Relato breve de Pataniko

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Hay una religión en la ciudad de Pataniko que trata de combatir el fanatismo. Por supuesto, los adeptos no son muy devotos pero de vez en cuando se reúnen a contar historias de soldados muertos por fidelidad. El valor que más se aprecia entre estos religiosos es la desconfianza. Y desconfían de todo y por todos. Hijos y madres se miran suspicaces a la hora de la comida y cuando dicen:

-¿Me pasas la sal?

Generalmente ellos responden: ¿Y eso que te interesa tanto la sal? o cosas por el estilo.

Llegar a una ciudad donde reina la sospecha -pues se sabe que la fe como la falta de fe son contagiosas- como un foráneo es peligroso. Los primeros días todos reaccionaban como en cámara lenta cuando los saludaba. La señora de la tienda tardó varios minutos en venderme unas galletas porque no podía alcanzarlas desde el mostrador hasta la repisa con el brazo izquierdo estirado sin dejar de mirarme.

-¿Y cómo es que llegó hasta Pataniko?

-Leí en una revista de turismo que tienen bellas playas y un clima agradable. 

No convencida de mi respuesta, la dependienta me acercó lentamente el paquete y me pidió que no saliera de la tienda hasta que terminara de contar las monedas.

-Sólo por si acaso, me contestó, y supuso que yo entendería.

En el hotel donde me hospedaba -al menos- estaban más acostumbrados a los extraños. Sin embargo, seguían tomando sus precauciones. Cuando llegaba el servicio a la habitación, el empleado entraba con cuidado mirando a ambos lados como si fuera a cruzar la calle. El lenguaje verbal invasivo era en cierto modo muy gracioso, pero también me causaba incomodidad. Nada los sorprendía tanto como mi falta de prudencia cuando, sin mirarlos, les decía que pasaran con confianza.

Mi último día en la ciudad tuvo que adelantarse. En la televisión nacional anunciaron que un desastre arrastraría con violencia toda la costa de Pataniko. Había aviones y helicópteros disponibles en el aeropuerto para evacuar la zona costera. Tomé mis maletas y pedí un taxi para irme de ese lugar inmediatamente. El taxista parecía de esos hombres que tenían planes para mediodía y les urgía sacar unas monedas.

-¿Va a trabajar toda la mañana?

-Sí, ¿por qué me lo pregunta?

-Pues porque  en la televisión anunciaron  un desastre natural, pensé que sería más difícil conseguir transporte, pero nadie parece preocupado…

-Ah, eso. No son más que puras mentiras. Seguramente quieren distraernos. 

-¿Distraerlos de qué?

-Pues no sé, de algo malo.

-¿Qué puede ser peor que esto?

El hombre me miró por el retrovisor y vi unos ojos verdes casi amarillos y el ceño de alguien que ha llegado al límite. 

-Bájese, por favor.

Caminé hasta el aeropuerto, había un avión solitario cuya línea aérea pertenecía a otro distrito. Me subí esperando encontrar a personas preocupadas. El avión despegó conmigo adentro. Sólo conmigo adentro. 

Anita Joker (????)

 

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