Hugo Aguilar

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BIBELOTS

Pudieron haber sido tres, tal vez cuatro años de oscuridad, hasta que alguien decidió mudarlos a la salita.

Clara despertó echada en su alcoba, mirando el juego de claroscuros en la mañana de las paredes. Se descubrió de las sábanas con un calosfrío recorriéndole la espalda: el primer chirrido de su pie sobre la duela acabó definitivamente con el sueño. Alació su cabello frente a un espejo roto y bajó las escaleras acomodando los tirantes del vestido, ya azul celeste por el agravio del tiempo.

Sin cruzar el vano que daba a la sala, acodada en una de las jambas, encontró a Julio observando algo a través de la ventana. Un resplandor le bañaba el rostro cuando se volvió hacia ella. Se miraron como quienes resuelven un secreto, alertados de pronto por conocer mejor que los suyos, los rasgos del otro. «Aún es invierno», escuchó Clara, estremecida por la ingravidez con que Julio entonaba sus palabras.

A ambos los cancelaba el silencio, desacostumbrados a articular sus voces aun en sus pensamientos. La quietud a la que habían sido extremados los vació de recuerdos. Sin percibirlo, quedaron saciados de divagar y absueltos por el olvido. Sabían de un presente en común lo mismo que la nieve del calor; solo familiares por extravío, desraizados en medio de la noche.

Julio aguardó a la respuesta de Clara con un deseo repentino de estrecharla contra él. Creyó no escuchar su voz y entender de sus labios: «Ve por pan al almacén. Comeremos verdura hervida». Ella dio media vuelta hacia las escaleras sin percibir los pasos de Julio, quien la vio desaparecer en el rellano. De una argolla tomó las llaves en su bolsillo, su única certeza,  y las hizo girar con el dedo índice; había olvidado qué abriría cada pieza. Por fin cedió la puerta de la cocina y vio el horizonte empañado por la ventisca, entonces sí escuchó la voz de Clara detrás, extendiéndole un saco: «Por favor, no salgas sin abrigarte».

Atravesó el patio con esa inflexión sin nervio que hacía ecos en su cabeza, pensando en lo incomprensible de aquel retiro al que estaban confinados; en la relación que era posible de esta con aquella. Dentro del cobertizo, apenas discernía nada con la luz que entraba lánguida por la puerta.  Todo estaba hecho un desastre, el desorden era casi absoluto. Entre las repisas y el suelo encontró infinidad de objetos, todos por lo demás incomestibles: ovillos, bisutería, libros y otros cachivaches. En la repisa superior del estante, un velero encerrado en una pequeña botella estuvo a punto de llamar su atención, pero inmediato a este dio con una bolsa hinchada de mendrugos.

En puntillas, Julio estiró los brazos hacia los panes, pero otros dos lo ciñeron por la cintura. Mientras lo hizo bajar, Clara tiraba de su mano hasta conducirlo a la puerta, pronto clausurada con su espalda contraída sobre el cuerpo de Julio, sin reparar ninguno en los mendrugos que abandonaban o la oscuridad donde volvían a sumergirse, ahora adrede, con propósito de anhelo.

Ahí se encerraron durante días hasta que, después de aún más tiempo, comenzó a temblar como frecuentemente ocurría. Tomaron los mendrugos y ella un costal con papas. Casi impedidos por la tormenta y la acuosidad con que se revolvía el aire, llegaron a la casa sonriendo con frugalidad, hechos un baile de roces tímidos. Almorzaron juntos, sorprendidos del color rojo de la tarde, aún a cuesta del desastre que estaba hecho afuera. Clara miró a Julio acariciar una fisura que amenazaba con partir la mesa. Julio vio a Clara husmeando en el costal de papas, de donde sacó el velero embotellado y lo acomodó como un parche sobre la grieta.

Cuando la condición del clima lo permitía, Clara y Julio tomaron la costumbre de buscar en el almacén adornos para remplazar o cubrir los desperfectos de la casa; cuando no, se encerraban en su habitación con las cortinas corridas. Ataviaron la casa con la incomprensible unión que se profesaban y con un tiempo que parecía no agotarse, hasta que se fueron llenando los espacios. Ni en la sala ni en el porche, ni en el cuarto de lavado o el pequeño estudio, ya nada alcanzaba ni daba lugar para reemplazos. La casa era un monumento al desborde; Clara fue la primera en manifestarlo.

Quedaron en retirar todo, para ahorrarse el desacuerdo de recomenzar. No obstante, en un avance lento, a la par del desalojo de un pequeño labrador de porcelana, una guitarrita de madera, dos retratos, un paisaje, fueron colocando en el cobertizo un poco de sí mismos y del otro. Cuando todo quedó como en un principio, después de sus alimentos se vieron reducidos a la habitación. Julio un día cayó en cuenta que de Clara no anhelaba más de lo que podía entregarle; Clara entendió que fuera de Julio estaba el mundo.

Cuando el catre dejó de unirlos, Clara pasaba las horas abrazando el velero que Julio se negó a regresar, mientras él tañía en el traspatio, durante horas, un monocordio. Cuando ella cambió el barco por un libro, se dio cuenta que la nota única de Julio era insoportable. Clara, sin comprenderlo, entre llanto y gritos ahogados, comenzó a arrojar hacia las paredes los pocos jarrones que sobraban. Julio entró y ella sintió que la miraba el espejo roto en su habitación, que lo refractaba todo menos a ella.

Julio salió de la casa y comenzó a andar sobre la nieve hasta darse de frente contra el cristal, donde comenzó a pasar las jornadas. Clara lo veía a través de la ventana donde antes él veía caer la tarde, agazapado en ese rincón de su mundo; ahora leía a gusto, sin embargo.

La separación se hizo definitiva con otro temblor, cierta mañana en que Clara creyó perder suelo y Julio sentía que la nieve se elevaba sobre su cabeza, como una avalanchaque lo desplazaba cuesta arriba. En su lucha por la superficie, Julio renunció ante la alucinación de ver la casa elevarse, invirtiendo hacia el cielo la dirección de sus cimientos.

Apenas se hizo la calma, Clara arrojó una cuerda por la chimenea que nunca utilizaron. Por ahí se deslizó hacia la nieve como un San Nicolás invertido, sin la certeza de estar subiendo o bajando, otra vez desorientada, sola y sin norte: en otra forma de oscuridad. Clara comenzó a llorar su desconcierto sobre la nieve que sepultaba a Julio; ahí se echó boca arriba, con la tristeza agolpándose en su vientre, y miró el cielo interrumpido por la suciedad del techo, acaso la única parte de la casa que ambos jamás arreglarían.

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Hugo Aguilar (Transporte público, México. 1995). Ex estudiante de Biología, sin becas ni blogs; de escasa publicación. Caminante y ponente esporádico en la Universidad.

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