No hay muerte digna

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Firmé los papeles de recibido por mi nuevo refrigerador, firmé el pago de la mensualidad de mi casa, y antes de irme al trabajo firmé otro papel para autorizar la muerte de mi gato. Pagué con tarjeta de débito el servicio de cremación y elegí una bolsa ecológica para depositar sus cenizas. Sobre el escritorio de la recepcionista había una caja de pizza Little Ceasars que usé como soporte y una botella de Coca Cola. Era la hora de la comida. El veterinario tenía una cara de tristeza ensayada y me dio la mano.

En la sala de espera había dos señoras con sus perritos saludables que jugaban como hermanos y se olían las colas. Tuve que disculparme con ellas porque no tenía tiempo de volver más tarde. Él tenía una manguera por la que corría su sangre envenenada, estaba diluyendo los residuos de sus órganos destruidos. La verdad es que nunca fue muy cariñoso pero ese día me miró a los ojos (nos burlábamos de él siempre porque no miraba a los ojos). Tenía siempre una cara distraída y un maullido que parecía regañarnos por la mañana. Lo acaricié como quien acaricia a un recién nacido y alzó la cabeza para verme fijamente durante unos segundos, se restregó en mi mano y trató de estirarse torpemente.

Un día antes lo había encontrado en el suelo del baño junto a un líquido espeso color amarillo. No se movía pero estaba despierto. Saúl y yo pensamos que estaba mal del estómago y acordamos llevarlo al veterinario la semana entrante, cuando no estuviéramos tan atareados. Ese mismo día en la madrugada nos dimos cuenta que él también tenía prisa.

Tratamos de consolarnos pensando que había comido una oruga, o que en su estupidez característica había atrapado a un ratón envenenado. Pero no. El doctor fue muy claro: había sido envenenado a propósito e ingerido una cantidad muy grande. Cuando lo llevamos estaba envuelto en su propio vómito y apestaba a orina.

Fui al súper con los ojos llorosos, hinchados como nueces. La gente me miraba con ternura y preocupación, yo les devolvía un gesto de rencor y una cara que intentaba decir que alguien mató a mi gato. Y no puedo evitar pensar cuántos de nosotros merecíamos más la muerte. No puedo evitar pensar que su cuerpo largucho, su mirada tibia y vacía, su maullido gruñón hubiera perturbado tanto la vida de alguien hasta decidir matarlo.

Que si sospecho de alguien, me preguntan. Algún vecino, un hombre o una mujer que no soporte a los animales. Pero yo creo que para matar sólo se necesita poder hacerlo, y me imagino que antes que él habría tantos otros seres libres que suprimir para quien lo hizo. Pero él era fácil y hasta un poco tonto.

Mañana después de mi primer turno, un poco antes del seminario, entre las 3 y las 5 de la tarde pasaré por él, acunado en una bolsita de polvo. Y luego volveré al trabajo.

Anita Joker (????)

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