Armados de pesadillas

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“La vida es una pesadilla de la que trato de despertarme”
James Joyce

Desde cualquier lugar del mundo buscando mapas a cada paso, con el riesgo de perderse o de salvarse, sólo ante la súper pantalla, ubicando algún destino de tránsito en las bifurcaciones de la hiper avenida. La rutina persistía multiplicándose metalizada en los brazaletes de los jóvenes, la hacían centellear en las esclavas desde su infancia hasta el cansancio adolescente, traqueteándose por los 15 segundos que los congelarían en el gran autocine, ciegos de fluorescentes luces en la carretera que atraviesan a toda velocidad por estrechos pasadizos a la libertad, para luego correr y construir laberintos holográficos.
Las noches armadas de pesadillas simulan antiquísimas estatuas rostizadas por un sol inclemente, esculturas cagadas de palomas que posan para ambientar las fotografías de los ebrios turistas; anonadados ante los fósiles tallados se matan a 33 pasos del puteadero más costoso.
Un burdel de espejismos adornado de reflectores junto a lavandería Atrakitos, al lado de la iglesia católica de la Angelópolis, visitada los domingos por familiares que han olvidado a sus parientes en el parque central, para después canjear la culpa con diezmos en una catedral de puertas cerradas para sus ancestros. Al final de la esquina, después de dos locales, está el famoso asadero de pollos con la fachada más antigua del pueblo.
Crecidos los infantes mujeres y hombres nómadas, vagaban para esquivar los campanazos que marcan el tiempo. Ya no era solo por 15 segundos en busca de un placer efímero e inexistente, sino noches y días hasta completar los 12 meses del año; viendo novelas y series de mini ficción a través de las vitrinas ansiosos de la salida de emergencia. Lo hacían porque desde los pórticos del Palacio de Gobierno los guardias les gritaban: no vuelvan más, jamás regresen, váyanse a morir a otras calles, a otras ciudades donde nadie los conozca, a lo mejor se suicidan en un océano de árboles. Más de un desahuciado caía en el embuste y convencía a una de esas jovencitas para acompañarse a morir juntos, huían tomados de las manos dispuestos a saltar desde cualquier barranco y al llegar a los terrenos cercados por púas eléctricas, no percataban entre la boñiga de vaca los sagrados hongos. Eran los engendros de un pueblo donde las familias acaudaladas, saludan a la visita con un “ya vino a pegarnos la gripa?” Cuando son esas familias contagiosas son quienes difuminan un virus aniquilador, las que incitan todavía a sus propios descendientes para autodestruirse y despreciarse, lo transmiten solo con su mirada. Una mirada de usura y odio que los arroja por abismos de incapacidad a cortarse la yugular en cualquier pastizal; sin probar ni revelarse en la claridad y la sanación del alucinógeno. Entonces los adolescentes se topaban con las virgencitas, esas que aterrizaban en la plaza central después de ser arrastradas por los cerdos. Llegaban almibaradas con desentono de sus voces roncas en la siguiente melodía:
Quisiera regalarles un poema hermoso que aliviara tanto dolor de existir pero no alcanzo porque el sol me odia y anuncia que debo ir a sudar por las migajas de un pan que las palomas me despojan. Quisiera regalarles un poema hermoso porque me voy a ir a una ciudad magnífica y milenaria donde el oro brilló más que las supernovas, amándose hasta la madrugada y jamás sintieron codicia, pero no tengo tiempo para trascendencias: me lo han robado con su avaricia como me han hurtado el amor por el mundo, como me han extinguido hasta el espíritu alegre de vivir y creer en el afecto. Mundo enfermo y triste por favor acepta estas caricias ásperas y toscas que aun puedo abrazar y sonreír.
Y les picaban el ojo a los jovencitos rudos, crecidos a punta de empinarse por los ortigazos recibidos cuando fugados, los sorprendían al jugar en el parque central.
Muchos murieron congelados ante los ojos de los guardianes que custodiaban las puertas infranqueables del Palacio de Justicia y el Banco Mundial. Se les caían las extremidades y ni siquiera sentían, reaccionaban luego de los alaridos de pánico que los transeúntes asustados se alejaban del lugar. Otros se perdieron al girar por los callejones, mientras observaban atrincherados detrás la ventana en su vigilia perpetua, y se enfrentaban horrorizados a su reflejo metamorfoseándose en salvaje bestia.
Después de no verlos por mucho tiempo, unos pocos conocidos golpeaban de puerta en puerta, preguntando por ellos. Gritaban sus nombres que tronaban en los cristales y espejos de las casas: ¡Jaime, Isabel, Marcos, Yuliana! Y continuaban así con una lista incalculable de nombres que arrastraban con sus voces cual cadenas oxidadas. Sentían en cada respiración, en el latir de su corazón, en la huella indeleble que dejaba su paso sobre las piedras, sentían la muerte besándolos apasionada en cada respiro, besos asfixiantes que abarcaban el inconmensurable abrazo sincero que retorna la esencia. Un amanecer encandilado por el sol evaporando los ojos como hielos secos y Willy recordándome el trinar de las aves con las palabras de mi madre fallecida, nunca olvides mirar el cielo.
Las personas que más quise y quiero, vivieron cada día en sala de espera bajo las peores exclusiones sin que nadie los buscara… en los 10 años de trabajos en la aduana jamás deporte a nadie y nunca les falto mi abrazo, ni mi abrigo y mis sonrisas…. siguen en mi corazón, migrando de sus prisiones, es asombroso el hecho de cada mañana despertar relativamente cuerdos, después de haber pasado por esa zona de sombras, por esos laberintos de senderos oriundos evadiéndose a sí mismos, al encuentro de otras historias fantasmales, corriendo tras los espejismos que trazaron las rutas interminables hacia el parque central de cualquier ciudad.

David José Márquez Bolaños, Cali, Colombia. Ha publicado en diversos medios impresos y digitales. Maneja varios blogs en la red social Tumblr, tales como Cantos Naturales y Hojas al vacío; antologado en Pueblerinos; participante del 1er Coloquio Nacional Palafoxiano, en la ciudad de Puebla, en 2015, así como del Congreso Interuniversitario de Estudios Lingüísticos y Literarios, en Mérida, Yucatán, en 2016. Ha publicado los libros El odio de las garrapatas, Sueños de una super estrella de rock, entre otros.

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