Que no se nos haga costumbre el miedo

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Eva tenía trece años y treinta y cinco kilos distribuidos en un cuerpo largucho y sin prisa en crecer. No supimos cuándo comenzó a encerrarse dentro de sí misma y decidió no volver a salir a la calle, a las fiestas de piscina o a la playa. Se molestaba con mi papá cada vez que no podía ir por ella a la escuela y debía regresarse caminando. Lo achacamos a los cambios hormonales, qué se yo.

 

Hasta que un día.

 

Volvíamos de casa de una amiga y pasamos por el parque. Había un grupo de hombres dentro de una camioneta estacionada frente a los columpios. Ella cruzó la calle al verlos, le grité que se estaba alejando, que debíamos doblar en la esquina. No me escuchó. Bajó la cabeza y caminó rápido. Recuerdo haber pensado que era una exagerada, que qué le iban a decir si era una niña.

 

El miedo -la angustia de que ocurrirá algo contrario a lo que se desea- no es un olor, o una sustancia o algo tangible, pero de una u otra manera hay animales que lo perciben. Ellos lo hicieron. Desde el otro lado vi cómo se lamieron el bigote, se codearon entre ellos, silbaron, saborearon sus pasitos y preguntaron a dónde iba. Eva se apretó la panza, y murmuró algo, yo les grité que la dejaran en paz. Me miraron casi con ternura y se rieron. No nos dijeron algo obsceno, no nos tocaron ni el cabello, pero aún así sentimos humillación.

 

Todo eso hizo que me preguntara por qué yo ya no tenía miedo, por qué yo sí quise pasar por ahí y ella no. Quizás es porque ya me había acostumbrado.

 

De eso hace como ocho años. Hoy Eva anda por la calle como un papalote que sabe que de vez en cuando le jalarán la cuerda. Algunas veces más fuerte que otras. Y ni modos.

 

Tamara de Anda, una bloggera y periodista de la Ciudad de México mejor conocida como “Plaqueta”, denunció esta semana a un taxista por gritarle guapa. Entonces para algunos es una palabra inocente, un piropo, e incluso merece llamarla con todas las definiciones que tiene la palabra puta. La insultaron cientos de personas blindadas por una computadora. Como el taxista y los demás acosadores se esconden detrás de un auto, una motocicleta o incluso detrás de la seguridad de que la mujer no dirá nada porque está acostumbrada.

 

Una de sus respuestas ante tanta mala leche fue una fotografía que dice: cambiemos el mundo incomodando a una persona a la vez. Y la gente salta diciendo que cómo hace eso, que hay que pensar en los demás, en el pobre taxista que estuvo encerrado por su culpa. No voy a hablar de la obviedad de lo cagante que es que un desconocido tenga el atrevimiento de dirigirse a ti por primera vez en su vida con un comentario acerca de tu cuerpo a sabiendas que no te volverá a ver jamás. Porque está empíricamente comprobado que si te volteas y le preguntas que qué dijo, por qué te habla si no te conoce, se le suben a la garganta y te dice que estás bien loca, ni era a ti. (Luego dicen que pobrecillos no saben que están haciendo mal, ¿y por qué lo niegan?) 

 

Le he llamado a Eva por teléfono, que si vio el Plaquetazo. Un poco en broma y un poco en serio, me dice que desde hoy va a salir con una libretita para apuntar las placas de todos los que la acosen para denunciarlos. Y así hasta que no quede ni uno solo que nos haya incomodado o que nos haya apretujado con el miedo.

Anita Joker (????)

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