Sobre “La ciudad”, de Mario Levrero

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I

            Llegué finalmente a Mario Levrero después de Xalapa. Podría decir, más bien, que Xalapa me echó en la cara al uruguayo. Compartí cuarto con un compañero de la facultad que durante buena parte de nuestra estancia no se despegó de su celular. Constantemente le escuchaba murmurar o susurrar cosas: cuando yo estaba viendo la televisión, o cuando intentaba leer, o cuando me movía simplemente por el cuarto, le escuchaba susurrar con su celular frente a él.

            —Estoy leyendo a Mario Levrero- me dijo cuando le pregunté qué estaba leyendo o qué hacía que no dejaba de murmurar.

            La novela luminosa, me dijo luego. Era la segunda vez este año que la referencia llegaba a mí. No solo Levrero, sino también ese libro, La novela luminosa. Debo decir que mis prejuicios me llevaron a no acercarme a Levrero con ese texto: en primer lugar, porque era la segunda persona que me hablaba sobre él; en segundo, porque es un texto póstumo, y los textos póstumos. . . bueno, ya sabemos qué con los textos póstumos: no es que dude del autor, es que dudo hasta dónde puede llegar el editor para hacernos creer que esa fue la opera prima de tal o cual autor: no me gusta creer que la pluma del editor tuvo que ver más que la del propio autor en su obra. Así que la reservé para después.

II

            Gastón García, en una reseña que habla precisamente sobre La novela luminosa, menciona esa tierra rara que ha sido Uruguay para las letras: las extravagantes líneas de Felisberto Hernández, que encuentran la satisfacción en medio de esa extrañeza; o bien, Juan Carlos Onetti y su extraña amargura; o bien Eduardo Galeano, del que basta recordar Días y noches de amor y de guerra, para entender cómo los límites entre ficción y no-ficción se han ido difuminando; o bien, el mismo Mario Levrero que, entre otras cosas, comparte esta última característica con el autor de El fútbol a sol y sombra. Aunque, más bien, esta adjetivación que acabo de realizar es más bien un limitante. Más bien, el lector debería decidir con qué calificativo enmarcar a esta serie de escritores uruguayos.

            A partir de aquí, y hasta que se indique lo contrario, me atrevo a hablar de mi experiencia en la academia literaria durante mi estancia en la universidad. Salvo algunas excepciones, es cierto también que los uruguayos se han quedado en el olvido, como por fuera del canon, quizá por su extrañeza. Y cuando han estado ahí, ha sido siempre desde la periferia: si se habla del primer tercio de siglo en la literatura latinoamericana –y más bien en la literatura en general– se tiende a excluir todo lo que no sea una vanguardia: en esta etapa temporal tenemos a grandes maestros como lo son Horacio Quiroga y el mismo Felisberto Hernández, que llevó sus textos a las fronteras más cercanas entre eso que llamamos poesía y narrativa; por el otro lado, tenemos a Quiroga, que se estudia igual bajo las etiquetas de literatura fantástica, o bien bajo la etiqueta de literatura uruguaya (¿qué es ser uruguayo, qué son los nacionalismos?), o bien, bajo cualquier otra que se adapte a alguna de sus múltiples facetas. Más adelante, ubicándonos temporalmente en el boom, se tiende a pensar más bien en las figuras centrales de este gran fenómeno literario y editorial: se apunta en diferentes direcciones que básicamente son las mismas: 1) Gabriel García Márquez y su gran obra; 2) Mario Vargas Llosa, con sus descarnados retratos del Perú y Latinoamérica y 3) Carlos Fuentes y el reflejo de un país que, aún ahora, continúa cayéndose a pedazos. En la periferia de este centro se encuentran autores de la talla de Juan Carlos Onetti, otro uruguayo que permanece, cómo no, en las sombras: es necesario acercarse a este peligroso autor por otros medios más allá de los oficiales. De Mario Levrero no tuve una sola palabra que viniera de mis profesores: ni de Levrero, ni de Galeano; a Quiroga lo estudié gracias a una materia optativa en donde bien podría estar acompañado por Felisberto Hernández (de quien tampoco escuché una palabra por parte de mis profesores).

            Fin del breve comunicado de mi experiencia universitaria al respecto de la gran deuda que se tiene con la literatura uruguaya.

