Vida, de Elías Hernández

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Vida

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        Imagínate poder ofrecer un producto que sí calme el dolor espiritual del consumidor. Un producto que instale tranquilidad en los simulacros de conversación actuales y los expanda hasta fronteras desconocidas. Imagina traducir el lenguaje binario en realidades sensoriales capaces de transformar la percepción humana. Imagínate encontrar la forma de reparar la muerte y ponerle código de barras.

                  Yo lo hice.

                Fue una idea que rasgó en miles de micropartículas el concepto de lo efímero, de la desintegración biológica que impide el scrolling permanente de la vida. Exploré por primera vez nuevas dimensiones monetarias de la muerte. Logré que todos los nuevos nómadas invirtieran el doble de su tiempo y dinero, antes destinado a funerales en viajar, cultivarse y seguir buscando la felicidad. Básicamente reactivé un decadente modelo de mercado y no sabes cuántos dueños de corporativos quisieron bajarme los pantalones al ver sus ganancias triplicadas.

       Para desarrollar este proyecto necesitaba aventurarme al paraíso de los profesionales emergentes: el fértil suelo de las universidades privadas, ávidas de vanguardismo laboral. Pasé de largo por los desiertos alejados de la mano del Dioscompetencia (las facultades de artes, sociales y humanidades). Ignoré las bocas sedientas y hambrientas de los últimos que mamaban de la ya chupada ubre de las becas de los Centros de Investigación y el presupuesto de Cultura. Me dirigí al futuro: “Fulanito de tal, community mánager”, rezaban los currículums que construían una mancha urbana llena de rascacielos en mi escritorio.  

            Creé una fanpage en la red social de Zuckerberg. La signifiqué con las aspiraciones accesorias de nuestro tiempo: #amor, solidari-like, meme-familia, en fin, esos sentimientos que unen a las ciber-masas. Implantamos la idea de que estirar la vida de un ser querido puede traer sosiego a nuestras conciencias y al mismo tiempo permitir que el mecanismo social gire apaciblemente, sin contratiempo. Después comenzamos un bombardeo nuclear, que se unió a otros bombardeos nucleares, sobre la protección de la vida, la posibilidad de renacer todos los días y otros nuevos valores empresariales. Rápidamente nos inmiscuimos en la líquida atención de la gente. Cuando tuvimos el impacto suficiente colgamos el siguiente post en nuestro muro:

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          Los mensajes tomaron forma de un chorro incontrolable que se filtraba por nuestras bandejas de entrada. Gente preguntando si era una broma. Gente demandando que no jugáramos con las sensibilidades. Gente imperando que hay que tener respeto a la muerte y a Dios. Misma gente que terminaba sus mensajes suplicando que en caso de ser cierto, les dijéramos cuánto costaba y qué ofrecía el servicio. Apenas mandábamos la lista de nuestros paquetes recibíamos respuesta diciendo que nos contrataban.

              Te explico el funcionamiento de los procesos del renacer. Supongamos que se te muere alguien, o ya estaba enterrado, nos llamas y por una cuota inicial y otra mensual, que es la que mantendrá a tu muertito con vida, comenzamos un ejercicio de arqueología cibernética. Deconstruimos su ciberdiégesis: su comportamiento, sus gustos, pasatiempos, hábitos de consumo, expresión escrita, opiniones políticas, es decir, la forma de personalizar su realidad.

           Cada equipo de especialistas tiene a su cargo cierto número de muertitos y sus perfiles. Después se procede a insertarlos de nuevo en el mundo: publicaciones, fotos, canciones, unión a páginas, todo lo que implica vivir actualmente, traerlo de vuelta a la interacción digital. También manejamos un paquete en el cual puedes modificar a tu difuntito y hacerlo más culto, guapo, menos pedante, interesante, etcétera. Todo aquello que lo haga un poquito más amado para nuestros clientes y mucho más rentable para nosotros, porque, te contaré un secreto, tenemos una segunda fuente de ingresos. Podría decirse que cobramos una comisión por derecho de piso a cualquier empresa que quiera utilizar a nuestros zombies cibernéticos, o Zúckensteins (de cariño), como contenedores simbólicos de los valores que su marca pretende compartir con los vivos. Algo así como hacerlos héroes publicitarios de la buena vida y el placer.

          Cuando hacemos esto tratamos de no realizar modificaciones de contenido muy notorias; tampoco cuando el muertín es reciente, para no incomodar a los familiares y amigos y así preservar la memoria de sus exploradores. Diseñamos los cambios cuando el adelantado tiene tiempo de haberse ido, entonces la familia y amigos comienzan a atribuir estos cambios a cuestiones biológicas y de la mente, como si realmente estuvieran vivos. No me creas si no quieres. Realmente tuvimos mucho miedo al mutismo de la muerte.

