Tengo veintiún años

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Tengo veintiún años. Estudio biología. A veces me arrepiento. ¿Por qué no estudié literatura o periodismo?, me digo frente a las herramientas del laboratorio, frente a mariposas prensadas, frente a fetos que danzan en formol. Cargo dos vicios. Trabajo en un portal de noticias muy bueno después de haber trabajado un año para un portal de noticias vendido al gobierno. Ahí, en el vendido, aprendí a reportear. Ahí, en el vendido, me codeé, e incluso abracé al gremio de reporteros marginales que siempre están lamiendo botas e insertando micrófonos con violencia, quienes nunca reciben premios de periodismo hasta que se acomodan en alguna institución y se vuelven funcionarios públicos y lamen botas oficialmente. Tuve once gatos salvajes. Vivían en mi patio. Comían lagartijas y palomas. Poco a poco desaparecieron. Encuentro retazos de su piel, sus vísceras, sus huesos, luego los lanzo al monte para olvidarlos. Lloro cuando sucede. Todos tenían nombre. Tengo una hermana ocho años mayor llamada Andrea que tiene una hija de 9 años, mi sobrina Naty. Me encaucé en la literatura por mi madre. Es bibliotecaria desde hace 30 años. Mi padre es artista, militante trotsko. Se conocieron en una manifestación. Mi madre me nombró Mateo por una frase del Mateo bíblico. “No vine a hacer la paz, sino la guerra”, dijo el Mateo bíblico, un belicoso traidor, un asesino de animales. Mi padre quería llamarme Macondo o Macario. Puedo contar a mis amigos con la mano. He escrito para periódicos que nunca me pagaron. Un policía me pateó el estómago cuando le escupí en la cara y le grité puerco analfabeta. Temo a la muerte. Temo vivir sin alcanzar nada. Denominé a esta columna “Lo perdido se nombra” por un poema de José Emilio Pacheco y porque, valga la redundancia, pretendo nombrar lo perdido. ¿Qué no está perdido en este país? ¿Alguien sabe? Creo en el amor. He estado enamorado más de seis años.   Creo, como dijo Julio Scherer, que los reporteros y los políticos viven en un “permanente amasiato”. Entre ellos es imposible el matrimonio, pero inevitable el amasiato, escribió el difunto Julio en un libro donde justifica su amistad con Carlos Salinas. En el caso de Yucatán, ese amasiato implica que los funcionarios, metafóricamente, sodomicen a reporteros acostumbrados a abrir la boca o las piernas. Depende la ocasión. Depende del humor de los funcionarios. Cuando me llega un correo no deseado pienso que gané un concurso. Sin embargo siempre son mensajes de Santander. Les respondo amenazas. Déjenme vivir en paz, imbéciles, escribo. Cuando leí a Bolaño comencé a escribir como él y se volvió un problema quitármelo de encima. Lo mismo con Kundera. Nuestras referencias literarias son parásitos hermosos. En esta columna tocaré temas incómodos. Haré alegorías pornográficas. Siento odio por los políticos corruptos. Esto es ficción, en parte.

Mateo Peraza Villamil. (Mérida, Yucatán, 1995). Periodista y escritor. Ha  publicado artículos y cuentos en medios digitales. Actualmente trabaja en el portal de noticias Homozapping.

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