La Maceta, de Rafael Aragón

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La maceta

Mi casa estaba ubicada en un callejón del centro histórico de la ciudad, el cual era frecuentado por el turismo. Siempre veía desde el balcón todo tipo de personas que pasaban por aquí; diferentes edades y distintas nacionalidades. Mi mamá me dio dinero para que le comprara una maceta, según ella, quería adornar el lugar para atraer el turismo, dejé de estar en el balcón y salí a la calle por el encargo.

Atravesé el mercado donde un olor a chocolate de metate penetró en mis fosas nasales, haciéndome surgir un recuerdo empalagoso de cuando los probé por primera vez, que por cierto, no me agradó su sabor natural: siempre he preferido lo artificial e industrializado. Después de cruzar por el río de gente encontré a la señora que vendía macetas. No sabía por cuál decidir, mamá dijo que escogiera la de mi gusto, aquí había una gran variedad. A un lado estaba una chica con los ojos bañados en lágrimas que veía un hermoso tulipán. Ella no se percató que yo la observaba, indeciso, agarré la maceta con el tulipán, la muchacha volteó a verme muy enojada, “ni modo, tú no te decidías y no es problema mío que te la haya ganado”, lo dije en mi mente mientras pagaba por el encargo. Me retiré de ahí y retorné el camino a casa.

–¡Qué bonita está la maceta y sobre todo el tulipán que la acompaña. Oye, sí está pesada. –dijo mi madre que sostenía la maceta entre sus manos.

–Sí es cierto, fue pesada durante el camino mientras la cargaba. No me decidía por cuál llevar y tuve que arrebatársela de la vista a una muchacha. A ver, préstamela de nuevo.

Me entregó la maceta y seguí contemplándola con detenimiento. En realidad era una buena planta, estaba fresca y despedía un aroma a humedad.

–¡Oh! ¡Qué bien huele! –suspiré–. Es hora de ponerla, como tú dices, en un buen lugar para que adorne la casa.

–Pero que sea en un buen espacio para la vista de todos –sugirió mi mamá contemplando la planta.

–Sí, tienes razón. Déjame pensar en dónde –visualicé todas las opciones posibles, pudo haber sido en la puerta de la entrada de la casa, en la ventana, en el patio, en la sala–-, ya sé en dónde –coloqué la maceta en el borde del balcón– aquí es un buen lugar.

–¡No! ¡Ahí no! Se puede caer, mejor dámela, ya sé en dónde la voy a poner…

Al momento de agarrar la maceta, un descuido ocurrió y se resbaló de mis manos cayendo en el vacío, estrellándose en la cabeza de una persona que iba pasando, la maceta se hizo añicos y el humano se desplomó en el piso.

–¡Pendejo! ¿¡Pero qué has hecho!? –gritó mi mamá al momento de acercarse al balcón, y miró hacia abajo.

–Perdón… es que… me temblaron las manos al momento de agarrarla –mi voz salió titubeante y entrecortada.

–¡Mira lo que hiciste! –mamá veía desde abajo señalando con el dedo–. ¡Mataste a una chica que pasaba por aquí!

–¿En serio? –miré dónde ella me señaló–. Sólo la veo ahí tirada en el piso, no creo que esté muerta.

–¡Sí lo está! –vociferó mamá tratando de confirmar la verdad–. Un golpe contundente de este tamaño mata a cualquiera que pase.

–¿En serio? Mejor hay que ir adentro, no quiero que nos echen la culpa de esto.

Nos metimos y cerramos la puerta corrediza que desembocaba al balcón.

–¿Crees que se den cuenta de inmediato que hay un cadáver en el callejón?

–¡Ay, hijo! La gente está en todo, estoy segura que en estos momentos ya hay una persona viendo el cuerpo.

–Mmh… tal vez… pero para aclarar las dudas hay que ir a la sala y nos asomaremos cuidadosamente por la ventana.

–Está bien.

Mi madre y yo fuimos a la sala, recorrimos un poco la cortina para ver qué sucedía en el exterior.

–Tienes razón, mamá, mira cómo la gente morbosa le está tomando fotos a la chica.

–Sí, hijo, mira al montón cómo se pelea por ella en darle respiración de boca a boca y en darle un masaje cardiaco.

–No me gusta cómo las mujeres zarandean a la chica.

–Déjalas hijo, ellas saben lo que hacen.

–Mamá, ese tipo está apuntando a nuestro balcón, algo dice y la gente voltea a nuestra casa.

–Sí, creo que le están llamando a la policía y están recogiendo el escombro de nuestra maceta, y la gente sigue de metiche viendo el cadáver.

