El ego de las hormigas y otros cuentos

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El ego de las hormigas

El hombre ha envidiado la capacidad de los pájaros desde tiempos inmemoriales. Ellos vuelan, nosotros creamos civilizaciones; ellos caen en picada desde lo innombrable, nosotros edificamos ciudades; ellos rozan las rebabas del cielo, nosotros descubrimos el átomo; ellos encarnan lo más cercano a la divinidad, nosotros llegamos al espacio exterior. La nuestra es una batalla eternamente perdida. Ansiamos que el pájaro nos envidie, nos imite, baje al suelo y camine, pero ellos están tan ensimismados en planear, surcar y revolotear. Qué poca atención prestan a nuestro ego. Y dirás, inventamos el avión para poder volar. Los pájaros los miran, se extrañan y ríen, dicen entre sí: mira esa ave robusta y torpe que no aletea, vuela más alto que nosotros y a mayor velocidad, pero está llena de esas extrañas hormigas que deambulan atadas al suelo.

Profeta

Dios tuvo la ocurrencia de suponer que un domingo por la mañana sería el momento perfecto para desatar el Apocalipsis y por ende el fin del mundo. Por piedad decidió avisarle con 5 minutos de anticipación a un mortal religioso que, si bien no era del todo su tipo favorito de persona, el hombre había sido bueno y justo. Cuando el mensaje llegó Isaac estaba en plena misa, a punto de comulgar. Este pobre hombre comenzó a convulsionarse sin control y tras ello enardeció desde adentro hasta esfumarse. Nadie entendió el mensaje: es bien sabido que Dios no es muy creativo que digamos, pero no hubo mucho problema, la incertidumbre les duró sólo 5 minutos.

La muerte del autor

Ángel sabía que al escribir el punto final de este cuento moriría. Era algo inevitable: ya lo habían dicho Barthes y Focault, y los franceses nunca se equivocan. Tras el pánico, la depresión y el reproche de no haberse dedicado a algo menos peligroso como la pedagogía o la contabilidad, pensó en lo que podría hacer para extender su vida. ¿Narrar cualquier estupidez absurda? Ese no era su estilo. ¿Olvidar que quería hacer una minificción y comenzar una serie de novelas interminables como Proust o Knausgård? Su ego no daba para tanto. ¿Decir que pasaron años y años? Las elipsis daban el mismo resultado. Tal vez muy en el fondo quería morir y por eso inició la narración con su nombre, como una suerte de suicido elegante. Como una pirámide, una guerra o una religión.

Se supo encerrado en su estilo, cercado por puntos y comas. Lo asfixiaban las palabras largas y los extranjerismos.

¿Y el lector? Ese siempre había estado ahí: atento y absorto. Como un espectador estoico que seguía lenta e indolentemente las acciones, palabra a palabra, sin perder detalle. Ese lector había guiado a Ángel desde la revelación de su muerte hasta este momento. Tal vez simpatizaba con él a ratos, y ambos se sabían juntos en esto, pese a que el lector estuviese alejado de todo peligro. Muchas de las palabras que le fueron describiendo tenían un sabor extraño porque el lector agregaba sus complejos y manías. Entre más leía su agonía de iba alargando. Hasta ese momento cayó en cuenta: quien en realidad lo estaba matando era el lector. Aquel desvergonzado insensible que lo había visto sufrir en silencio. Ángel pensó en lo retorcida que estaría la mente de aquel desquiciado para disfrutar el dolor ajeno.

Ahora su vida dependía de la cantidad de líneas que él escribió sin pensar en las consecuencias y de un loco megalómano que jugaba a ser Dios con la imaginación. Era injusto: él sólo quería escribir, ganar algún concurso y obtener un poco de fama para no tener que malvivir trabajando en una excretable oficina o perder su juventud contestando un teléfono por años. Y ahora estaba por morir.

Tal vez sería lo mejor. Lo más cercano una muerte piadosa. Como sacrificar a un viejo animal que desvaría y se vuelve peligroso. Un extraño modo de eutanasia. Pero antes de morir, completamente resignado a escribir con toda la furia de sus manos ese punto final, no se quedaría con las ganas de hacer una última cosa:

—Lector, vete a la mierda.