III

            A Mario Levrero (Montevideo, 1940- Íbid, 2004) hay que acercársele por otros medios, quizá como a él mismo le hubiera gustado. Autor oculto, del que es muy difícil salir indemne de cualquiera de sus lecturas, siguió el consejo de Orwell –a sabiendas o no, eso no importa– que dicta que hay que publicar por primera vez bajo seudónimo, para tener más oportunidades de fracasar y volver a renacer. Por qué lo hizo, muy probablemente solo él conozca los verdaderos motivos. Levrero encontró esta máscara, su propia máscara dentro de su propia identidad: Jorge Mario Varlotta Levrero publicó en 1970 una novela que llevaba por título La ciudad, recientemente editada nuevamente por DeBolsillo. Lo hizo arropándose en su segundo nombre y en su apellido materno. Después, ya no pudo deshacerse de este disfraz y más bien parece que decidió abrazarlo (y dejarse abrasar) con todas sus fuerzas. Con el paso del tiempo, esta novela –La ciudad– conformaría la primera parte de La trilogía involuntaria, que se compone por París (1980) y El lugar (1982). La obra de Levrero es bastante prolífica, tal como lo fue su propia vida. Bien dice por ahí Juan Villoro que todo lo que no es autobiográfico es plagio.

            La novela es desconcertante desde el inicio, en el que aparece un epígrafe de Franz Kafka: en él, se hace alusión a una ciudad que se ve a lo lejos, o más bien, “unos contornos imprecisos en la niebla”, la ciudad a la que se refiere uno de los dos personajes kafkianos. Dicen por ahí que los epígrafes son un equivalente a las huellas que han marcado al autor: en este caso, el epígrafe indica de una manera excepcional lo que ha de ser la novela. La ciudad comienza con el personaje principal –del que no se nos indica el nombre, así como tampoco la ubicación de la casa ni el nombre de ningún lugar– llegando a una casa prestada, misma que se encuentra completamente en penumbras. Fuera, llueve. El personaje sale de casa, en busca de provisiones; la noche se apropia poco a poco del lugar y deja todo en penumbras, lo vuelve todo contornos imprecisos bajo la lluvia. El personaje se pierde buscando el almacén al que ha de ir a abastecerse de mercancías. En medio de la noche, se encuentra con un camión que le da aventón. Ya dentro del vehículo, se comienza a percibir de manera constante y sonante la influencia kafkiana sobre la voz narrativa: el personaje sabe que dentro del vehículo hay dos personas más, pero los rostros no pueden ser identificados en ese momento. Es en este trayecto, mientras llueve sobre la ciudad, mientras la lluvia lava al personaje y a su contexto, cuando comienzan a ocurrir los primeros desfases dentro de la novela: el personaje principal se duerme toda la noche y luego es abandonado por el conductor junto a su compañera de viaje: los obliga a bajar de mala manera en la mitad de la nada, aún cuando la voz narrativa creía que la mujer era pareja del chofer del camión.

            Juntos llegan a una especie de asentamiento humano que, según la misma descripción del personaje, “no llegaba a ser un pueblo”, aunque tampoco hay una forma clara de referirse a él: casas viejas, agrupadas de manera que parece al azar, letreros y negocios que parecen fuera de lugar para una población tan pequeña. Los espacios temporales y espaciales comienzan a distorsionarse y a languidecer, muchas veces, dentro de la diégesis. Con esto, las influencias kafkianas afloran nuevamente y llegan a puntos bastante álgidos, como cuando uno de los personajes de la novela, Giménez, le aclara al principal que es imposible fumar en la estación de nafta del pueblo, porque lo prohíbe la Empresa –de la que se sabe poco o nada durante la novela. Los personajes, todos los personajes del pueblo, parecen estar sometidos a esta empresa, pero eso es algo que, claramente, el lector tendrá que deducir de acuerdo a su lectura del texto.

            La novela es un andar continuo, Levrero nos lleva de la mano junto a su personaje principal, nos hace caminar con él los caminos que tiene que andar; de igual forma, hace que el lector acompañe en la incertidumbre de la oscuridad a la voz narrativa, cuando es necesario. La ciudad es un trayecto, un trayecto que alcanza el punto máximo del tributo a Kafka no es el epígrafe, así como tampoco lo es esa referencia a la Empresa, a la similitud de algunos contextos con El proceso. No. El gran mérito de La ciudad, el gran mérito de Mario Levrero, es volver una novela tan breve un símil de la obra de Kafka: La ciudad, en sus múltiples interpretaciones, es una novela inacabable.

Adrián Caamal (Tizimín, Yucatán, 1992). Ha participado en varios talleres literarios. Escribe narrativa y poesía.

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