Apuntes sobre la libertad de expresión

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No existe la libertad de expresión en México. No lo digo yo, sólo es una replica a todo lo que ha acontecido en los últimos días, semanas, meses y años en el país. El asesinato de Javier Valdez se suma a los homicidios a periodistas que, en la mayoría de los casos, se mantienen impunes. Me llena de rabia. Me siento vacío. Vacío de ver lo que pasa a mí alrededor, de cómo la violencia se apodera de mi ciudad, porque es un eco que sale de la voz-violencia y que se replica en cada centímetro de México, y ya está acá, detrás de mí, enfrente de mí, a lado de mí, y no puedo hacer mucho. Me siento atado. Estoy en un lugar privilegiado. “Privilegiado”: entrecomillo la palabra porque me gustaría cambiarla a amordazado. Amordazado por mí y mis compañeros y políticos y el poder y mi jefe y el jefe de mi jefe. No hago periodismo, ese periodismo que ha llevado a la muerte o al exilio a cientos de reporteros en México, como relata Javier Valdez en Narco periodismo; mis reportajes no están ni cerca de la denuncia que debería repercutir en esta ciudad que llamaré limítrofe. Ciudad Limítrofe, aquí trabajo. Lo único que puedo hacer es un registro personal y bien guardado de lo que pasa, y nada más. No reportajes de fondo, no periodismo de investigación, no periodismo de denuncia. Para qué te metes a esos temas, ve lo que les pasa a los periodistas en el resto del país donde mueren de fea forma, tú estás ahora en este paraíso donde no hay mucho que destapar… a parte no lo puedes publicar, aquí no, esa no es nuestra línea, me dicen. Sólo oigo lo que me dicen. Oigo y me muerdo un huevo porque sé de cosas que pondrían de cabeza a varios funcionarios municipales y estatales y a policías y a sindicatos. Escribo estas palabras porque Narco periodismo, de Javier Valdez, me ha calado en las entrañas. Escribo estas palabras porque me sentí identificado con la periodista que describe Javier Valdez, Alejandra Cervera, porque «…los medios, la rutina, la borrasca de las notas de los políticos y sus conferencias de prensa, esos actos mohosos de los funcionarios públicos y los organismos empresariales. […] Eso. Y los salarios, las notas aburridas, las fotos de siempre. Eso y ese periodismo desalmado, sin latidos ni brincoteo estentóreo. Eso. Ese periodismo hizo que subiera a las nubes y la aterrizara de un manotazo, en poco, poquísimo tiempo.» Y me destruye por dentro. Porque igual me quería comer al mundo cuando salí de la facultad y lo que encontré fue un choque contra mis ideales y ganas y motivos para exponer una denuncia, para poner en práctica ese Nuevo periodismo que no me enseñaron en la universidad pero descubrí a oídas de otras personas y que quise realizar desde mi primer día de trabajo, cuando en Ciudad Limítrofe la violencia aún no se desataba como ahora. Y eso que aún es el inicio de la violencia. Porque aún el crimen organizado no nos dice qué escribir, qué poner a 8 columnas, qué cubrir; aún no tenemos halcones en las redacciones como en Tamaulipas,  donde «las redacciones estaban infiltradas, eran colegas, quisieran o no quisieran, y debían dar toda la información sobre nosotros [Los periodistas] a los delincuentes.» como recoge el testimonio Valdez a en el capítulo Tamaulipas y el periodismo del silencio. Tampoco nos han allanado las redacciones, ni recibimos llamadas de los voceros del crimen organizado, ni lanzado granadas, ni disparado contra las instalaciones, ni asesinado a ningún colega como en Veracruz, Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, Ciudad Juárez, y la lista puede continuar, y continuará. Aunque en Ciudad Limítrofe no falta mucho para que suceda lo anterior. El Gobernador, cuyo periodo en el poder acaba de terminar, dio el primer paso para lo que se avecina. No le faltó mucho para que replicara lo de Duarte, como describe Valdez a través de testimonios a periodistas, entrevistas, crónicas y reportajes en Veracruz: el infierno tiene permiso, el último capítulo de su último libro publicado. Aquí, en Ciudad Limítrofe aún no decimos todos los reporteros como dicen los periodistas en Veracruz: «Me vigilan, hay gente armada fuera de mi casa, están persiguiéndome.» Sí hay registro de reporteros perseguidos por el Gobierno, pero éstos se dan el lujo de presumirlo entre el gremio como si fuera un hazaña y eso me hace pensar que no saben lo que en verdad están pasando otros periodistas en México. Lo que en verdad es vivir bajo el asecho de la muerte. Esa muerte que encontró a Miroslava Breach, Anabel Flores, Marcos Hernández, Aurelio Hernández, Rubén Espinosa y al último que integra la lista de los 124 periodistas asesinados desde el 2000, Javier Valdez. Esa muerte que los encontró, pero cuya orden fue orquestada desde el crimen organizado y oficinas de Gobierno: principales actores que atentan contra la libertad de expresión.

 

Adrián Caamal (Tizimín, Yucatán, 1992). Ha participado en varios talleres literarios. Escribe narrativa y poesía.

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