          He de decirte que la demanda del producto se intensificó velozmente por todo el mundo y sentimos que se nos salía de las manos. Fue una crisis castigadora en todos los sentidos. No tenía las herramientas para andar reviviendo muertos en otras lenguas ni para manufacturar y procesar otras culturas. Lo quisimos improvisar y el resultado fue crucificar a Buda y afirmar que los americanos eran Fidel- ity to demochavezy. Un desastre. Tuve que hacer un plan al vapor de expansión, abrir oficinas, capacitar equipos de trabajo, seleccionar jefes de área, viajes interminables y otras mil incomodidades. Pero logré que la semillita germinara y creciera y creciera hasta convertirse en un frondoso árbol universal de la inmortalidad y todos comimos de los frutos de la supresión del arrepentimiento post viaje al purgatorio de los nuestros. Le arranqué el poder al tiempo y lo almacenamos en nuestras nubes de bits.

            Tener este poder me asignó el rol de agente preservador de la cordura colectiva y eso te lo digo porque algunos personajes ilustres de la política de around the world lo afirmaron. Llegaron a mi oficina y lo primero que dijeron es que la eficiencia curativa del producto traspasa fronteras. Quedaron maravillados por una fabulosa intervención hace algunos años en la que logré aparecer a cuarenta y tres tipos bastante famosos, casi icónicos (no sé por qué), que ya habían dado por perdidos.

            “Contribuiste a la edificación de un país más unido y listo más que nunca para el progreso”, dijeron. Aún recuerdo esa ceremonia bien pomposa donde me dieron un diploma y una buena remuneración. Desde entonces trabajamos juntos, los gobiernos y la empresa, en pro de la justicia y el bienestar de las naciones. A lado de ese primer diploma también tengo otros que me declaran ECR (Empresa Culturalmente Responsable) en un montón de idiomas, donde reconocen y premian mi colaboración en la construcción de un lugar más justo para vivir.

              Te imaginarás la sorpresa cuando desfilaron por mis tapetes los líderes religiosos más importantes. No tardaron en increparme lo vacíos que habían quedado sus espacios dedicados al culto. Un poco arrepentido les pasé el tip de que en países con alto grado de pobreza del money aún quedaba riqueza de la espiritualidad porque no podían pagar la vida eterna; también les sugerí flexibilidad dogmática, que movieran tantito las cosas, que ésta es la era del cambio. Eso los convenció.

       Por fin llegó la revolución religiosa, la que muchos habían soñado. Nuevas interpretaciones oficiales señalaban que todos nuestros íconos religiosos usaron ardides de conducción de masas en sus discursos para llevarnos a la verdad de la derrota de la muerte, sea la resurrección, la reencarnación, la trascendencia, nunca hubo realmente un manual de la moral y la ética, sólo fueron sobre-interpretaciones de generaciones tristes ávidas de encontrar un camino. Ahora que lo hemos hallado y podemos re-leer con otros ojos, los ojos de la paz, el amor y la felicidad, afirmamos que la única verdad, la única enseñanza, es la realidad de la inmortalidad terrenal. Esa es la gran verdad de la palabra y, al contrario de esas épocas oscuras, estamos invitados al banquete.

          Todos asistimos a la contemplación del nacimiento de un nuevo primer mundo y para poder pertenecer a él había que ser capaz de liminar la ausencia. Si tienes ausentes es porque estás muy hundido en el fango de la pobreza, muy hundido en la escala de tu autovaloración como ser humano. Se hunden porque la ausencia pesa y porque quieren. Se hunden porque son el lastre del futuro, porque existe una solución que está ahí para todos y nomás no la quieren tomar. No quieren ahorrar, no quieren hacer sacrificios, no quieren ser parte del sueño y el júbilo. Y eso es problema suyo, de nadie más, aunque se empeñen en echarnos la culpa. Sin embargo, considero esto una ventaja porque entonces sólo los más aptos podemos ser inmortales. Aquella pendejada de que la muerte nos hace iguales se acabó. Es como un nuevo enfoque de la selección natural.

          ¿Cómo quieres que ignore la soberbia si yo mejoré los andamios de la estructura que bailoteaban desnutridos y apilados sin sentido? De un momento a otro la time-line se convirtió en la bodega del devenir histórico de nuestra era. Todo nuestro legado como seres históricos se encerró en una página de inicio infinita, contenedora de toda la sabiduría del ser humano. Fue entonces, en ese instante de luz, cuando comencé a preguntarme: ¿Es necesario el cuerpo físico vulnerable a la mutilación y al dolor? ¿Podríamos de verdad contenernos en un espacio vacío de inmortalidad donde el tiempo por fin se revele como convención ilusoria? En este contendedor quedaría impreso todo nuestro interior, todo lo que nunca pudo ser plasmado en la realidad de forma dinámica, no como en los libros estáticos, sino con la capacidad de regenerarnos todos los días y seguir viviendo independientes al cuerpo. Esa era la inmortalidad que prometíamos. Nuestros cuerpos son inútiles cuando tenemos al alcance el poder de manifestarnos en una materia ajena a la vejez de la tierra, donde nuestra preocupación por manejar nuestra existencia desaparecería para siempre.

