De plasticidades y música

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Castración

No la dejaste tener hijos. Una niña sentada a lado me veía con coraje y luego dirigía su cara hacia la criatura, a ella la abrazaba con la mirada. Le sonreí sin tener idea de lo que pasaba. ¿Qué dijiste? Que no la dejaste sentir lo que es amamantar.

No supe qué responder, me quedé callada y con la postura derrotada. He de confesar que no comprendí el comentario, sólo desarrollé una melancolía que no se iría hasta pasados los años y que se transformó en resignación, esto me llevó a escribir lo que estás leyendo.

Hace un año amanecí con 27 años cumplidos y una cruda que superaba todas aquellas que había tenido en la adolescencia. Mi cuerpo ya no estaba hecho para ese tipo de jolgorios y terminé en la sala de urgencias: catéter, suero y nebulizaciones.

Esa no fue la última vez que estuve entre olor a muerto y vagabundo, que en realidad es lo mismo si se piensa a detalle. Aquel día sería el determinante para que mi riñón necesitara hemodiálisis cada dos días, al igual que mi hígado quedaría devastado por la cantidad de cápsulas administradas. Hospital era la palabra-pan de cada semana.

Mi novio de aquel tiempo se preocupaba mucho, al grado que parecía mi esposo por habitar a diario en el departamento. Es que no puedes estar sola, mírate, pareces niña con anemia. Lo repetía siempre y era claro mi enojo, luego iba a comprar garnachas para contentarme; fueron buenos tiempos.

En fin, en una visita al lugar de muerte, específicamente con el ginecólogo, éste nos dijo con una expresión helada (porque mi pareja no podía faltar a estas citas) que necesitaba hablar sobre algo importante. Era claro para ambos, que mi vientre no podría jamás concebir; desde hacía tiempo que intentábamos tener hijos.

¡Venga!, no sufrí tanto, mi novio sí; me dejó. Yo ya sabía en qué terminaría, ¿por qué? ¿recuerdas cómo empecé este relato? Sí, la criatura, después de aquel día de su operación, se dedicó a vigilarme todas las noches; yo pensé que era normal, que me cuidaba, pero no fue así. Una madrugada se quedó en la mesa de la tele mirando muy fijo. De repente sus patitas se movían muy rápido. Silencio. Sus ojos fijos brillaban por el reflejo de la luna. Sus garritas en el aire. Y comenzó a atacar mi vientre.

Fue espantoso. Grité a mis papás por ayuda (por esos años aún vivía en su casa, pobres señores que soportaron esa escena), el dolor era insoportable. No podía moverme porque algo, ¡algo!, me agarraba las extremidades con una fuerza impresionante mientras la gata excavaba.

Papá llegó con una pistola, calibre pequeño. Mamá prendió la luz, pero al momento de hacerlo, la gata saltó por la ventana. Papá disparó unas cuántas veces. La gata escapó. Hasta ahora no sabemos si sigue viva o alcanzó a recibir alguna bala. A mí me llevaron al hospital para que me reconstruyeran toda mi cavidad.

Tiempo después, en la sala de ginecología, entendería porqué me dirían: jamás serás madre; recordaría la noche donde ultrajaron mi maternidad y el día donde yo autoricé que lo hicieran sobre alguien más, sólo por considerar que era lo mejor, sin antes preguntar; pensando que obraba bien, en realidad me arrastré hacia un karma infinito.

 

Niñospoesía

Humano, hoy es el día de muchas cosas. Las personas suben sus fotos de cuando tenían mocos, por lo del día del niño. También anuncian tocadas de jazz en cada casa de cultura que más bien parecen spots para yonkis; en esos lugares, si buscas sobre las impresiones en las paredes, me encontrarás bailando hace muchos años atrás.

Yo me pregunto, ¿cuándo es el día de los niñospoesía? Sí, aquellos que van dejando imaginarios sobre lo que tocan. Yo me pregunto, ¿cuándo? Hoy podría ser el díademuchascosas, por ejemplo, el día de los niñospoesía: mitad niños mitad síncopas. Cuando nosotroslosdemás estamos iniciando el compás, ellos ya van terminando con los imaginarios del tercero.

Me causa curiosidad platicar con los niñospoesía porque cuando les digo que son jazz, poniendo la frente arrugada y su voz contrabajo, responden unos pizzicatos dignos de dar un paso atrás. En otra ocasión, estaban festejando un congreso de niñospoesía adentro de una alberca sin agua, me acerqué a uno de ellos para decirle lo mucho que me gustaron las blancas de su último compás ejecutado mientras debatía en la mesita de un café; aproveché para preguntar si podía hacer de una de ellas mi hogar. El niñopoesía tocó con su voz piccolo algo que no entendí. Me sonrió.

 

Objeto extraño

Faltaba un mes para verlo, ya había esperado más de un año para ese día donde nuestros brazos se enlazaban y jugábamos a marido-mujer en la casa prestada donde vivía mientras estudiaba alguna de esas carreras nuevas y raras.

Durante todo ese tiempo no tuve contacto sexual con algún hombre. Al principio me costó acostumbrarme, luego se volvió placentero, pero conforme se fue acercando aquella fecha, mi ansiedad por pensar qué haríamos en la cama durante la noche, provocó que mi libido no tuviera control. Sucedió lo que no debía; no sólo fue una vez, sino muchas. Perdí la cuenta, pero mi lógica siempre fue “esto es sólo por placer, sí lo amo, no tiene nada que ver una cosa con la otra”.

Llegó el día. M. estaba parado a unos metros de la puerta de torniquetes de la central de autobuses en J., llevaba un libro y antes de un abrazo me leyó unos versos. Bienvenida. Y con esa sonrisa peculiar se acercó a darme un largo beso.

No tuvimos sexo, sino hasta el segundo día de mi estancia. En ese momento todo iba muy bien. Besito por la clavícula, besito por la espalda, besito por el pubis, besito por la entrepierna, besito en mi vulva y ahí se quedó pegado un rato. Era la primera vez que lo hacíamos, ni siquiera cuando nos conocimos y dormimos en la misma cama nos tocamos de aquella manera.

Mi cuerpo estaba extasiado. Chupaba y chupaba muy excitado. De un momento a otro, M. comenzó a toser con desenfreno, parecía que se estaba ahogando y me incorporé para ayudarlo. Unas palmaditas en la espalda. Nada. Entonces tuve que hacer la maniobra.

Me quedé con un nudo en el cuerpo, se supone que estaba chupándomela, ¡cómo demonios se le pudo atorar algo? Cuando nos recuperamos del susto, nos acercamos a ver qué objeto era.

Jamás voy a olvidar su cara de enojo ni cómo me gritaba que era una puta por hacerle aquello. Me corrió. Rápido me vestí y preparé mis maletas: de vuelta a casa.

En menos de quince minutos estaba sentada en la parte trasera de un taxi que nos llevaría a la terminal. A mí y al pedazo de condón con el que casi muere M.

 

Angeles Arenas (Cuernavaca, 1996) Estudiante de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Ha publicado en las revistas Radiador Magazine, Minificción, Marmórea, Animalario, y participado como ponente en diversos congresos.

FB: Angeles Arenas

maria.arenash@uaem.edu.mx

Foto por Oliver GracidaFotografía de Oliver Gracida
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