Tres textos de Nydia Pando

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TU TAREA NO ES BUSCAR EL AMOR,
SINO BUSCAR Y ENCONTRAR LAS BARRERAS DENTRO DE TI MISMO
QUE HAS CONSTRUIDO CONTRA ÉL.”

RUMI

“Tu última conexión ya

no coincide con la mía.”

Lidia Carrillo

 

Por ejemplo, enamorarte en tiempos de crisis millenial [pero de inmediato
para transformar el cuerpo
del miedo en otra cosa que pueda morir, aunque sea eventualmente.

Por ejemplo, salir con un lugar común porque es más fácil entender
[sin prestar mucha atención
lo que ya te es tan ajeno, de lo que ya no formas parte

y, como toda estructura hecha trizas, duelen los pedazos que quedaron en el suelo.

Por ejemplo, ser fiel a María Bashkirtseff aunque no sepas bien quién sea
[pero la viste citada en el segundo sexo
cuando dice que una busca en su vida ser parte de una dominación ilusoria cualquiera
pero que al final se da cuenta de que todo mundo es tan ordinario como una
y eso da asco.
Por ejemplo, darte cuenta en diminuto momento de lucidez que tú también das asco.

Por ejemplo, inventarte un romance encontrado en el match de pareja 54 en Tinder
dos meses antes de abandonar la ciudad donde naciste
porque querías sexo con amor
porque la crisis millenial te tiró hasta el suelo
porque te niegas a creer en las estructuras monógamas pero no sabes hacer nada mejor
el poliamor te parece una enfermedad para los pobres, para los apurados
y tú eres muy intensa y lo analizas todo y no sabes a qué se refiere la gente cuando dice déjalo fluir y sin el diálogo no concibes la realidad y en realidad el amor quieres entenderlo, no sentirlo, como un experimento, como una válvula de escape, porque tienes miedo, porque tu discurso es una mentira, porque entras en pánico al pensar en los siguientes cinco años de tu vida porque será el cianuro pero no será el sereno

Y
cómo culparte, sin arrastrar contigo tu condición generacional
tu condición de género
tu condición económica
tu condición emocional
tu complejo y tu extraordinaria capacidad de engañarte hasta a ti misma porque todavía ahora, que guardas silencio y bebes tu cerveza segura de que no hablo de ti,
sientes en el pecho una angustia que pregunta si por lo menos te has aprendido a querer a ti.

 

Al final del camino a decirme adiós

«Si un día

quieres deshacerte de mí

prométeme

que hallarás

un camino nuevo para mi cadáver».

Mohsen Emadi.

 

Conseguiste un viaje a Grecia, todo pagado,

y te acostaste con un chico italiano que nunca más te llamó.

Conseguiste viajar por Rumanía y acariciarle el pelo a otro chico

que jamás se pudo grabar tu nombre en su cabeza

[ni aunque se lo dibujaras con las yemas de tus dedos

[acuérdate de mí, por favor

pero dejar huella cuesta más de lo que piensas

cuando no se trata de pasar por aduana

Conseguiste andar por Serbia una semana entera

con todos los gastos pagados

pero el alemán al que le sonreíste en el autobús camino al aeropuerto

te miró de arriba-abajo y volteó su rostro fuera del camión

donde tú ya no estabas.

Debajo del amor estabas, decía Juan Gelman.

Tu madre siempre dice que los hombres pueden oler la fuerza de las mujeres

y no soportan la derrota. Tu madre siempre te dice que bajes la cabeza

cuando alguien reconoce tus hazañas y, si puedes, las menosprecies.

Pero si las cuentas, en cinco años, conseguiste treinta y dos becas diferentes

seis financiamientos

un premio y cuarenta y tres publicaciones

seis libros

dos trabajos internacionales

diez cartas de aceptación

[tres de universidades foráneas

y, más recientemente, un cupón válido para dos entradas al cineforo

a las cuatro, a las ocho o a las seis.

pero, a ningún horario pudiste encontrar con quién ir.

En ningún momento.

[Todo instante del amor fallido es enterrado con piezas de mi cuerpo.

No pudiste, pues, encontrar con quién ir.

Al cine, a la premiación o al final del camino a decirte adiós.

 

 

“y me lancé desde lo más alto/

esperando a que alguien me atrapara.”