–Mamá, ya me cansé de estar parado, ha pasado una hora y las personas siguen manoseando a la chica.

–Ya no te quejes, mira, ya llegaron por fin y los camilleros se llevan a la chica y la meten en la ambulancia –confirmó mamá que seguía viendo por la ventana.

–Pobre chica –comenté–, tan bonita y tuvo que acabar de esa manera, creo que ya le tocaba su hora. Además, todos los días se muere la gente de distintas maneras, no hay de qué preocuparnos, el mundo está demasiado sobrepoblado. La raza humana debe controlar su índice de natalidad, porque en la actualidad, se reproducen como larvas.

–¿Sobrepoblación? –Mamá caviló por unos momentos–, tienes razón, una menos en el mundo.

Grecia está viéndose en el espejo de su tocador, está maquillada, esperando la llegada de su novio. Ella es bonita y agradable, tiene unos senos firmes y redondeados. Sigue contemplándose en el espejo, se toca los pechos, se pellizca los pezones para resaltarlos y no se puso sostén para llamar la atención de su pareja. Los padres de la chica no se encuentran en el hogar porque el novio se los llevó al zoológico, en cuanto deje a sus suegros en el lugar mencionado, él volverá para estar a solas con ella sin que nadie los interrumpa. Suena el celular, ella lo toma y contesta la llamada.

–Hola, mamá –ella sosteniendo el aparato en la oreja–. ¿Qué ocurre? ¿Por qué se te escucha la voz entrecortada? Estás hablando muy mal, no se te entiende casi nada. ¿Por qué lloras? –se escuchan los latidos retumbando en el pecho de Grecia–. ¡Nooo! –empieza a llorar–. ¡¿Por qué?! ¡¿Cuándo pasó?! ¡¿Hace media hora?! ¡¿Qué les acaba de ocurrir a papá y a ti?! ¡Mamá, mamá, mamá! ¡Carajo! ¡Se le acabó el saldo!

A Grecia se le corre el maquillaje por las lágrimas que siguen brotando de sus ojos, llora a gritos y para comprobar lo que dijo su mamá decide verificar en sus redes sociales en el celular.

Es verídico lo que acaba de escuchar: “Gorila ataca a humanos”. En el transcurso del día, un gorila era trasladado a una jaula de alta contención por sus veterinarios, de pronto la bestia rompió las cuerdas que lo sujetaban matando primero a los veterinarios. El primate escapó del zoológico dejando un saldo de cincuenta personas heridas y cien muertos durante el camino. La policía llegó y el animal fue abatido a balazos, PETA, AnimaNaturalis y la Asociación Protectora de Animales desataron la cólera contra los policías porque mataron a sangre fría al único semental de esta especie. A partir de ello, la noticia está causando una gran indignación en redes sociales por la muerte del primate. La petición de los veganos, los animalistas, PETA y AnimaNaturalis es que construyan un monumento en memoria al gorila que fue asesinado fríamente por los humanos.

Grecia deslizando el pulgar en la pantalla de su celular, lee indignada los comentarios obtusos que realizan los internautas: “Pinches policías culeros mataron a sangre fría al único semental de esta especie”, “Por eso odio los zoológicos, pobre gorila”, “No puede ser, por qué tenía que morir de esa manera el gorila, los humanos son de lo peor”, “En vez de que los policías hayan matado al gorila, por qué no se mataron ellos mismos”, “Malditos, el gorila no tenía la culpa, la culpa la tienen los polis”, “Bien echo gorila, te revelaste contra los pinches del zoológico que te maltrataban y de paso tomaste venganza contra los humanos”. Seguirán un sinfín de comentarios que a Grecia le provocan rabia, mejor arroja el celular al suelo, lo pisotea muchas veces hasta destruirlo y sale de casa llorando.

Ella atraviesa el mercado y un olor a chocolate de metate le hace recordar a su novio cuando compraban tablillas de aquella golosina y ambos devoraban sólo una parte. Satisfechos por la ingesta de cacao, iban a la casa con lo sobrante, derretían la golosina en el horno de microondas y se la embadurnaban en todo el cuerpo para tener un sexo chocolatoso. Las lágrimas han corrido por completo el maquillaje, de pronto, abstraída en sus pensamientos, no se percata que está enfrente de una señora que vende macetas. Grecia observa la gran variedad que hay, y le llama la atención en particular, un tulipán. Esa planta le hace recordar a su novio cuando se la obsequió por primera vez, como recompensa, tuvieron una gran noche de placer en la intemperie. Un joven que está a su lado se decide llevar el tulipán, ella lo voltea a ver con odio, a él le parece raro que una chica en lágrimas lo mire de esa manera mientras paga por la planta, y él se retira con la maceta en manos, ella sigue llorando.

