Noctem Diaboli

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La noche estaba por caer y la señora María olvidó comprar sus ramilletes de flor de muerto para hacer la cruz y colgarla sobre la puerta de su departamento para que, según la tradición católica, el diablo no entrara en su hogar. Gabriel, su hijo mayor, le dijo que eso era absurdo. –Si el Diablo se va a manifestar en la casa lo va a hacer, con o sin cruz en la puerta, el día que él así lo quiera.

La señora María ignoró el comentario de su hijo de veintitrés años, pero como ya era tarde tampoco compró la cruz. La noche se hacía presente. Lucio, el hijo menor, de dieciocho años, había salido a tomar con Anahí, de veinte; ambos padres de una pequeña de dos años de edad. La pareja salió junto con varios amigos de juerga durante unas horas.

Ya eran las once de la noche cuando la pareja regresó a casa, todo parecía estar bien. Gabriel estaba viendo Constantine en la televisión de la sala y la señora María estaba recostada en su cuarto. Lucio y Anahí se quedaron platicando en la pequeña zotehuela que estaba en seguida de la cocina. Un olor a tabaco invadió rápidamente el comedor y la sala al mismo tiempo que la plática de la pareja iba subiendo de tono.

-No empiecen, por favor, quiero ver mi película a gusto.

-No pasa nada, cuñado, tranquilo.

-Bueno, no quiero que empiecen a pelear.

Anahí dejó salir una ligera carcajada, de nervios, por éste último comentario, sabiendo que las discusiones con Lucio eran demasiado frecuentes.

Sin importar el comentario de su hermano, Lucio, en un notorio estado de ebriedad, comenzó a sufrir un ataque de ira respecto a ciertas actitudes pasadas de su compañera. La señora María se levantó de su cama al escuchar que su hijo menor comenzaba a levantarle la voz a Anahí, habló con ellos pidiéndoles que no comenzaran a discutir y les recordó el último altercado que tuvieron. Después de hablar con ellos regresó a su habitación para intentar dormir una vez más, debía levantarse temprano para ir a trabajar al día siguiente.

Pasados pocos minutos se escuchó el crujir de unos vidrios en la cocina, Lucio había golpeado y roto unos pequeños ventanales que permitían salir el humo del lugar. Gabriel se levantó por el sonido para ver qué había sucedido y vio a su hermano con el brazo izquierdo recargado sobre los pocos vidrios que colgaban, con el puño cerrado, ensangrentado y pequeños fragmentos de vidrio en él, bufaba de ira y, de pronto, con la mano que tenía libre, comenzó a golpear a la madre de su hija.

-¡Eres una puta, siempre es lo mismo contigo, siempre!

-¡Pero si no hice nada, Lucio, estuve todo el tiempo contigo en la fiesta!

-¡No me importa, otras veces has salido con tus chingaderas, ya estoy hasta la madre!

Los golpes cada vez se hacían más fuertes contra ella, a puño cerrado y en la cara, como si estuviese golpeando a un igual, mientras le maldecía con todo su ser.

La señora María se despertó por el ruido, temerosa de ver una escena desagradable. Gabriel intentaba contener a su pequeño hermano, que de pequeño sólo tenía la edad, pues su fuerza era impresionante. Lucio comenzó a patear todos los objetos de la casa, con el puño golpeó la puerta del horno de microondas hasta romperla, los platos y los azulejos de la pared de la cocina estaban destrozados en el piso; en la cara de Anahí ya se notaban los golpes justo en los pómulos y cerca del labio, ella lloraba mientras trataba de calmarlo. Lucio, cegado por la ira y el alcohol, no escuchaba razones, mientras seguía golpeando a quien se cruzara en su camino.

La señora María, que había estado un par de semanas antes internada en el hospital, debido a un problema de la columna, por lo que no podía mantenerse erguida, llegó a la escena que se estaba desarrollando en la sala del departamento y en un tono autoritario exigió a su hijo detener aquel acto de violencia en contra de Anahí. Lucio ignoró la orden como si su madre no estuviera presente. Sólo eran él y su pareja.

La señora María se plantó justo entre ellos, intentando detener la agresión de su hijo, mientras Gabriel jalaba con todas sus fuerzas a su hermano por la cintura logrando alejarlo unos instantes de Anahí. La señora María concentró la mirada en su nuera para ver qué tan graves lucían los golpes, cuando en ese instante Lucio arremetió contra ella propinándole un empujón por la espalda, provocando que su lesión vertebral volviera por unos instantes, y ella soltara un alarido de dolor.

-¡Qué te pasa! ¡Es tu madre, cabrón!

¿Cómo es posible que un hijo se atreva a ponerle si quiera una mano encima a su madre? Pensaba mientras giraba hacia ella para socorrerla.

En ese momento Lucio arrojó sobre su hermano un banco de plástico que se impactó en su espalda, rebotando como una pelota para después caer al suelo. Inmediatamente Gabriel se abalanzó sobre Lucio para intentar someterlo con una llave, que alguna vez vio en un videojuego de peleas callejeras, la cual fue de utilidad, y logró someter durante unos minutos a su hermano. Sólo el tiempo suficiente para que las mujeres salieran del departamento.

