Breve instructivo para el suicidio

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1.- Si algún día amanezco con la soledad rechinándome en los dientes y el vacío de fuerza para enjugarme sus quejidos, deberían por precaución no hablarme de frente. Piénsenlo como una transgresión al canon odOntológico y no como una desgana, o como parir silencios por el hocico. Ahora bien, si decido contradecirme y me pongo a hacer gárgaras hasta por los ojos, pido por favor, un kit completo para el suicidio, color verde, quiero resaltar mis ojos.

2.- Necesito orear la costumbre, ponerla al sol junto a tu vestido de fiesta o a tu cansada ropa interior. Quizá para ti esto sea una propuesta indecorosa, pero lo juro, me siento encharcado todo el día. Envejecido, como cuando tus dedos se ponen a chupar el agua o como cuando me obligo a llorar y tú metes la puntita de tus pies en el charco de mis retinas. En serio, necesito ponerme a escurrir a temperatura ambiente, uno o dos días completos, tendido al sol, con dos pinzas del tamaño de tus manos apretándome la vida.

3.- Quisiera ser una piedra para descalabrar este fuego con un trago de mí mismo, y luego buscar a los hombres que me han herido para hacerlos tropezar cien veces seguidas, hasta que sus bocas se inyecten en las huellas que dejan las hormigas y ahí, tendidos, escupirles mis huesos en la nuca. Gritarles: ¡quien no le tema a la muerte que se arroje a la primera piedra! Nadie responderá porque mi lengua sólo la entienden los muertos. Me verán sin remedio alguno destripar su llanto para luego tejerme el cuello con su grito: mi garganta se poblará con sus dolores, mi voz será un cementerio clandestino. Entonces, por ningún motivo, las piedras tropezarán, jamás, con el mismo hombre.

4.- Mis pasiones trepan los muros para rebanarse el cuello, su lamento cae en el tuétano de mis neuronas e inventan una herida con el filo de sus uñas. No hay luz que descalcifique su dolor, ni saliva que resane su membrana entreabierta: como el ojo vertical de las puertas por donde se encaja el frío, la tierra y los insectos. No hay por dónde amansar su esqueleto de araña. Mis manos no alcanzan y los golpes que me receto en la cabeza le dan miedo. He intentado todo: lobotomías con moscas amaestradas, deshierbar mi cabeza para zafarla de raíz y amontonar descalabradas desde niño. Estos ojos hacen gárgaras todas las horas porque sólo conozco tres formas para abortar sus quejidos: siguiendo una estricta dieta de aire, desaguar la sangre para marcar los topes de las calles o salpicar de plomo las entrañas de mi cabello.

 

Yobany García Medina. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas, FES-Acatlán (UNAM). Miembro fundador del Seminario Permanente de Metaficción e Intertextualidad (FES-Acatlán). Ha publicado en diversas revistas y antologías, entre ellas: Revista Bistró, El Humo, Nocturnario, Bitácora de Vuelos, Rojo Siena, Página Salmón.

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