El arte del disfraz

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Existe, en alemán, el vocablo wallraffen, que hace una referencia directa al periodista de investigación Günter Wallraff. El término se refiere a la acción en la que el reportero se transforma para crear una identidad ficticia, es decir, un sujeto que atravesará las experiencias que posteriormente relatará: hace esto porque de otra forma, sería bastante difícil acercarse al tema que busca investigar. Wallraff (Burscheid, Alemania, 1942) es un hijo de la guerra. Es periodista de investigación (encubierta, como debe suponerse con el vocablo explicado líneas arriba), así como escritor, aunque conocido principalmente por lo primero. Wallraff ha publicado diversos trabajos de investigación, actuando generalmente como encubierto, revelando así las deplorables condiciones de trabajo dentro de la industria alemana. Conocí su trabajo gracias a otro encubierto, en esta ocasión de Andrés Felipe Solano, con un texto que lleva por título Seis meses con el salario mínimo, en el que el periodista colombiano se sumergía, tal como dice el título de la crónica, en la vida diaria de un hombre con el salario mínimo colombiano durante seis meses, con todo lo que conlleva: un cambio de domicilio –en una casa compartida– una dieta como la que suelen llevar estas personas que trabajan de sol a sol y que apenas pueden subsistir, sin lujos, sin nada más allá de lo puramente necesario.

De esta forma publicó su libro titulado Cabeza de turco, en 1985, que llega al castellano gracias a la casa editorial española dirigida por Jorge Herralde, Anagrama. La contraportada dice que el texto “provocó una autentica conmoción en Alemania”, con lo que se convirtió en el primer best-seller de la posguerra. Ubicado en la República Federal de Alemania, Wallraff se despojó de su personalidad durante dos años y se hizo pasar por un inmigrante turco: el periodista echó mano de dos lentillas de contacto, “de color muy oscuro”, mismas que le hicieron tener una mirada penetrante, “como la de un meridional”; a esta fracción de la caracterización, Wallraff añadió además una peluca negra sobre sus “propios y ya entonces ralos cabellos”, con lo que además se redujo la edad. El inicio de su aventura inició con un anuncio que él mismo publicó en diferentes periódicos: “Extranjero, fuerte, busca trabajo, no importa cuál, incluso pesado y de limpieza, también por poco dinero. Ofertas al n. 358 458”. Con apenas estas líneas, el lector puede hacerse una idea bastante grande respecto a la situación laboral de los inmigrantes en la Alemania de aquel entonces: el mismo Wallraff estaba dispuesto a aceptar cualquier tipo de trabajo, por pesado o sucio que fuera, e, incluso, por una cantidad mínima de remuneración. A partir de aquí, el periodista comenzó su Odisea (Odisea, con mayúscula, equiparable al del héroe por excelencia, cuando menos en dificultad de tareas): la prueba más inmediata fue la que él mismo efectuó con su disfraz antes de iniciar el trabajo: con la caracterización, que además incluía un alemán champurreado, Wallraff fue a una taberna que solía frecuentar, en donde escuchó comentarios como “¿qué busca este aquí?”, haciendo referencia a su apariencia de extranjero. A partir de aquí, todo parece ser una espiral en descenso para Wallraff, o bien, Alí, a partir de ahora.

Las labores de este supuesto inmigrante turco comienzan cuando se le asigna la tarea de pintar techos en una caballeriza en un barrio de Colonia. Ahí comienzan a marcarse las grandes tendencias que persisten a lo largo de Cabeza de turco: la segregación y la ilegalidad: Alí sufre la primera por parte de sus compañeros de trabajo polacos, con los que no sabe si no se logra un entendimiento o si solo se aparenta que no; por otro lado, todos ahí son trabajadores ilegales, como lo serán casi todos sus compañeros a lo largo de los hechos que después compondrían la narración. El trayecto de Alí continúa cuando decide comenzar a trabajar en una casa de labranza, en la que es confinado a un cuarto a medio construir, aún cuando en la casa de campo hubiera varias habitaciones disponibles. En este lugar, Alí tiene que pasar desapercibido, oculto, con tal de que la granja no fuera conocida como “la granja del turco”: Alí no podía hablar con nadie más que no fueran las dueñas, no podía visitar el pueblo: Alí no existía más allá de su lugar de trabajo, como queda demostrado durante las páginas que componen la crónica escrita por Wallraff. Tanto es así, que, desde las primeras páginas, el periodista señala que “el odio cotidiano al extranjero ya no es noticia. Llegaba incluso a sorprenderme el que a veces nadie me hostilizara”.

