MARIANA OLIVER: «A ESTAS ALTURAS, POR MOMENTOS, PARECIERA QUE SIGUE CAUSANDO CIERTA EXTRAÑEZA QUE UNA MUJER ESCRIBA.»

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Foto cortesía de Mariana Oliver.

 

 

 

 

Por Josué Tello Torres

Es lunes. En la Ciudad de México son pasadas las 8 de la mañana. En Cancún una hora más tarde. En la línea telefónica está Mariana Oliver (Ciudad de México, 1986) autora de Aves migratorias, obra ganadora del Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2016. En la charla, Mariana platica de su formación en letras alemanas, su interés en temas relacionados con la crítica literaria feminista y la reescritura de mitos enfocados en mujeres; de su proceso de escritura, de libros, de viajes, de los retos de las mujeres en México, de la memoria y su reconstrucción.

Elias Canetti escribió en Masa y poder que nada teme más el hombre que enfrentarse a lo desconocido. Algo de esta frase nos acompaña en la llamada. Mariana y yo no nos conocemos fuera de Twitter, donde sólo nos hemos enviado un par de mensajes para agendar la llamada. Pero disfrutamos la entrevista, que por momentos se convirtió en intercambio de ideas sobre el feminismo, sobre literatura, sobre lecturas.

 

¿Cómo nace Aves migratorias?

Escribí el libro con una beca que me dieron en la Fundación para las Letras Mexicanas. Originalmente solicité la beca para investigación porque pensé que estaba más relacionado con lo que hacía en ese momento. Después de la entrevista me sugirieron cambiar a ensayo y acepté. Una de las diferencias con mis compañeros de generación era que yo no tenía un proyecto, así que comencé a escribir sobre los temas que me interesaban, sobre lo que había leído, sobre el tiempo que pasé en Alemania, sobre la posguerra, el muro [de Berlín] y la literatura alemana.

Al principio Aves migratorias no estaba pensado como un libro, más bien un texto me llevó a otro y a otro y cuando termine me di cuenta del hilo conductor que existía entre ellos. De hecho los últimos ensayos que escribí fueron, valga la redundancia, el último [Plano de una casa] y el primero [Aves migratorias] que aparecen en el libro.

 

En Aves migratorias impera el uso del lenguaje, las mujeres, escritores, la situación de Alemania antes y después de la caída del muro de Berlín, la migración. Pero el texto Los otros niños perdidos, que está ambientada en Cuba, y los últimos dos ensayos: Mímesis en VHS y Plano de una casa, rompen con la temática sobre Alemania que construiste en los primeros siete textos, ¿Cuál es la intención sobre el acomodo de los ensayos?

Cuando estaba armando el libro para mandarlo al premio pensé que podía iniciar con el ensayo que le da título al libro. Es la historia de un hombre daltónico que enseña a volar a una bandada de grullas criadas en cautiverio. Fue un recorrido extraordinario no sólo por los kilómetros que las aves recorrieron, sino también por las circunstancias en las que hicieron el viaje. Pensé que ese primer ensayo anunciaba los temas recurrentes en el resto de los ensayos: la migración, el viaje, la casa, la lengua, la memoria. Con el resto de los ensayos se me ocurrió que podía funcionar trazar un recorrido sobre algunos lugares, no sólo geográficos como es evidente, y explorar en otras zonas menos tangibles como la memoria y en el lenguaje, y finalmente regresar a la casa, que es en donde suelen terminar los viajes. El libro empieza en el patio de la casa de un hombre que quiere aprender a volar y termina con la exploración de otra casa, la mía.

 

La impresión que me generó el libro fue que era una construcción basada en fragmentos. Que cada fragmento hacia la unidad, pero a su vez tenían vida propia.

Sí, los fragmentos se volvieron un rasgo característico de los ensayos, aunque la verdad es que llegué a esa forma de manera accidental. Empecé a escribir así porque me costaba mucho trabajo, y que me sigue costando, escribir bloques más largos. Conforme avanzaba me di cuenta de que esa forma podía funcionar, que no era necesario que me empeñara en estirar y estirar los fragmentos. Así que escribía comenzando con alguna idea y luego me obligaba a construir alrededor de ésta. Finalmente los ensayos se volvieron una acumulación de fragmentos que dialogan entre sí y están ensamblados. Uno se construye sobre otro. Aunque también, como dices, es posible leerlos de manera individual. .

