Yo también dejaría la escuela

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La actividad era simple: escribir su opinión sobre un tema. Les sugerí su serie favorita, la plaza a la que asisten frecuentemente, el último concierto al que asistieron. Pero no. Mis alumnos eligieron temas bastante generales y complejos: la política mexicana, el cine de horror, la cocina y la pintura.

 

—Bueno, pues van a tener que investigar mucho, les dije para no parecer incongruente después de decir mil veces “sí, sí, de lo que sea”, cuando ellos me preguntaron.

 

Como lo imaginé leí composiciones en las que los estudiantes decían que los Sex Pistols habían cambiado al mundo pero no sabían por qué, que Nirvana había inventado un nuevo género pero no sabían cuál, que el gobierno de México era horrible porque “según e visto tiene muchas deudas y dicen que el gobierno es corrupto o lo que sea” (sic), y que la pintura era -como la fotografía y la danza- medios de expresión que cualquiera podía realizar sin ningún tipo de formación escolar. 

 

Lo intenté. Y seguramente Iván Ilich estaría decepcionado, porque a pesar de que aposté por su autonomía y los dejé hablar de cualquier tema que quisieran o que estuvieran interesados en conocer, ni siquiera googlearon  para hacer más sólida su opinión y no hablemos de intentar modificarla o ser autocríticos y leer cosas opuestas a lo que pensaban. No importa, me dije, para eso están aquí, para aprender. En tono conciliador les hice ver que dar su opinión cuando se desconoce sobre el tema no estaba bien y era algo bastante serio. Que si hubieran elegido cosas conocidas o experimentadas quizá el ejercicio hubiera sido diferente, pero que no pueden hablar de algo suponiendo.

 

El #Rolleyes seguro lo inventó un adolescente. La mayoría miró a ver para otro lado (arriba, por ejemplo), otros se rieron con sarcasmo y la chica que había leído su texto no soportó que no se lo aplaudiera y con lágrimas en los ojos y voz entre cortada me dijo que era su opinión y no necesitaba estar bien o mal. Intenté con un par de señalamientos más con la misma respuesta. Me sentí mal por un momento y ya no continué corrigiéndolos.

 

Sé que hay historias de éxito y películas acerca del potencial que tiene la figura del profesor para convertir a chicos racistas, clasistas y flojos en seres admirables. Pero me consta que no es así de fácil. Ya vi Detachment, ya vi Los Caballeros del Sur del Bronx, Lecciones Inolvidables, El Club de los poetas muertos, La maestra de Historia y hasta Matilda y The Miracle Worker. Pero también he visto todos los días a chicos que creen saber más que el maestro pero son incapaces de responder una simple pregunta sin un choro mareador como los que tanto odian. En Buenos Aires, hace unos meses una maestra fue amenazada de muerte por sus alumnos si no los aprobaba, y en una de esas películas ella hablaría con ellos, les haría saber que entiende sus problemas y descubrir el potencial que tienen dentro. Yep, you wish.

 

Massimo Recalcati, psicoanalista y profesor italiano, publicó un artículo titulado “Los padres se han convertido en los sindicalistas de sus propios hijos” y explica que “el aprendizaje no es Twitter. Exige el largo tiempo del pensamiento (…) El buen profesor no considera al alumno como una cabeza vacía que hay que llenar, sino como un fuego que hay que encender”. Pero si me lo preguntan, sólo tenemos cerillos humedecidos para hacerlo. Y de vez en cuando se puede encender una llamita.

 

Claro que ante la oportunidad, todo el mundo celebra que los niños de 16 años decidan “conscientemente” dejar la escuela como si fueran Gilles Lipovetsky dejando la Sorbona para volcarse contra la academia de filosofía, o Logan Laplante, el niño genio que se hizo cargo de su educación. Citan a Paulo Freire o a Ivan Ilich porque seguramente todos los desertores que tiene este país son consecuencia de ser demasiado inteligentes y no ovejas del sistema, y no por cuestiones de pobreza, incompetencia de los propios padres para educar a sus hijos (¿decisión consciente a los 16 años? ¿neta?) o porque simplemente no pueden con ella. No, no estoy diciendo que la escuela es magnífica y que nuestro sistema educativo es el mejor. Por supuesto que no lo es. Pero, créanme, lo menos que necesitan los adolescentes es que el país les diga que ellos están bien y la escuela y los profesores están mal. Sus padres y las redes sociales ya lo hacen con bastante eficiencia.

 

Una de las razones por las que no tenemos una educación como Filandia es precisamente porque no somos Filandia. Por mucho tiempo pensé que era mi error que no me hicieran caso e hice de todo: les puse películas, música que les gustara, tomé los ejemplos de los maestros más innovadores y les marqué hacer memes, vídeos, discutir sobre temas que les interesara. La mayoría continúa como estaba desde el principio, van a la escuela serenos y prestos a aburrirse, no hacen la tarea ni los ejercicios “novedosos” que me quitaron todo el fin de semana planear. Y escriben “Lo mejor que he visto” en el vídeo de la chica criticando la escuela, identificándose con ella. Para ser honestos, les creo. Me temo que estoy pensando en abandonar la escuela también.

Anita Joker (????)

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