Tratos violados

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No volví a escribir sobre su cuerpo. De alguna manera supimos que nos encerró en un círculo repetitivo de romance fingido y jugueteos de piel. La primera vez que la tuve, mientras se quitaba los pantalones, recordé el momento en que le propuse el trato a Carlos. Al principio no lo vi convencido, pero con una mueca de aprobación más a fuerza que por gusto y entre dientes, dijo: “está bien, supongo que no hay razón para que no lo hagas” y volteó la cabeza a sus asuntos. No me preocupó demasiado, de cualquier forma había recibido su consentimiento.

Después de tres encuentros casuales, ella intentó acercarse a mí frente a algunos testigos vivos. Violó el trato. Un escalofrío me recorrió como la primera vez que la vi desnuda: “vamos a la biblioteca”, tomó mi mano y aceleró el paso. Entonces guardamos el silencio necesario y me llevó al último pasillo. Todavía me sudaban las manos y ella lo notó. Las transportó a las curvas de sus pechos. Su boca caminaba por mi cuello, las orejas, la nariz. Y yo, en esa acción imaginada solamente en mis sueños de pubertad, me quedé estático y tembloroso, no sé si por la calidad del momento o por miedo a la cabizbaja bibliotecaria.

Salió sigilosa y esperé un momento para ir tras ella. No la volví a ver hasta la semana siguiente, cuando llegó de la mano con Gabriel. Nos saludamos con un apretón de manos, como si no hubiéramos compartido más que el trago de una cerveza. Pero sentí en la palma una bolita de papel. Se fueron casi de inmediato.

Entonces leí: Nos vemos en mi casa en una hora. No podía decir que no. Llegué puntual, ella ya estaba esperando. Nos fundimos en la dialéctica de nuestros cuerpos. Consumido el fuego, comenzó a vestirse y con eso a derrumbarse mi esperanza de aquel momento preciso y tierno después del acto, en que él y ella se contemplan, se besan, se tocan, se juegan. A cambio, me pidió que me apresurara, Gabriel regresaría para cenar. Entonces se me ocurrió preguntar: ¿y yo qué soy realmente? Comenzó a reír y dijo: algo eres, pero no preguntes qué. Me fui y la maldije en voz baja, juré no volver a verla.

Al paso de los días, me daba cuenta de que Carlos se ausentaba demasiado, yo no supe disimular mis celos, lo evitaba a cada instante y no le dirigía la palabra. Violé el trato. Algunas veces lo atrapaba mirándola de lejos y puedo jurar que se escondía para masturbarse con las fotografías que tomaba de ella. Pero él nunca rompió el trato. Todos los días me saludaba con la misma sonrisa, con la misma efusión que lo caracterizaba y así como lo habíamos acordado, nunca me compartía la razón de su ausencia en la tarde anterior.

Pronto se corrió el rumor de que Gabriel la descubrió con Fernando; ni siquiera yo sabía de ese tipo. La ruptura descontroló totalmente sus impulsos, y por su parte, Carlos no salió de su casa durante días, hasta que una noche llegó con los ojos hinchados y se encerró en su cuarto. No pregunté nada. Después la veíamos a ratos, ya saliendo ebria de algún bar, ya tomada de la mano con algún idiota o escapándose de clases.

Nunca hablé de ella con Carlos. De cualquier modo, mi hermano siempre fue muy reservado y al mismo tiempo sinvergüenza, jamás me pregunté si verla así le ocasionaba algún sentimiento, o siquiera si sentía algo por ella. Di por hecho que no, nunca se quejó de nada, ni cuando supo que yo me acostaría con ella.

La última vez queda tatuada en mi cabeza. Carlos fue a la escuela, yo estaba enfermo, pero en la tristeza de la tarde, tuve el impulso de ir a buscarla. Llegué a su casa y me dejó entrar. Me pareció desconcertante encontrar a mi hermano allí en horas de clase. Bebía una taza de café y ella se la arrebató de la mano, luego le pidió tajantemente que se fuera y ya en la puerta le dijo un par de cosas que no pude escuchar. Después se lanzó a mis labios, no resistí.

Jamás la sentí tan mía, tan cierta, tan cerca. Nos quedamos acostados durante toda la noche y me despertó el olor a café. Mientras lo tomaba, tocaron la puerta. Entonces apareció un tipo con mala facha, la traía del brazo y ella muy asustada, me ordenó que me fuera. Así lo hice, no dije nada, ni siquiera la miré porque ya lo había entendido todo. De camino a casa me propuse intentar olvidarla, no volver a buscarla, no tomarla en serio. Quería disculparme con Carlos, aunque supuse que no lo necesitaba, él sabía cómo era esto.

Pasé todo el día redactando maldiciones y unas cuantas injurias en su contra. No escuché a Carlos y fue raro que no viniera a joderme la existencia. Ya pasada la media noche lo busqué en su cuarto, en la sala, en el baño, el sótano… el sótano.

No vi mi reflejo en sus grandes ojos cafés, no vi la soledad, no vi el llanto que ella y yo nunca notamos antes. Ya no existía su sonrisa fingida, no existía nada, solo un cuerpo colgado e inerte. Nunca me odié tanto, nunca la odié tanto. Entendí que Carlos, al igual que yo, violó el trato y ahora es extraño estar solo, mirándola a lo lejos juguetear con los pobres desafortunados.

 

 

Diana Laura Garrido Guadarrama es originaria del municipio de Iguala de la Independencia, Guerrero. Es estudiante de la licenciatura en Letras Hispánicas del Instituto de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales de la UAEMor. Ha publicado ensayos en la revista Re-evolución de Guerrero, sobre la recepción de la música popular y sus consecuencias para con el machismo y feminismo de la sociedad mexicana. Actualmente cursa el sexto semestre de la carrera de Letras.

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