 

¿Te sientes cómoda en el ensayo?

Sí, me siento cómoda es el único género que escribo. Por eso a veces me causa extrañeza cuando me preguntan si quiero o tengo planeado escribir cuento.

 

¿Cómo llegaste a ese género?

Fue casualidad. De manera ingenua pensé que no era tan diferente a lo que estaba acostumbrada a escribir en ese momento, que era  ensayo académico. Después  me di cuenta de que estaba equivocada. Desde luego que en los dos tipos de ensayos existe una investigación previa pero, en mi experiencia, la ejecución es totalmente diferente. En el ensayo tienes la libertad de buscar en formas, en registros, de jugar con el lenguaje y con las supuestas fronteras que existen entre los géneros.

 

¿Quiénes influyen en tu obra?

Influyen muchísimas mujeres. Desde hace años, por disciplina, procuro que la mayoría de las cosas que leo hayan sido escritas por mujeres. Cuando estaba en la licenciatura me di cuenta pronto de que el canon de lecturas estaba compuesto casi en su totalidad por autores masculinos. Si te interesaba leer algo fuera de eso tenías que hacerlo por tu cuenta a menos de que tuvieras la suerte de que se abriera el seminario “especial” dedicado a las escritoras. Me gustan las escritoras alemanas del siglo XX; admiro particularmente a  Christa Wolf; es una lectura a la que vuelvo con cierta regularidad.  También me gustan mucho Natalia Ginzburg y Leila Guerriero. Hace poco descubrí a Mariana Enríquez y a Marina Perezagua. Hay algo en la prosa de todas ellas que me parece fascinante. También sigo lo que se escribe aquí: me encantó la novela de Verónica Gerber, me gusta lo que hacen Sara Uribe, Marina Azahua, Jazmina Barrera, Criseida Santos, y, desde luego, Cristina Rivera Garza.

 

¿Qué leías mientras escribías?

Siempre que estaba trabajando en un texto intentaba leer muchas noticias de la época. Buscaba periódicos, fotos, textos escritos en ese tiempo; todo para poder pensar o imaginar el contexto de mis textos. Además, desde luego, de las lecturas que hacía por placer o lo que me recomendaban mis compañeros.

Por ejemplo, para el ensayo de Christa Wolf, busqué el discurso que dio en noviembre de 1989 en la Alexanderplatz, incluso di con el video. Antes de escribir el ensayo de los pájaros compré un libro de aviación para intentar entender, aunque fuese superficialmente, algo sobre el proceso del vuelo. Para el de Capadoca busqué libros sobre piedras y volcanes… mi objetivo también era encontrar el lenguaje.

 

¿Qué le dejan al escritor los premios?

Muchas cosas gratas. Una de ellas que puedo conversar con gente que no conozco a las 8 de la mañana y platicar de mi libro—responde entre risas—; recibir mensajes de personas que leyeron el libro y que me escriben para decirme que le gustó o que disfrutaron los ensayos. Esa es la parte más grata, encontrar interlocutores. Además de conocer a los escritores que ganaron este año. Vas construyendo redes, vas haciendo más amigos.

 

¿Cómo ves el panorama literario para las mujeres?

Me queda claro que hay muchas escritoras talentosísimas, así que tenemos suerte por tener tantas interlocutoras. Aunque creo que sabemos que en el ámbito de la cultura, igual que en muchos otros, existe discriminación. Cada año se repite lo mismo: se publican más hombres que mujeres, la mayoría de las personas que dictaminan premios y becas son hombres y luego resulta que quienes las ganan son otros hombres. A estas alturas, por momentos, pareciera que sigue causando cierta extrañeza que una mujer escriba. Tendríamos que llegar al punto en el que ya no tengamos que demostrar que podemos hacer bien las cosas, en el que ya no tuviéramos que ser las portavoces.

 

¿Crees que va al llegar el punto en el que suceda eso que mencionas?

Creo que sí; espero poder verlo.

 

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