la guerra obligaron a muchos de estos niños y niñas a hacer algo que parece poco imaginable. Galina Fírsova, que vivió el cerco de Leningrado con apenas diez años, cuenta cómo la comida fue acabándose, y cómo con esto, aprendió que la gente podía comer todo: hasta la tierra quemada que quedaba debajo de los depósitos de aceite que se incendiaban con el constante asedio del ejército nazi: Fírsova cuenta, igualmente, la forma en la que se comían a los animales doméstico: “No recuerdo en qué momento la idea de comerte a tu gato o tu perro se convirtió en algo normal. Habitual. Se convirtió en algo cotidiano (…). Después de las palomas y las golondrinas, en la ciudad empezaron a desaparecer los perros y los gatos (…). Una amiga de mi madre no fue capaz de comerse a su gata y nos la trajo. Nos la comimos. Recuperé el oído. Me había quedado sorda de repente”.

En un contexto como aquel, en el que el desorden es lo primordial, es sorprendente cómo Alexiévich hilvana una historia de solidaridad generalizada, ante todo. Una historia que hacía que el ser humano volver hacia sus instintos primarios de supervivencia: la misma Fírsova cuenta cómo en el cerco de Leningrado, un desconocido salvó a su abuelo que se desplomó en medio de la calle: un obrero desconocido le dio al viejo su ración de aceite de girasol justo cuando ya se despedía de la vida.

La guerra también fue maestra: una maestra que marcaba a plomo y fuego la piel de la infancia soviética que quedó atrapada en medio del conflicto: Inna Starovóitova cuenta cómo aprendió a contar: “Cuando me curaron, mamá y yo calculamos que tenía nueve heridas de bala. Yo estaba aprendiendo a contar: en un hombro, dos balas, y en el otro, dos balas más. Eran cuatro. En una pierna tenía dos balas y dos más en la otra. Sumando eran ocho. Y una herida en el cuello. En total, nueve”.

Últimos testigos recoge así, por medio de esas pequeñas historias con nombre y apellido, esa cara de la guerra de la que no se habla: una sin héroes, sin hombres y mujeres que se encumbran derramando la sangre de otras personas: una guerra que, vaya, no sirve para ningún medio propagandístico: Alexiévich se encarga de reunir este coro de voces, de darles un nombre, de señalarlos, de recordarnos que aún están aquí, entre nosotros, esos hijos que tuvieron como compañera de juegos a la guerra –juegos descarnados que te mataban cuando menos lo esperabas. Las múltiples caras de la historia que confluyen en el libro confluyen en las palabras de Valia Brínskaia, de 12 años al momento del inicio de la guerra: “Estamos en esa línea… En esa frontera… Somos los últimos testigos. Nuestro tiempo se acaba. Tenemos que hablar…. Nuestras palabras serán las últimas…”

Adrián Caamal (Tizimín, Yucatán, 1992). Ha participado en varios talleres literarios. Escribe narrativa y poesía.

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