El cielo es rojo

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Viajamos en la van de prensa. El cielo es rojo porque apenas amanece y a mi lado Gómez, corresponsal veterano del periódico X, duerme con la boca abierta. Su boca huele a alcohol como cada mañana, pero nadie  lo menciona. Todos se ocupan en prender sus equipos, en transcribir el boletín porque aquí ningún reportero de política escribe realmente, y si alguno escribe no sabe manejar las reglas básicas. Yo sí porque escribo cuentos, pero nadie lo sabe y si lo supieran probablemente nunca llegarían a entender los argumentos, los símbolos, el significado de lo nunca dicho. En fin: viajo en la van de prensa como cada mañana desde que trabajo en “Llanura Digital” y hoy me ha tocado cubrir los eventos del gobernador del estado. Por lo general tres o cuatro eventos que tienen lugar en comunidades rurales donde el gobernador llega en una Suburban de la cual desciende triunfal y avanza bailando entre la multitud que lo aclama, le aprieta los pliegues (porque es un hombre sano pero rollizo) y le dicen” Lo amo gobernador” o algo de ese estilo pero siempre usando un idioma que yace en un limbo donde se busca a rastras el español. El gobernador baila, palmea señoras, sacude las cabezas de niños   raquíticos y presiona manos de hombres color tierra, con ojos que han visto la llegada de los siglos, con ojos capaces de atravesar la espesura de la selva pero que en ese instante se encuentran bajo la hipnosis del gobernador bailarín, que como he dicho sacude a los niños, carga a las señoras, estrecha las manos de los hombres en un frenesí únicamente comparable con el furor de encontrar a un hermano que creías asesinado y disuelto en un tambo. Encontrarlo vivo, caminando entero por la calle y decirle: Hermano, ¿qué haces aquí?, y él responda con un hilo de voz: No me llames hermano, no, no, no. Luego se sienta y los reporteros avanzamos en busca de una fotografía. Por un momento nos golpeamos y escupimos y nos musitamos chinga a tu madre al oído, o ya te cargó, o pinche perro conozco a tu jefe de redacción. Este último insulto es incongruente porque en realidad todos asumimos nuestra posición de canes, de microbios en busca del escalafón. Pero yo escribo cuentos y si alguno lo supiera probablemente me tildaría de engreído o de intelectual frustrado que depende, de cualquier modo, de la teta podrida del gobierno, que se nutre de su leche cancerosa. Sin embargo veo todo como un aprendizaje. Es archisabido que a los narradores siempre les falta empirismo: coger, comer, cagar. Vivir a fondo. Cierto es que después de las fotos vamos en barahúnda a una tarima ínfima desde la cual podemos percibir el hedor compartido de nuestros cuerpos, podemos ver las líneas blancas de funcionarios que, sentados como estatuas de marfil, mueven la cabeza cuando el gobernador arroja una cifra exuberante. Millones por diez banquetas. Millones por agua potable. Millones por un hueco para defecar. Ante esto a los funcionarios se les pone la verga enhiesta y en sus ojos noto que abunda la risa, una risa petrificada, contenida gracias a años de entrenamiento estilo Lama, esos rapados que sobreviven en el Himalaya y usan métodos muy fuertes de meditación hasta momificarse en posición de loto o generar la combustión espontánea con el fin de ascender al nirvana, similar al paraíso fiscal que utiliza el gobernador para depositar los millones que roba y que bien repartidos podrían servir para ponerle zapatos a la multitud que exclama ante cada una de sus oraciones, multitud con las plantas de los pies como carne de hamburguesa quemada o carretera recién hecha, idéntica a la que se inaugura en este momento mientras busco un resquicio por el cual meter la cámara y sacar una foto que estéticamente no signifique nada pero refleje la majestuosidad del gobernador al lado de una fila de trabajadores de rasgos indígenas, sonrientes; entretanto, una edecán con el culo operado les entrega unas Coca-Colas frías. Líquido vital en México, vital para los trabajadores y también para algunos reporteros que dicen: Pinche Gober, a nosotros ni agua. Estos reporteros no consideran que con el programa que creó el gobernador para hacer esta carretera esos trabajadores sonrientes, asoleados y recién hidratados se quedarán sin trabajo, y capaz si les tomo una foto dentro de unos meses ya no sonrían sino demuestren el resentimiento acumulado desde la ancestralidad, que a veces se agazapa, se pone la máscara absurda de otra cosa, hasta que uno de los hijos muere de inanición o deja de respirar súbitamente en la hamaca por falta de medicinas. No lo sé. El gobernador mira el culo como durazno transgénico y por su mente pasan videos pornográficos. Un hombre sodomiza con una fusta a una secretaría. Hombres eyaculan en una copa y una mujer lo bebe y él, durante esta escena en particular, se ve a sí mismo en tercera persona, de adolescente o adulto masturbándose frente al teclado. No se avergüenza. Esto solo lo sé yo. De cualquier modo el listón cae y palmadita en la espalda a los trabajadores. Subimos a la van. El cielo ha dejado de ser rojo. Se instala el sol de mediodía.

 

Mateo Peraza Villamil. (Mérida, Yucatán, 1995). Periodista y escritor. Ha  publicado artículos y cuentos en medios digitales. Actualmente trabaja en el portal de noticias Homozapping.

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