Entre tanto, Gabriel seguía forcejeando con Lucio. En cualquier momento éste se libraría de la llave y, anestesiado de ira, entablaría una violenta pelea con su hermano mayor, al menos eso pensaba Gabriel mientras usaba gran parte de su fuerza para contener a su hermanito, aquel que tanto quiere, pero que por primera vez en su vida le provocaba una sensación de odio por haber golpeado a quien les dio la vida hace ya más de una década.

Después de una ligera negociación entre hermanos, y un poco exhaustos, Lucio se calmó y pidió hablar con Anahí, que había abandonado el departamento junto a su suegra minutos antes. Gabriel se negó argumentando que ella no aceptaría hablar con él después de la paliza que le había propinado. Lucio, entre llantos y gritos desesperados, pidió a su hermano dejarlo a solas unos instantes.

-Si eso te va a ayudar para que te calmes, está bien.

Soltó a su hermano y abandonó el departamento que ya se encontraba en ruinas.

A unos metros del edificio se encontraba una jardinera, maltratada por el paso de las décadas, los niños y los más de veinte años sin mantenimiento, con basura por todos lados, con pedazos de botellas de alcohol alrededor, y las plantas, que alguna vez la adornaban, secas. Ahí se encontraba la madre de los jóvenes, de casi cincuenta años de edad, recargada en una esquina de la jardinera, con una mirada que destilaba tristeza, impotencia, decepción y enojo. En el otro extremo estaba Anahí, llorando con intensidad, repitiendo una y otra vez: ‘’Yo no hice nada’’. Gabriel encendió un cigarrillo de los pocos que quedaban en su cajetilla de Marlboro rojos, dio un par de caladas, exhaló y abrazó fuertemente a su madre, quien se soltó en llanto preguntándose en qué había fallado, cuál fue su error en la educación de su hijo, el menor, el pequeño al que ama tanto como al mayor. Mientras hablaban del asunto en la jardinera, se empezaron a escuchar platos que estaban siendo arrojados al suelo, gritos y patadas; ruido proveniente del departamento que habían dejado minutos antes.

Pocos instantes después, Albero, un vecino del cuarto piso, asomó su cabeza por la ventana preguntando a Gabriel si necesitaba ayuda. Él se negó con un gesto de agradecimiento, diciendo que no era necesaria su intervención. El vecino insistió una vez más, recibiendo la negativa nuevamente, para después ofrecer su ayuda si es que se necesitaba. Gabriel agradeció la oferta diciendo que, de ser así, lo haría. Alberto asintió con un leve cabeceo y se retiró de la ventana, cerrando ésta y apagando las luces de la sala para volver a su habitación.

La calle estaba siendo cubierta por una tranquilidad aterradora, Gabriel fumaba otro cigarrillo. El viento era frío como nunca antes en septiembre, una ligera llovizna se dejó caer sobre las tres personas que tenían la mirada perdida en esos momentos y que se encontraban en el condominio jacarandas, al pie del edificio 28 ‘’A’’. El teléfono celular de Gabriel recibió una llamada, era su hermano, un poco más tranquilo, pidiéndole que de favor subiera al departamento. Gabriel accedió, terminó la llamada, se acercó a su madre para informarle lo acontecido y se dispuso a subir para hablar con su hermano.

Ya arriba y dentro del pequeño departamento, Gabriel pudo observar los destrozos que había ocasionado su hermano, platos y azulejos rotos, la puerta de la recámara de Lucio tirada a patadas, el espejo sobre el lavamanos estrellado a golpes con sangre en él, las sillas dispersas en el suelo, y su pequeño hermano recostado en un sofá, llorando y respirando con aceleración, maldiciéndose a sí mismo. Con los nudillos llenos de sangre, un pequeño chipote en la parte superior de la cabeza tras haber estrellado uno de los azulejos con ella y varios pequeños puntos en el abdomen y en las costillas, provocados por él mismo con un tenedor. Gabriel se acuclilló a su lado para tranquilizarle, pasando su mano suavemente sobre su cabeza, como si estuviera arrullando a un bebé, limpiando las lágrimas de las mejillas de su hermano, hablándole sutilmente al oído y preguntándole si ya se encontraba más tranquilo. Lucio se soltó en llanto pidiendo disculpas y rogándole a Gabriel que terminara con ese dolor, implorando que terminara con su vida en ese preciso momento.

Gabriel se negó rotundamente pidiéndole que no dijera disparates, mientras veía todas las heridas que tenía en brazos, nudillos, costillas y abdomen. Le sugirió ir a la cama para que tratara de descansar, al día siguiente podrían hablar del asunto, aunque lo ya hecho no tenía remedio. Lucio le pidió una vez más que lo matara en ese instante, gritaba que no quería vivir, que todas las cosas malas que sucedían en la familia eran por su culpa. Gabriel afirmaba todo eso en su cabeza, y por unos instantes consideró el hecho de cumplir con la voluntad de su hermano, mismo pensamiento que fue automáticamente eliminado de su cabeza, no sería capaz de realizar tal acto, incluso si llevándolo a cabo las cosas en la familia mejoraran.

