Cuatro Textos de Edgar Loredo

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ANTIFAZ

He hallado al reverso de esta edad

un rostro fugitivo que aún retiene la angustia.

Me resulta familiar:

parece habitar el desvelo.

Quisiera saber de qué pared surgió su rayo,

qué espejo arrojó su perfil,

cuya luz repentina cimbró esta máscara.

Tras cavilar por severas vías,

por andamios desiertos donde el polvo cierra mis pasos

y los arroja hasta una orilla incierta,

sobre la que deslizo preguntas hacia su nombre,

esperando al eco de su presencia,

donde sólo he logrado un guiño insignificante.

Mas ahora que somos prófugos

y el destino nuestra senda disloca,

cuyo destino el sendero disloca,

habremos de danzar en silencio

mientras las alas de los árboles se incendian

y la luna toca su borde infinito

al vaivén de una canción que habíamos olvidado.

 

 

URNA DESPROVISTA

 

No es arena sino cenizas

lo que mis dedos recogen

del metal y su despojo sin brillo,

férreo como eslabón,

oprimente como una celda vacía.

Se vuelve un frenesí la carne,

un abismo que nunca cesa,

arrebatándonos,

frágil como un índice

que se quiebra al señalarlo

y queda a merced del error,

sujeto al mandato de las manecillas:

alfileres del hambre.

Emerge de lo profundo

un ruiseñor que rasguña

el ámbito de la madera,

gutural desde las entrañas al viento,

cuyo retorno alado anuncia lo inerte,

el filo de la exhausta flecha.

Tras abandonar su curso

las horas caen sobre rendijas,

inútiles y con pesada cautela,

cuyo fulgor se desdibuja

conforme la ciudad corre sobre un blanco fondo.

Ante el soplo, los latidos enmudecen;

se desploma el pasado

y a tientas se acude a la memoria,

tras merodear en el polvo,

tras asomarse a la retina del cristal

y hallar lo yermo apuntando a lo próximo.

PARÉNTESIS

 

Cuando la ventana anticipa al cielo,

y de un salto se apropia del amanecer,

se forma un marco amarillo,

que lustra los días, suaves y puros,

sin resabios que alrededor empañen,

y cuelgan como aretes,

infinitos y aun cuadrados,

listos para correr por sus esquinas

como un juguete que repasa su origen,

su dorada época.

Habrá de colmarse el espacio de lo que tú imagines:

del azul regalo del acróbata,

del trapecio que abarca los asombros,

del cuerpo al batirse entre dos límites

o de la caída de tu aliento sobre la pista.

Habrá de agotarse luego el espacio;

las salidas al fin habrán de retirarse,

se alejarán los contornos en negra espiral,

para dejar sólo un páramo de voces,

cuyo llamado nos aturdirá como campana sin vuelo,

rota y lúgubre

que dará vueltas sobre su blanda punta

hasta borrar al hombre del próximo designio.

Luego será el caos el sillón mullido donde aguardes.

Así que deja la asfixia por un momento

y ensancha los brazos hasta abarcar la vida,

porque se aproxima la tormenta de espadas rutilantes,

y han de brotar, enmarañados, tus jardines

para robar las encías de la tierra.

Habrás entonces de colmarte de un musgo

más pesado que cualquier lápida,

mortaja húmeda, a ras del mundo.

 

 

 

 

ESTUARIO

 

Sin el vacío la pluma posterga su caída,

cede su peso ante el derrumbe;

Lanzo un puño de lodo,

mazo del vértigo y sus trampas,

y hago sonar los negros círculos del abismo

como grilletes inevitables que aguardan el asalto.

Cuando el chopo hunde sus venas en el pantano

emergen los secretos prófugos de la memoria,

cuyas sogas empapan mis lánguidos talones,

los agrietan y hunden en una pútrida balsa:

espuma de lo infame, rabia de la mano ejecutora.

Al evaporarse las luciérnagas sobre el fango

como reflejo de luna,

supero de las huellas su espacio,

para luego volver al reino de lo insípido,

ocultándome detrás de cada herida,

en los rumbos inhóspitos del pasado,

insepulto, náufrago de sol,

sosteniéndome por error de una amarga copa,

confundido entre raíces inhabitables.

El caudal del río se ha roto,

corre sobre sí mismo, aspa turbia,

cuyo desenlace jamás ha de cumplirse.

Un vapor subterráneo colma los vértices,

Un sudor subterráneo comienza a colmar estas orillas,

sobre la espesura del vado crecen húmedas larvas,

coágulos mundanos que chirrían como bisagras

y arrojan su verde lengua hacia algún pez.

Flojo entre las coyunturas,

surge un paisaje incompleto, doblado como un paraguas,

y en la carrera flemática se formula lo terrible:

la saliva que abandono en el charco

(de óptica hueca y agrio vapor)

se sabe que afina la melodía del salitre,

dejándome atrapado en un remolino brumoso,

similar a la catástrofe.

Edgar Loredo (Ciudad de México, 1988), autor del poemario Cardinal (2015). Cuentista en ciernes. Corrector de estilo ocasional en algunas editoriales mexicanas.

Redes sociales: https://twitter.com/edgarloredo88; https://www.sotanopanoramico.wordpress.com

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