Cotidianeidad

Julio jalaba tras de sí a su pequeño hijo entre el tumulto matutino del metro. Estación tras estación se convencía de que la ciudad era inhabitable y que con el paso del tiempo la gente se iría deshumanizando más y más. Bajó del vagón entre empujones de extraños que no volvería a ver en su vida con rostros de olvido. De pronto dejó de sentir la pequeña manita de su niño. Entró en pánico. Su angustia lo llevó a pensar en lo que tendría que decir al llegar a casa con las manos vacías. Tras relajarse, pensar en sus opciones y reflexionar, respiró hondo y contó hasta diez: encontró una solución. Estiró el brazo entre la multitud, tomó bruscamente otra manita del mismo tamaño que la de su pequeño, jaló de ella con fuerza y siguió su camino hasta ahogarse entre el bullicio.

Palabrotas

Juan Pérez López vive en un estado profundo de neurosis, esto aunado a la incapacidad de comunicarse con todo lo que existe lo ha llevado a usar una serie de incontables intérpretes: ángeles, vagos, un nazareno, zarzas en llamas, prostitutas, inclusive una paloma; cada uno ha dicho lo que quiso, ninguno realmente lo entendió. Sabe que le hablan, sólo escucha bullicio y ruido muerto. Se ha aislado de todo, ha tenido intenciones de solucionar las cosas, pero su indecisión y miedo al rechazo lo han detenido. Si él pudiera decir algo pediría que lo dispensen, que no fue su intención, un día se embriagó, se fugó de su casa y se le hizo fácil ponerse a gritar de palabrotas en la oscuridad.

Satanismo

El diablo me pidió en un sueño quedarse conmigo unas semanas, que buscaba un departamento, le habían subido la renta y ya no podía pagar; le dije que sí. Me despertó un bombero atónito: todo el piso se había quemado excepto la cama. Salí del lugar encabronado conmigo mismo: me faltó decirle a ese hijo de su puta madre que no hiciera fiestas en la casa.

La ontología del espejo

Todo mundo sabe que los espejos odian al cielo y al mar, pero sobre todo a otros espejos. Frente a frente pierden su individualidad, la posibilidad de tener cualquier rostro, el sueño de ser todo. Saben disimular la aversión. Van por ahí, con su cara de mercurio, adueñándose de la luz, personificando al ego, timando al mundo con ser un reflejo de la realidad. Sin embargo, el miedo siempre los acompaña, latente, secreto, recóndito. El pavor de toparse con otro espejo los estremece, distorsiona sus formas, los tuerce, terminan doblegados y optan por quebrarse.

Cara a cara encarnan el infinito, el deambular eterno de lo imperecedero, el movimiento estáticamente perdido. Se miran como en realidad son: vacíos; reflejo de todo lo existente. Poco a poco sus miedos más íntimos se apropian de ellos. Saben bien que no hay nada tras la muerte, que sólo tienen una función ornamental para los dioses (si es que existen), que al final el alma se diluye, que si se halla la vida eterna no habrá de satisfacerlos, que se viene de la nada y a ella pertenecemos, que la vida es un parpadeo efímero y frívolo, que no hay sentido, que no hay razones, que no hay un motivo, que no hay nada.

Abominan personificar el infinito. Y se preguntan: ¿Cómo es que los hombres pueden verse cara a cara todo el tiempo?

Poiesis sintomática

Hace una semana me salió un verso en el recto. Dolió. Salió mientras veía una mala copia de un cuadro de Caravaggio. El doctor dijo que era un absceso por abuso de pseudointelectualidad, amor mal vivido, ansiedades ontológicas y mucho café. Dijo que si seguía así tendrían que intervenirme para extirpar los que se acumularan en el colón. Yo quería ser un narrador —le dije— un viejo escritor me había dicho que tenía sombra de poeta y lo ignoré.

Ayer me salió otro, esta vez en las encías. Apareció por la mañana, cuando pensé que el espejo me ocultaba mi verdadero yo en un recuerdo; me tumbó dos muelas. Sangré tanto que terminé en el hospital, y fue ahí donde brotó el último, ahora en la tráquea. Sin poderme sentar, sin poder comer y sin poder hablar me resigné; de algo tendría que morir. Así que tomé la pluma de un interno de emergencias y comencé a escribir atrás de la receta médica:

Tengo ganas de nacer de un dios venido a menos

morir para reconocer lo que nunca fui:

un destino sin hombre.  

10 – 04

Una “emergencia desconocida”, nos dijo la central. Mi pareja y yo atendimos el llamado más por morbo que por vocación de servicio. Desde ese incidente ya no nos llevábamos nada bien, nos mentabamos la madre, y llegamos a agarrarnos a golpes, pero dejamos eso de lado, al menos en nuestras horas de trabajo.

