Arturo Aguilar Hernández

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ESTO NO ES UN POEMA

 

Si mi mano fuera fuente inagotable de lirismo puro y blanco,

y de mi corazón brotarán suspiros áureos y románticos,

si de mi piel saliera música y mis arrumacos te causaran sonrisas

y bellas miradas, esto sería un poema.

 

Y si me desbordo por ti, y si

en mis horas de insomnio sólo se me ocurre qué decirte para que me voltees a ver,

y si todas las palabras más preciosas que he aprendido lo hago para decírtelas,

ni así sería un poema.

Ni aunque tu belleza y tu sonrisa estén atrapadas en un apartamento de mi corazón, podría ser un poema.

 

Te vi sentada, cual diosa nórdica, radiante, manabas luz, alumbrabas,

parecía que buscabas el amor,

mis impulsos quisieron pensar que buscabas quién te dijera

cuán hermosa eres,

me lo creí, y como un vicio que me comió ya no pude parar de apreciarte y hablarte,

de que me despreciaras y de intentar hacer que tu piel se pusiera chinita

como la mía por tí.

Eres la mujer que sigue incrustada en mí

y que me perturbas

y me haces vibrar

y aunque seco estoy ya de ilusiones me haces volver a soñar.

 

Sé, que mi tenue existencia no tambalea a la tuya,

Y aun así mis ojos se han vueltos tus vigilantes, tus cancerberos, tus guaruras,

mis ojos se han tatuado tu nombre y tu imagen y los arrastras con cruel delicia a donde quiera que van tus piernas, tus pechos, tus labios, tus caderas, tu cintura, tu piel dorada y tu cabello solar.

 

Y a mis tristes anales –guerreando con mis demás memorias abriéndose paso con dureza– flota día tras día, hasta que pierdo las fechas, cómo te conocí; aflora cómo tus ojos de perla venidos del mar más bello y no conocido, con violencia y pasión me poseyeron.

 

Salía del pasmo de un día decadente y era como si mi vida física fuera un recipiente vacío, cuando fortuitamente, y como si una escena lenta fuera, apareciste, perdí la vista y no volví a ver nada más que no fueras tú.

En mi locura y delirios, alucinaciones e ilusiones, me sonreíste, ¡me sonreíste!, ¡me sonreíste!

 

Tu aparición en mi túnel lóbrego y finito, ¡oh mi bella diosa! Fue el desborde más grande que desgarró mi cuerpo y ruborizó mi existencia. Sin poesía, sin metáforas, sin tropos, sin nada más que la expresión bruta de los brincos de mi corazón.

 

Vivo sembrando palabras, de las cuales eres su raíz,

y cosecho sus frutos con la esperanza de que te agraden.

 

Y sin embargo, esto no puede ser un poema. Mis emociones, adictas a ti, no podrían caber en mi pobre lirismo, no me atrevería a pintar figuras de tu nombre y tu sonrisa, no podría expresar los gritos que retumban en mi interior y la sed que tengo de ti, de ninguna manera.

 

No me puedo declarar inocente de hacerte mi obsesión, de que estoy cegado por ti. Sí sueño contigo, si te beso en mis sueños, sí bailo contigo, sí escribo simplezas esperando te hagan reír, o te agraden,

y sin embargo,

esto no puede ser un poema.

 

 

Arturo Aguilar Hernández (Ojocaliente, Zacatecas, 1991) estudió en la Unidad Académica de Letras el 2016. En 2012 recibió el Premio Municipal de la Juventud y en 2016 el de tercer lugar municipal de “Calaveritas Literarias”. Ha colaborado en La Soldadera, Regeneración Zacatecas, FA Cartonera y El Guardatextos.

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