Al otro lado de la línea

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Se lo dijeron muchas veces, una tras otra. La primera en hacerlo fue la abuela, luego su madre, después sus hermanos seguidos de su padre y al final todo el pueblo; ella preguntó, quiso saber, necesitaba saber, ¿por qué? La única respuesta que obtuvo fue una mirada furiosa y una orden, no te asomes ahí.

El pueblo donde vivían era pequeño, uno de esos ranchitos de la periferia de los estados, con las calles de terracería y sus casitas de adobe; lo más bonito era lo verde que era todo, ella estaba segura de que esa vegetación se debía a que había un río cerca, pero lo más probable es que estuviera del otro lado, allá donde ella no debía asomarse.

Volvió a insistir. Se lo preguntó a su abuela cuando estuvieron solas en la cocina. La olla humeaba en el fuego llenando todo de un vapor blanco, olía a pollo, la vieja había estado desplumando unas gallinas y ella se había ofrecido a limpiar, todo con tal de estar a solas con su nana.

—Abu, ¿qué hay del otro lado?

—No debes andar preguntando eso— le respondió de mala gana, mientras meneaba el caldo.

—Es que nunca se oye nada, siempre parece estar en silencio, además esta oscuro todo el tiempo, es acaso que no existe el sol o la luz allá, ¿cómo puede estar todo tan quieto?

Con malos modos la abuela tomo a Matilde del brazo y salieron juntas de la cocina, avanzaron hasta el corral y se detuvieron en la pocilga que era la parte más alejada de la casa.

—Escucha niña, lo que te diré no debes mencionárselo a nadie y ya no quiero que hagas más preguntas, las mocosas que meten la nariz donde no deben acaban mal, grábate eso, Matilde— la voz de la abuela dejaba ver el reproche de las últimas palabras, las escupió y estas parecieron llegar al rostro de la niña, para recriminarle que estaba haciendo algo incorrecto, prohibido y de mal gusto.

Matilde guardo silencio, no quería interrumpir a la vieja y que de pronto cambiara de parecer.

—Desde hace mucho tiempo— continuo bajando la voz —que nadie se ha asomado ahí, cuando yo era chamaca, mi abuelo me contó que ese lugar estaba maldito y nadie sabía lo que se ocultaba ahí, a él también le habían dicho que no se asomará— terminó de hablar con los ojos fijos en la niña, como esperando a que Matilde abriera los labios y las preguntas brotaran de ellos como cascadas.

—Entonces, eso es todo, ¿Nadie sabe lo que está detrás de toda esa oscuridad?

La abuela la miro de arriba a abajo mientras torcía la boca en una mueca de disgusto, le puso un balde de desperdicios en las manos y no dijo una palabra más, comenzó a caminar dejando sola a la niña para que alimentara a los cerdos.

Pasaron semanas después de eso y Matilde pudo notar que en el pueblo pasaban cosas raras, cada jueves desaparecían al menos 2 gallinas de algún corral, los lunes y miércoles los gatos no maullaban después de las 6 de la tarde, los domingos (mientras la gente estaba en misa, ella iba a al borde de la línea que dividía su rancho de la oscuridad) eran los únicos días que se escuchada algún ruido, algo parecido a un jadeo que se prolongaba por segundos interminables, llenándolo todo, incluso parecía resonar en las tinieblas.

A pesar de su curiosidad, ya no volvió a preguntar, se mantuvo callada aun cuando las preguntas amenazaban con emerger de su boca como un torrente y golpear a la primera persona que estuviera cerca, se limitaba a escuchar las conversaciones de los adultos con el fin de encontrar alguna alusión al misterio que la atormentaba pero ellos no hablaban del tema, empezó a estudiar a los niños del pueblo para ver si a alguno se le escapaba un pequeño detalle que ella no hubiera notado, mas eso tampoco pasó, nadie en el rancho mencionaba el tema, era como si todos tuvieran un acuerdo implícito para ignorar las extrañas cosas que pasaban a su alrededor.

Fue un domingo, a las 7 de la tarde, cuando lo vio; ella estaba ahí, sentada a unos poco metros de la línea, sabía que el ruido no tardaría en escucharse y estaba preparada para cruzar esa oscuridad en cuanto lo oyera. Lo había meditado mucho, pensando en qué hacer y cómo hacerlo para al final llegar a la conclusión de que la única manera de obtener respuestas era adentrarse en las tinieblas; traía los cerillos que había robado de la cocina y una veladora de San Juditas que había tomado del altar de la iglesia, un pedazo de pan y su estampita de la Virgen, todo bien acomodado en su morral de ixtleç En esta ocasión el ruido estaba demorándose mucho en aparecer y su familia pronto saldría de misa, sin más remedio se levantó y entonces el jadeo le paralizó los pies, las rodillas le temblaron, le sudaban las manos, era tan diferente a los anteriores, más profundo y gutural casi podría ser un gruñido, fue cuando pasó, a ese extraño sonido le siguieron otros y de pronto decenas de pares de ojos blancos iluminaron aquella negrura, Matilde no podía moverse o gritar, su vista estaba clavada en esos ojos, brillantes, cegadores, casi humanos, pero así como aparecieron también se marcharon, la niña metió una mano el morral y apretó la estampita de la Virgen, cuando sus dedos se cerraron en torno al papel echó a correr a su casa.

La necesidad de comentarle a alguien lo ocurrido le picaba la lengua, pero sabía que no podía mencionárselo a nadie, tenía bien escondido el morral, después de ver esos ojos su curiosidad se había disparado, quería volver y descubrir que se ocultaba ahí. El siguiente domingo lo intentó, pero su madre la había arrastrado a misa, al otro domingo quiso escabullirse, pero la vieja la puso a despellejar unas liebres, la semana siguiente tuvo que ir a vender leche al rancho vecino. En ese tiempo notó que las cosas extrañas parecían multiplicarse, las gallinas desaparecían también los martes, los gatos ya no salían de noche y Matilde podría afirmar que en varias ocasiones escuchó aquel sonido rondando por las calles.

Al fin logró escapar y ahora a unos pasos de la línea, empezó a dudar de sus convicciones, metió las manos al morral para sacar los cerillos y la veladora, su pulso se sacudió al encender la mecha y estuvo a punto de dar media vuelta para marcharse cuando vio unos dientes resplandecer en la oscuridad, se acercó otro poco y los examinó.

—¿Qué eres?— preguntó con un susurro, por toda respuesta aquella dentadura desapareció.

Matilde se armó de valor y agarró con fuerza la veladora, se encomendó a la Virgen y a San Judas, alzó la mano hasta quedar a unos centímetros de la oscuridad, un paso más y sus dedos rozaron la negrura, sus miedos cobraron vida al sentir que su extremidad era jalada con fuerza y quiso gritar cuando algo se clavó en el antebrazo, la veladora se resbaló de su agarre, el grito murió en su garganta y cuando la oscuridad empezó a devorarla las palabras de su abuela le reventaron los oídos “las mocosas que meten la nariz donde no deben acaban mal”.

Andrea Jiménez Montalvo (Zacatecas, Zac. 1994) estudiante de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) en la Licenciatura en Letras, escribe narrativa y en su tiempo de ocio se dedica a la pintura y a la narración oral, más lo segundo que lo primero.

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