Jesús González Mendoza

Si vamos a hablar del cotidiano, puedo empezar por mis tropiezos. Es de noche y estoy sentada en la sala de espera de urgencias del IMSS. Estoy esperando y me caigo de sueño porque anoche bebí tanto alcohol que no pude cruzar al día siguiente durmiendo tranquila. Ya pueden imaginarse el miedo que le tengo a mis sueños. La neblina. La sala clasifica la urgencia del paciente a través de su propio juicio, o más bien el juicio de una chica sentada en la recepción. Un cartel con un semáforo reza el orden de atención: el rojo es el único privilegiado con atención inmediata. A mí no me han dado ningún color y no tengo forma de avanzar, así que sólo espero. Una mujer a mi lado llora desconsolada con un paño en el cuello. Una niña tira las boronas de pan de una bolsita mientras la mujer que asea el piso refunfuña. No van a llamarme nunca, porque espero que alguien salga y no puedo entrar. Anoche he tenido otro encuentro de amor pasajero y me pregunto si detrás de esta capa de piel soy una mantis religiosa imposible de querer. No sé si siempre seré la niña emberrinchada que no soporta la idea de no obtener lo que quiere o si ya de plano estoy creciendo y me ahoga de a ratitos el miedo. La cobardía es una enfermedad que comenzamos a padecer cuando envejecemos, dice mi abuela.

Me quedo pensando en qué miedo es ése que me ahoga mientras levanto los pies para que la señora que asea pase el trapeador por debajo. La niña volvió a tirar migajas de pan. Quiero abofetearla. Miedo a perder la paciencia, no. Tiene que ser otra cosa. Abuela siempre dice que tengo que esperar con dulzura que alguien llegue a arrancarme el corazón y, por alguna razón, aunque le insista que esa metáfora no me inspira mucho, siempre la repite. Ya es tarde. Van más de cuarenta minutos, se me apagó el celular y olvidé traer un libro. Siempre me pasa lo mismo: cargo libros a todas partes y no me dejan leer en paz. Esquivo contarme mi propia historia porque terminaré por despreciar el personaje que me represente. Estoy en guerra, en silencio, necesito un libro para refugiarme y sólo vuelvo a leer el semáforo medidor de urgencias ante el dolor del otro. Mi abuela ha tenido un episodio de vértigo. Tenía entre mis planes ir a la casa de un chico amor pasajero esos me salen muy bien, pero me rechazó de último momento. Si no me hubiera rechazado, seguro hubiera ignorado la llamada de mi madre pidiendo ayuda por tratar de acosarme con él. Si no me hubiera rechazado, hubiera olvidado que mi abuela tiene ochenta y nueve años y miedo de caerse. Abuela, le digo cuando llego y la miro temblando con sus manos pequeñitas invadidas por la artritis, los ojos cerrados y su cabello largo tricolor: yo también tengo miedo de caerme. Todo el tiempo. Tengo miedo de seguir tropezándome en un espiral porque siento que no hay retorno frente a los errores. Abuela, ¿te canto una canción? Quieres descansar, sí, perdón. Aquí estoy. Abuela, estás fría, vamos al hospital. Mamá, abuela está fría, vamos al hospital. Mamá dice a abuela que tener una familia que te cuide y te rescate cuando sientes que te caes cuando tienes miedo de caerte es un refugio la familia es un refugio que aprendemos a construir, ya está. Ya está el miedo, le digo a la señora que asea los pisos por quinta vez. Me mira extrañada y le pido perdón. A veces me invento que hablo con otros que no son los que veo pero en sus ojos veo un refugio porque el alma desbocada le encaja las uñas al que observa intentando provocar su dolor; el dolor del otro nos alivia porque sabemos que no estamos solos. Me volteo aunque sé que mi disculpa no bastó para recuperarla de su confusión, pero tampoco me importa mucho. Tengo miedo, abuela, te digo cuando te subo a la silla de ruedas y acaricio tu cabello, de tener miedo de caerme y que nadie aparezca para traerme al IMSS a medianoche en una silla de ruedas oxidada me acaricie el cabello color blanco me sostenga la mano me mienta diciendo que todo estará bien llegue a mi rescate porque tengo miedo de caerme porque aunque haya sido rechazada y tropiezos es su cotidiano acá está ya; ya está, abuela, has construido un imperio de amor y te pasan en rojo cada vez que venimos al hospital abuela eso es un privilegio abuela tu cotidiano es venir al IMSS a que te digan cómo las pastillas acabarán por comerte el hígado y yo no podré salvarte tu cotidiano es mi miedo latente porque no aparece el amor y mi cuerpo deposita su energía en tu salvación pero no tiene puta idea perdón abuela pero no tiene puta idea de cómo salvarse el suyo mira por la ventana, cuidado con no tropezarte, cuidado al caer.

Nydia Pando Guadalajara, 1992. Para explicarse, siempre va en busca de fragmentos. Quizá entonces, la semblanza deba decir fragmentada, le faltan piezas, incompleta, reconstruida, ya nunca volverá al lugar desde donde todo comenzó. Ya nunca quiso volver. Se lamenta la pérdida y entonces, como inquiere Bachelard, busca fragmentos de otros para comprobar su duración; para extenderla. Pero también como la Peri Rossi dice, todo a sabiendas de que Ítaca existe a condición de no recuperarla. Mis cortos regresos es su primer libro publicado.

 
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