Alí se mantiene a flote con trabajos que apenas alcanzan para subsistir. Es así como llega a un McDonalds, en donde es reducido, de nueva cuenta, a existir únicamente durante las horas de trabajo, en el lugar de trabajo –y esto de manera única porque era indispensable para la cadena de producción. Wallraff narra cómo Alí fue obligado a permanecer durante horas –más de las pactadas– en su lugar junto a la parrilla: lo justo para dar vuelta a las hamburguesas y prepararlas como es debido: eso sí, sin importar cuántos pedidos se levantaran, era su obligación que no hubiera filas esperando.

Cuando el supuesto inmigrante turco logra entrar en la empresa de la construcción, se da cuenta de las condiciones extremas en las que tienen que sobrevivir aquellos con los que comparte la situación laboral y sociopolítica de inmigrante ilegal. Las medidas de seguridad, por más pesado que sea el trabajo, son siempre mínimas: los obreros turcos no llevan nunca cascos, ni botas con punta metálica, ni mascarillas para protegerse de los metales pesados que han de limpiar cada dos por tres: por si esto fuera poco, Wallraff narra cómo varios compañeros de Alí tuvieron que trabajar más de 36 horas seguidas, ya que de negarse, los jefes los echarían a la calle. Además, estas cuadrillas de turcos son conocidas como grupos de choque, que solo sirven para las labores más pesadas. A lo largo del texto, se puede leer en varias ocasiones cómo Alí escuchaba “yo no haría ese trabajo por tan poco”, palabras salidas de la boca de obreros alemanes. Con nombres y apellidos, Alí señala a las grandes empresas que se dedican al comercio de hombres y cómo estas no se preocupan en lo más mínimo por su personal, ya que saben que, de despedir a uno o dos obreros, habrá cientos tocando la puerta en busca de ese trabajo que nadie quiere hacer.

Además de esto, Alí renta su cuerpo para la industria farmacéutica, al alquilarse como conejillo de Indias para probar nuevos medicamentos, aunque su incursión en este rubro es más bien breve. A su retorno a la industria de la construcción, Alí logra hacerse de un puesto como chofer del jefe de la empresa que contrata a los turcos en condiciones paupérrimas. El viaje de Alí toca fondo cuando choca de frente con el tráfico de hombres: la central nuclear de Würgassen solicita a su jefe una cuadrilla de choque para desatascar una de las principales arterias de la central. Solo hay una condición para que el trato se cierre: que los hombres a los que contrate el jefe de Alí deben ser inmigrantes, con tal de regresarlos a la brevedad a su lugar de origen: es decir, no debe haber tiempo para que se presenten los efectos de la radiación que, además, será el triple de la radiación anual recomendada para un ser humano. Todo esto, claro, no debe ser del conocimiento de los empleados.

Günter Wallraff hace una crónica de su tiempo, travestido como turco, pero no es solo eso: echando mano de los datos duros (informes de las empresas para las que trabajó, por ejemplo), Wallraff hace una crítica bastante dura al sistema capitalista, en el que el ser humano se convierte meramente en el material desechable para echar a andar la maquinaria, sin importar los costos materiales y humanos: Cabeza de turco es una crónica que continúa tan vigente como el día que se inició su escritura, en un contexto en el que la discriminación racial, el trabajo ilegal y en condiciones inhumanas, insalubres y con el mínimo de seguridad, son el pan de cada día.

Adrián Caamal (Tizimín, Yucatán, 1992). Ha participado en varios talleres literarios. Escribe narrativa y poesía.

*La imagen de cabecera fue tomada de Günter Wallraff, el periodista indeseable (I), aparecida el 24 de marzo de 2013, en El País Semanal. El texto es autoría de Víctor Núñez Jaime.
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