            ¿Sientes cómo las fronteras desaparecen? Hoy existe un lugar más armónico que aprendió de sus errores. Las conclusiones de mis reflexiones sobre la inmortalidad y la dinámica abrieron al sector ltimundista las puertas del trabajo, la dignidad y la oportunidad de ser los dirigentes del mundo de la realidad material. Era la oportunidad que ninguna revuelta social había logrado, era el cambio que nunca había visto la humanidad. La lealtad del consumidor ejemplar se iba a ver recompensada con mi siguiente paso. Publiqué un vídeo en YouTube en el que exponía todas mis reflexiones e invitaba a todos aquellos que habían colaborado en la construcción de una cultura sin ausencia a atrevernos a ser verdaderamente inmortales. Anexo a esto estaba el hipervínculo que te dirigía a una página de pre-registro y las instrucciones para transformar tus billetes en bit coins: dinero que sería indispensable para comprar el derecho de traspaso y la posterior manutención en el mundo sin ausencia. En paralelo se sumaba el definitivo escalón en la escala evolutiva campesino-obrero-trabajador: técnico de la vida inmaterial. En un proceso que duró más de cinco años, todos los que se quedaron fueron capacitados para sustituirnos.

             Entonces nos fuimos, dejamos los cuerpos atrás en un acto de comunión y éxtasis. Las filas eran inmensas: bebés, niños, jóvenes, adultos y viejos se reunieron afuera de nuestras oficinas por todo el planeta. Todos los que pudieron asegurarse el derecho del traspaso estaban ahí. Había un ambiente de alegría. Comimos y bebimos por última vez, todos vestíamos de colores vivos y a la primera oportunidad nos felicitábamos con un efusivo abrazo.

        El desarrollo del portal que nos transportaría fuera de lo efímero fue sencillo. Rápidamente, gracias a la experiencia obtenida con el tiempo, encontramos el punto exacto donde colocar los cables. El trámite consistía en:

1.- Deglutir la pastilla de la tranquilidad.

2.- Acostarse en la camilla confortable.

3.- Cerrar los ojos.

4.- Recibir la descarga eléctrica que apagaba todo al mismo tiempo.

5.- Desechar el cuerpo por la compuerta.

6.- Abrirse al nuevo mundo.

            Pedí ser el último en ser trasladado. Antes de recostarme miré por la ventana y por un instante sentí que extrañaría la materia: echaría de menos el mal sabor de mi boca por las mañanas, echaría de menos el tacto sobre las otras pieles y mi piel. Di unas últimas instrucciones generales a los quedados a través de una cámara que me proyectó por todos mis antiguos edificios. Decidí llevarme el dolor conmigo en el momento que la electricidad quemaba pulmones, corazón y sangre.

Y así es que existes.

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            Lejos de la podredumbre de la carne.

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            En la mente de alguien más que ha aprendido a pensar como tú.

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            Serás trasmitido a través del tiempo como conocimiento, idea, símbolo, código binario que se reinventa y eso nunca muere.

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Hasta mañana.

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Elías Manuel Hernández Escalante. Monterrey, Nuevo León 1993. Estudiante de literatura latinoamericana, octavo semestre (Universidad Autónoma de Yucatán). Coordinador del colectivo de difusión literaria “Crisálida”. Tallerista de difusión literaria en instituciones educativas, privadas y públicas, e instituciones gubernamentales, así como en la Feria Internacional de la Lectura Yucatán.Ganador del primer concurso estatal de cuento “De regreso a Gutenberg” convocado por el colectivo “Tira hule” (2012). Ganador del concurso estatal de cuento “Espíritu de la letra” convocado por SEDECULTA (2015). Ganador del segundo lugar en el concurso de cuento universitario convocado por la Facultad de Ciencias Antropológicas (2012). Publicado en la plaquette “Lytera Gangnam Style” (2012). Publicado en la plaquette “Poetas y narradores en la academia” Facultad de Ciencias Antropológicas (2012 y 2013). Publicado en la antología “Por la señal del alba” (2015) de la editorial “Poemínima”. Mención honorífica en el I concurso de cuento y poesía, convocado por el grupo Megamedia.

 

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