-No, estás idiota si crees que voy a hacer lo que me pides, anda vamos a recostarte.

-Por favor, hermanito, mátame.

-¡No!, no lo haré, ya cállate.

Gabriel tomó a su hermano de la mano izquierda y éste comenzó a quejarse de dolor, tenía los nudillos adoloridos por los golpes, hinchados y cubiertos de sangre casi seca; como pudo, Gabriel levantó a su hermano del sofá y lo llevó hasta su recámara, en donde Lucio le hizo la petición, una vez más, de acabar con su vida. Gabriel se negó de nuevo mientras veía detenidamente un cinturón en el piso y comenzó a imaginarse ahorcando a su hermano con él hasta que su deseo se cumpliera. Las cosas tomarían otro rumbo, los conflictos en la familia se acabarían, pero ahora la familia tendría a un asesino entre ellos y tendría que pagar. Independientemente si lo hiciera por el bienestar de la familia.

Tomó el cinturón con sus manos y lo enrolló hasta quedar con la gran hebilla en los nudillos, los deseos de golpearlo hasta el cansancio se hicieron presentes en su cabeza, una voz lo incitaba a hacerlo, mientras la razón lo detenía, recordándole que a quien tenía en frente era su sangre. Gabriel arrojó el cinturón fuera de la habitación y se dirigió hacia el lavamanos para humedecer un poco de papel sanitario y así poder limpiar las heridas que presentaba su hermano en el cuerpo.

Lucio seguía pidiendo perdón, quería hablar con su madre y con Anahí, llorando y cuestionándose el porqué de su comportamiento, diciendo que todo era culpa del alcohol y su carácter voluble. Después de haber limpiado a su hermano, Gabriel continuó desvistiéndolo para que así él pudiera dormir tranquilo, lo dejó recostado en la habitación y salió del departamento para encontrarse con su madre y su cuñada, informándoles de lo que había sucedido dentro de la habitación.

La señora María le comentó a su hijo que había realizado una llamada telefónica a José, padre de los jóvenes, para informarle sobre el incidente; quien, somnoliento y cansado por el trabajo, se ofreció a ir hasta la colonia en la que dejara de residir hacía ya cuatro años, para hablar con su hijo menor; pero la señora se negó, argumentando que él tenía que levantarse muy temprano por la mañana para así cumplir con su trabajo y no debía desvelarse a su edad. José aceptó resignado e impotente, pidiendo que se le informara cualquier cosa del asunto y colgó.

También la señora María le dijo a Gabriel que pensó en llamar al grupo de rehabilitación en el que estuviera internado Lucio unos meses atrás por sus adicciones. Gabriel, en una muestra de frialdad le preguntó por qué no lo hizo, a lo que después agregó que si su madre creía que era lo mejor para Lucio, lo hiciera. Ya más tranquilos, los tres subieron al departamento.

Lucio se perdió en el sueño. Gabriel, Anahí y la señora María se quedaron limpiando el desorden que el joven iracundo había ocasionado, se fueron a dormir ya un par de horas después de la media noche. Anahí en el cuarto que compartía con Lucio, haciéndole compañía, con el temor de un segundo ataque de ira; la señora María en su recámara, intranquila por la idea que rondaba en su cabeza de que aquellas escenas cobraran vida nuevamente.

Gabriel se quedó recostado en el sofá salpicado de sangre en el que se encontrara su hermano instantes anteriores. Sin sueño, pensando en qué había sido de su hermano menor, en dónde quedó aquél niño que tanto lo seguía en la infancia, comprendiendo que aquella madrugada del 28 de septiembre, tal vez, gracias a la falta de la cruz de flor de muerto en la puerta del departamento 203, el Diablo hizo presencia, manifestándose en un pequeño infierno dentro de su hogar.

Francisco Ramírez García (Cuernavaca, Morelos 1991). Formó parte del taller literario “Guateque de letras”, dirigido por su amigo y escritor Eduardo Oyervides. Ha participado en lecturas locales y en noviembre del 2016 fue aceptado a participar con su cuento “Noctem Diaboli” en el Congreso Interuniversitario de Estudios Literarios y Lingüísticos (CIELL) de la Universidad Auntónoma De Yucatán. Desde 2007 trabaja en un proyecto de música rap bajo el pseudónimo Doxer. Cuenta con un demo titulado Dos Mil Doxer, lanzado en el 2012 y trabaja en un material que llevará por nombre Catarsis. También es parte de Laboratorio Network, un grupo que crea contenido de humor para internet. Actualmente pausó sus estudios en la UAEM en el quinto semestre de la licenciatura en Letras Hispánicas para trabajar de tiempo completo tanto en su proyecto musical como en el proyecto para internet, y sigue escribiendo cuentos cortos.

Canal de Youtube: http://www.Youtube.com/Doxeriuz1

 

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