El B SIDE DE UNA NOCHE DE JAZZ

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Natalia Lafourcade. Progreso. Jazz. 8:20pm.

Mariana, mi compañera de prensa, estaba angustiadísima por mi tardanza. Todos los reporteros subían a los autobuses y yo todavía no me acreditaba. Alcancé a llegar por un pelito antes de que el camión estacionado en el muelle zarpara hasta donde sería el concierto.

La zona de prensa estaba a un costado de la VIP, y en frente del puesto de cervezas. Compramos las latas más caras de la vida. Toda el área estaba llena de gente que utilizó su pase para invitar a sus amigos al concierto, gratis. Los fotógrafos, camarógrafos y reporteros tuvieron que achocarse a un costado y pelear un rincón que dejaba ver un pedacito del escenario. Ahí estábamos nosotras cuando una mujer de ojos azules y vestido rojo me gritó:

-¡Hey, no nos dejas ver!

Junto a ella había un hombre muy atractivo vestido con una filipina y un reloj grande y amarillo. La colada me vio con cara de asco y sacó un cigarro. Mariana me hacía señas a lo lejos:

-Ya se acabó la batería de mi cámara.

-Ya se me acabaron las baterías a mí, contesté.

Salimos del corral arriesgándonos a perder nuestro huequito en la primera fila.

-¿Fumas, Mariana?

-A veces, ¿y tú?

-Igual a veces.

-Ahora sí se me antoja uno.

Otro joven de prensa sacó su cajetilla frente a nosotras. Mariana le pidió uno y lo compartimos. Sentí que abrazaba una nube. Cuando Natalia subió al escenario para cantar volví a meterme al corral, tomaba las fotos y escuché que alguien detrás de mí dijo:

-¿Está ocupada esta silla?

-No, contestó alguien.

-Bueno, me voy a sentar aunque aquí la compañera -refiriéndose a mí- no me va a dejar ver ¿verdad? pero bueno.

Volteé a verla. Un día antes nos habían presentado. Una tal Cecilia Noséqué. Más bien ella se acercó preguntándome si era la esposa del organizador -con quien yo estaba hablando-, ante la negativa, me dio la espalda y le dijo con ternura:

-Explícame cómo va a estar lo de los camiones, con manzanitas, porque soy muy tonta.

La gente que dice que es tonta casi siempre lo es en efecto.

El concierto terminó a la una de la mañana. Cuando mis dedos de los pies se odiaban entre ellos y el hambre se había convertido en dolor agudo. Nos volvieron a juntar como ganado en la entrada, después de hora y media nos llevaron a un salón grande con mesas adornadas como fiesta de XV años.

Cuando nos sentamos en la mesa, la mujer que estaba frente a mí me miró y dijo:

-Yo conozco esa carita. ¿Estabas con Ferrant verdad? ¿en redes?

-Sí, dije.

-¿Qué pasó?

-Ahora trabajo con Moullian en una agenda de cultura.

-Ella escribe, dijo la chica a su compañero de prensa.

Él me miró a los ojos extrañado, casi le escucho decir: ¿este renacuajo sabe trucos?

-Trabajó conmigo, todos los que entran es porque son recomendados. Todos los que se salen es porque no soportan a alguien. Pero ella no tiene cara de pelearse con nadie.

Cecilia Noséqué entró al salón haciendo escándalo, se acercó a nuestra mesa y le dijo a la chica:

-Voy con Vero a que me cuente los chismes, me pongo al día y vengo a la mesa.

Mi ex compañera de trabajo hizo un gesto de desagrado. Me cayó bien por eso.

Después de la cena volvieron a llevarnos a la entrada. A esas alturas el pastoreo se había vuelto chocante y estaban a punto de dar las tres de la mañana. En la explanada sólo quedaba un grupo de mujeres mayores, con vestidos de lino, con sombrero y abanico. Mariana y yo seguíamos al resto de los compañeros pero en algún momento seguimos caminando y nos perdimos. Llegamos hasta donde estaban las mujeres de cuellos con perlas.

-Ésta es la fila, váyanse hasta atrás, nos dijo una.

-Nosotras no vamos en este camión, somos de prensa.

Otra mujer vestida de negro gritó desde atrás:

-Prensa o lo que sean: ¡para atrás!

-No, disculpen, nosotras no vamos con ustedes. Estamos esperando a un camión especial para la prensa, dijo Mariana

-¡Un camión especial! ¡Cómo no! ¿Y dónde está ese camión tan especial?, comenzaron a reírse. Oye esto, mijita: ¡Se van a ir en nuestro camión…si caben!

Nos alejamos para buscar a nuestro grupo. Las mujeres seguían repitiendo las mismas frases una y otra vez. Era como una excursión de señoras de cincuenta años que salían a oír jazz y a beber al puerto. Mariana y yo nos formamos ¡hasta atrás! de la fila correcta.

-No creo que esto sea lo mío, me dijo, un poco con tristeza.

Yo la entendía. Había sido una noche muy hostil, cansada y ni siquiera pudimos hacer buenas tomas desde nuestro lugarcito en el área de prensa.

-¿Tú sí?, me preguntó.

-No sé, contesté.

Qué vergüenza admitir que a uno le gusta la mala vida.

 

Anita Joker (????)

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