El mapa, el territorio, lo cotidiano, la violencia

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Una de las calles de Ciudad Limítrofe está rayada con palabras que gritan LA VIOLENCIA DE GÉNERO SÍ MATA MUJERES. Está en negro, sobre una pared amarilla. Son unas letras grotescas. Son duras: tan duras que duele oírlas. Más que unas palabras, parecen cicatrices sobre la espalda de la ciudad. Grabadas con dolor, a sangre y fuego, como quien dice.

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Hace unos días, leí una nota de Cosecha Roja titulada “Cuando el femicidio mide 30 puntos de rating”. El texto hace hincapié en bastantes cosas, pero sobre todo, remite a cómo el femicidio es el último eslabón de la cultura de violencia contra la mujer. Se centra, además, en los roles y modelos patriarcales, establecidos de manera uniforme y lineal: las excepciones, como en el caso de los hombres, quedan desestimadas: sólo se puede ser mujer de una forma, así como también sólo se puede ser hombre de una forma. Cualquier variante, por mínima que sea, debe ser señalada, juzgada, y marginada para buscar su posterior exterminio: las niñas no usan, los niños no se peinan, las niñas juegan con, los hombres no, las mujeres tienen qué.

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Hace unos días leí un estado de Facebook que dice: “Oigan amigxs la próxima vez que quieran iniciar un debate acerca de las “contradicciones” del feminismo en el facebook mejor vayan a debatir con el wey que ayer se comenzó a masturbar frente a Estefanía y frente a mi en la calle 62 con 57 mientras nos gritaba cosas … O con el muchacho que le dijo “te vas a morir” a Pauli por no querer bailar con èl el viernes en la mezca…. Eso sería de màs ayuda.” (SIC). El estado me llegó por medio de otras personas, quienes compartieron el original en sus muros. Pensé en cómo la prensa podría fácilmente señalarlas si algo les ocurriera. En lo fácil que es indagar, señalar, culpar a la víctima: se lo buscó. ¿Qué hacían solas en la calle, en un bar?¿No viste que estaba tatuada? ¿Quién la manda a salir de su casa sin su novio? ¿Qué hacía a esas horas fuera? Una mujer de bien no.

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Hace unos días entré en una farmacia. No recuerdo qué iba a comprar. Había muchas personas: detrás del mostrador, todas mujeres: del otro lado, todos hombres. Sólo había, de este lado, una chica frente a la caja, a punto de pagar: blusa de tirantes, short de mezclilla corto. Me pregunté qué pasaría si alguno de nosotros la imitase en la forma de vestir: un short playero, un sport, unas chanclas: ¿así nos miraríamos?, ¿seríamos tan descarados?, ¿por qué lo hacemos? La señora que estaba atendiendo a la chica no hacía mucho por terminar la transacción, pero claramente percibía la tensión. Nadie dijo nada.

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Anoche fui al parque a hacer un poco de ejercicio. Eran poco más de las ocho de la noche. Sobre la cancha de basketball, un hombre de unos 25 años jugaba con su sobrino de no más de seis: pateaba un balón de un lado a otro de la cancha, el chico corría –la intención era hacer correr al chico: que se distrajera para que el papá o el tío o el hermano o loquefuera pudiese mirar el máximo de tiempo a una mujer que corría alrededor de la cancha: tenis, short corto, playera para ejercitarse. Los hijos de la mujer corrían más allá. Me acerqué al hombre y le pregunté cómo se sentiría él si lo miraran así. Ni siquiera mencioné que, además, sus hijos estuvieran ahí. Tampoco esperé su respuesta.

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Hace unas horas leí que un estudiante del Colegio de Bachilleres de Yucatán, en Peto, mató a su novia y después la echó a una cueva. El muchacho huyó en bicicleta después de confesar el crimen a su papá. La nota también decía que hubo un desacuerdo entre la pareja. Sobre el manejo de información, no sé qué es más preocupante: lo que la prensa puede decir al respecto (sobre todo de la víctima) o el silencio que muy probablemente habrá sobre el tema, sobre los feminicidios y la violencia de género: cerca de Ciudad Limítrofe está la Ciudad de la Paz, y no hay que perturbar ni la blancura ni el orden ni el progreso.

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Cerca de la primera pinta, hay una más que grita prácticamente lo mismo, mucho más discreta, casi en el suelo. Si el autor o la autora son iguales, no lo sé. De lo que sí tengo certeza es de que igual duelen los ojos y los oídos cuando estas pintas se escuchan retumbar en el silencio de esta tierra que no tiene casi nada de tierra.

 

Adrián Caamal (Tizimín, Yucatán, 1992). Ha participado en varios talleres literarios. Escribe narrativa y poesía.

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