Sergio Pérez Torres

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Sobre la tumba de Nicolás Tesla*

I.

Él es un rayo gigante sobre la tormenta,

en mí vendrán sus horas de ira,

la forma que adopta una guitarra de metal.

Y yo, de manos abiertas, el rocío a mediodía,

me acostumbro a los disparos en las calles,

abro los ojos para que entre la violencia de su voz.

Bebo la luz en su mirada porque ver es igual a un incendio,

cuando me apunta con los ojos encuentro mi raíz más honda.

II.

A veces sueño con un pájaro blanco,

lleva una rama de olivo en su vuelo,

se dirige hacia ningún lugar.

El cielo se cierra en una tormenta,

los truenos devastan el sonido de las alas,

ennegrecen sus miedos y plumas.

La luz calcina toda esta inocencia.

Sobre la noche vuelta cenizas

busco lo que también él hace en mí.

III.

Me paralicé cuando él se hizo la luz,

mis ojos no estaban listos para volver

ni para el estruendo de su voz.

Luego el tacto de esa piel endurecida,

aquella sombra de su mano sobre la mía,

el terror de su tormenta y mi tormento.

Su corriente eléctrica internándose en mi sangre

para formar los truenos rojos que llamamos venas,

ahora conozco cuál es el rostro del temor.

IV.

¿Puede sentir este pulso incrementándose

como un rayo que cae a un árbol seco

para que recuerde los labios de la luz?

Todo el asombro de matar la sombra,

lo deslumbrante de una lumbre que se apaga,

mis ojos hechos para verme volando en cenizas.

Por un sólo momento de este incendio

del cual ya no existe ni memoria

vale la pena arder como este pino en medio del silencio.

V.

En el principio él fue la luz,

no puede ver si era buena

o era noche o era mediodía.

La forma de trueno hizo su molde

hasta que los árboles tuvieron raíz,

su pulso de ópera vibró hacia lo más bajo.

Se hizo un silencio en la tierra y el suelo

y entonces él ocurrió aquí, en mí.

Cuando hay tormenta sé para qué tengo estas venas.

VI.

Pero toda su potencia no cabe en mi sangre

ni en un pararrayos forjado en el exilio,

cada cielo sucede al siguiente bajo otra voz.

Si tuviera las venas tan hondas para el estruendo

yo las abriría como un amanecer entre sábanas,

las horas limpias luego de la lluvia.

Intento detener su voz entre mis manos

aunque no conozca una salida para esta fiebre,

convulsiono de ver cómo sus párpados se abren.

VII.

Todavía recuerdo mi primera muerte,

la serpiente eléctrica mordía cada aorta,

ni un antídoto para la raíz de un dios.

Entonces lo reconocí mientras llegaba,

esa voz de trueno en un bosque de silencios,

la convulsión febril de mi cuello entre sus manos.

Por un momento olvidé que tenía piernas,

esa silla eléctrica con la furia de esta noche,

ahora sé qué forma tomará mi muerte cuando vuelva.

VIII.

A veces hay quien en la tormenta

se refugia bajo el árbol que lo vio crecer

pero igual es alcanzado por un rayo.

Él ha extendido su mano hacia la noche

y se ha vuelto del color de la neblina,

las palomas se posan sobre esta cruz.

Y yo, inerte de tanta espuma en este albor,

me he sacudido al besar su piel endurecida

como el corazón de un ave luego de una descarga.

IX.

En mi niñez los demás miraban estrellas fugaces,

apretaban sus párpados y pedían un deseo,

yo me conformaba con el milagro del trueno.

Detrás de la cornisa me senté a enamorarme de la luz,

eran telarañas que se rompían con su propia potencia,

atrapaban mis ojos como presas dóciles pero no volvían.

Pasaron años y me sucedió su voz,

reconocí al instante lo que rogué en la tormenta,

toda la furia encarnada en el rostro de algún dios.

X.

Su ceguera es un flash en la noche

que memoriza las palabras formadas por los astros,

en sus ojos guardo las constelaciones primigenias.

En cambio yo, este polvo hecho de olvido,

no consigo ni una pista de mi propia voz

pero adivino el tamaño que alcanza en él la luz.

Alucinaciones de humo, epifanías de santos oscuros,

aquí se quiebra el poder de mis labios,

un beso del que no debí escribir antes de tiempo.

XI.

Estallaba el mundo como en un punto final,

cada sombra se hacía aún más grande

para que el relámpago iluminara este miedo.

Olvidé los nombres para la luz,

me aferré a aquella espalda en mi naufragio,

aún así me ahogaba con su aliento cerca del mío.

Mis restos encallaron en la costa,

desperté casi virgen, casi para siempre,

amanecer luego de él es un tesoro enterrado en el pecho.

XII.

Algunos heredan de familia su forma de morir,

mi hermana fue una sirena que amó a un rayo,

lo mordió como a un anzuelo fugaz hecho de luz.

Supongo que también vería esto en él.

¿Ella hubiera dibujado su silencio,

la forma inmóvil de un beso donde acaba el mar?

Y yo, febril porque mi suerte rima con la muerte,

miré sus labios en una noche de tormento.

Me preparo para el estruendo con que él llueve sobre el mar.

XIII.

El día en que él nació los truenos también temblaron,

la luz de luto como el viento pasa por el cementerio

y acaricia las flores que ya han abandonando su raíz.

Pero yo que no tengo más voz,

ni siquiera memoria de lo que él hace en mis noches,

intento abrir mis ojos a la lluvia

para ver si un trueno me lava la sal.

Él es la paz endurecida del tormento

para las palabras que se dicen sin mirar.

Me han hablado de su nombre

como si no conociera el poder del sol.

Me voy quemando, me incendio,

me duermo sobre mi propia sombra

para que el color de mi sangre

sea el testimonio de que aquí vivió la luz.

*Sobre la tumba de Nicolás Tesla, del libro Cortejo Fúnebre.

LW9A5295

Sergio Pérez Torres (Monterrey, 1986). Publicó Caja de Pandero (EDÉN, 2007), Mythosis (EDÉN, 2009), Los nombres del insomnio (Cuadernos de la Serpiente, 2016), Barcos anclados al viento (La Cosa Escrita, 2016) y Cáncer (NadaEdiciones, 2016). Su obra poética ha sido premiada con el Concurso de Literatura Joven 2004, Juegos Florales del Carnaval de La Paz 2016, del H. Ayuntamiento de La Paz, Baja California; IV Certamen Literario “Ana María Navales”,  XXVI Premio Nacional de Poesía “Ydalio Huerta Escalante” 2016 y XXIV Premio Nacional de Poesía Sonora 2016 “Bartolomé Delgado de León”.

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