Al llegar al lugar, un tumulto apelotonado de gente se reunía entorno a un hombre recostado en el concreto. Yo pensé lo peor, mi pareja alejó a la multitud a puntapiés: a un sujeto se le había desprendido el brazo izquierdo y la pierna derecha. Aquel tipo calmaba a la concurrencia diciendo: “Es normal”, “Siempre me pasa”, “No hace falta que me den limosna”. Él pedía que lo acercaran a un taxi o que lo llevaran a su casa, nadie quería hacerse responsable. Vomité un par de veces antes de ayudar a subir a aquel desmembrado en la patrulla.

Ya en el trayecto se le terminaron de desprender la otra pierna y el brazo, por fortuna no sangraba, puras heridas limpias. Vivía en un callejón del sur, tuvimos que tomarlo pieza por pieza y caminar. Mi pareja cargaba su tronco y yo sus miembros, él nos dirigía a su casa. Al llegar a un viejo zaguán negro, una anciana arqueada dijo al verlo: “Antonio, te dije que te los amarraras bien antes de salir”. Tras dejarlo en la sala y ofrecernos un té de manzanilla, lo fue juntando hasta que volvió a tener forma de persona. Sacó una aguja gruesa, ensartó hilo cáñamo negro y comenzó a coser miembro por miembro. Antes de que terminara el brazo izquierdo, y ya con el susodicho parado, salió del cuarto por más hilo, para “repuntar bien”, dijo el hombre tembloroso. La anciana nos contaba que era muy común que le pasara, que a su abuelo y su bisabuelo también les sucedía; que mientras no perdiera alguna parte todo estaba bien, porque era difícil encontrar repuestos y se rio. Al momento de decir eso, lo último que sentí fue un palo en el cuello que me tumbó.

Reaccioné cuando me andaban jalando a otro cuarto, pude ver cómo la anciana arrastraba los pies de mi pareja, lo habían colgado al techo de los brazos. Fingí seguir desmayado mientras veía cómo le quitaban el brazo derecho a corte limpio. La anciana decía con sarcasmo: “¿Quién lo manda a tener buen brazo, oficial? Tan amable que se veía”. Aproveché que aquel tipo salió por una cubeta para la sangre. Como pude me levanté y le rompí el cuello a la anciana para que no gritara. Cuando regresó aquel sujeto, lo tomé de la nuca y lo ahogué en la sangre de una de las cubetas, esperando que fuera la de mi pareja. Metí los restos en un costal: las piernas y el tronco con el brazo izquierdo y el derecho colgando. Lo subí a la patrulla y aceleré a fondo.

Sé que no me creen, pero es la verdad. Ya les dije que yo no lo descuarticé. Por eso quería enterrarlo, pero López en su rondín me encontró. López es un mentiroso. Ya sé que les dijo que la semana pasada encontré a mi pareja con mi mujer en un motel, pero eso no tiene nada que ver con lo que le pasó.

Negligencias

Ya hace seis meses que fui al mpédico y sigo sintiéndome mal. Se acabó la incapacidad y tras mucho rogarle al jefe me corrió del trabajo: con mi malestar resulta imposible manejar una puta grúa. Laura, desesperada, sacó a los niños de la casa, se hartaron de mi deprimente deambular por las habitaciones; sólo espero los papeles del divorcio para que ellos se puedan olvidar de mí y rehacer sus vidas. Intenté suicidarme siete veces y siempre fracaso: no puedo apuntarme a la cabeza con un revolver ni arrojarme de un edificio ni embutirme un puñado de pastillas y esperar a que me estalle el estómago. Ningún doctor quiere darme una segunda opinión. Por si las dudas no he dejado de tomar el medicamento un sólo día, pero cada que leo la receta algo me dice que no resolverá nada: “Diagnóstico: ingravidez. Tratamiento: parecetamol”.

Ángel Godínez Serrano. (Ciudad de México, 1992). Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la FES Acatlán, UNAM. Actualmente cursa el Diplomado en Creación Literaria en la Escuela Mexicana de Escritores. Ha publicado narrativa en diversas publicaciones: Morbífica, 2013; Marabunta, 2014; La Jornada de Zacatecas, 2016; Revista Asalto, 2017. Ha participado en diversos encuentros estudiantiles: 1er. ENELLI, 2do Coloquio Palafoxiano, XV CONELL.

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