Grecia sigue caminado sin rumbo, sin darse cuenta, llega a un callejón frecuentado por el turismo y ahí recuerda el primer agasajo que tuvo por primera vez con la persona que sería su novio: ambos se acariciaban los genitales; él le hundía los dedos, le apretaba los senos y las nalgas y ella lo frotaba, le recorría la espalda con la mano y le tocaba el trasero, se besaban muy excitados. Un golpe contundente aterriza bajo su cabeza, ella se desploma. Unos curiosos están viendo desde el balcón, discuten, siguen observando el cuerpo que yace en el piso y también, una maceta hecha añicos, siguen discutiendo, dejan de estar en el balcón cerrando la puerta corrediza. Dos hombres que caminan por ahí, se percatan de una chica tirada en el piso, se acercan, la zarandean, ven que está agradable y le empiezan a acariciar los senos y el abdomen. Se congrega una multitud a observar el cuerpo, unos la fotografían con sus celulares, otros se turnan para resucitarla dándole respiración boca a boca, otros le agarran los pechos con el pretexto de que están ejerciendo un masaje cardiaco, las mujeres estrujan a la chica y le propinan bofetadas con la esperanza que despierte.

–¡Miren! –un joven apunta hacia arriba con el índice–. Esa maceta provino de aquel balcón.

La multitud voltea, un hombre realiza una llamada con su celular, uno de ellos recoge el escombro de la maceta, mientras dos curiosos miran a través de la ventana. Por fin aparecen los paramédicos que se llevan a la chica en una camilla, la trasladan a la ambulancia y se retiran velozmente, los dos curiosos siguen viendo por la ventana.

Transcurren dos meses, los padres de Grecia se encuentran sentados en la sala de espera de un hospital, aspirando el olor a limpieza y medicina. Están angustiados y envejecidos, recuerdan la belleza de su hija, su inteligencia y su gran felicidad que compartía a lado de su novio, pero él ya no está porque fue masacrado en manos del gorila. Ellos están desfigurados, la madre perdió el ojo izquierdo, la nariz, el labio inferior le quedó partido asemejándose al labio leporino, el padre no tiene la piel del rostro porque se la arrancaron y en su lugar tiene puesto unas vendas; siempre está babeando, y los dientes castañetean infernalmente tratando de articular algunas palabras, también perdió la mano izquierda y lo único que esperan es el resultado de su hija. El doctor –alto, panzón, calvo y con ligero cabello en las sienes– sale de una habitación.

–¡Doctor, doctor! ¿Cómo se encuentra nuestra hija? –pregunta la madre con la voz entrecortada.

–Su hija despertó del coma desde hace una hora, estaba verificando su estado pero… no importa, ya pueden pasar a verla –responde el médico viendo con horror a los padres.

Los padres entran a la habitación y ven a su hija que respira con dificultad, los párpados están un poco caídos, cubriendo la mitad de sus ojos, una gran cantidad de saliva escurre de las comisuras de sus labios y la vista fija en el techo. Ellos se acercan acariciando el rostro de la chica con las yemas de sus dedos, surgen espesas lágrimas que resbalan por sus mejillas, en cuanto al papá, las lágrimas se impregnan en las vendas. Él gime castañeteando los dientes y ella sigue acariciando el rostro de Grecia.

Me encuentro en el balcón de mi casa viendo a los humanos que pasan por aquí, que observan, y a la vez le toman fotos a la silueta de la muchacha fallecida hace dos meses. Otros joviales, se acuestan en el piso simulando la muerte de la chica pidiendo que sean fotografiados. Luego, se acercan unos niños con un gis en las manos para pintar un avión sobre la silueta y empiezan a jugar. Mientras tanto, espero a mamá que venga del mercado con una maceta, según ella, quiere adornar la casa para el turismo.

Rafael Aragón Dueñas (Zacatecas, México, 1995). Ha publicado cuentos en las revistas Abrapalabra y Barca de palabras, perteneció al Taller de Narrativa de la Unidad Académica de Preparatoria plantel II, coordinado por Javier Báez Zacarías. Tiene un gran interés en el cine y en el cómic, en el cuál le gustaría fungir como cineasta. Ha asistido al Taller de crítica y creación literaria de la Unidad Autónoma de Zacatecas que coordina Juan José Macías. También asistió al taller de novela impartido por Martín Solares dentro del marco “Zacatecas: Tierra de Lectores”. En la actualidad cursa la licenciatura en Letras de la UAZ y está desarrollando unos guiones para futuros cortometrajes y continúa escribiendo cuentos.

 

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