Andrés Cisneros

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*

Haz tu crimen consciente.

No robes a tu hermano.

No acrecientes la pobreza de los pobres.

No apuntes tu pistola en la cabeza

del recién nacido junto a tu casa de adobe.

No dispares sobre la madre de una niña

que mama de un pene tu propia miseria.

Que tu crimen sea una auténtica obra.

Amputa las manos del príncipe.

Arranca la corona al futuro rey

y fúndela en alianzas para el pueblo.

Y si tienes el coraje, cuando tengas

al niño que te impondrán como dios

en tus manos, secuéstralo, enséñalo

a ser pueblo, que aprenda el difícil arte

de vivir sin reino.

*

Yo no tengo país, soy pueblo.

Y aunque México es un cadáver,

de sus llagas los pueblos fluyen.

Porque el pueblo no es donde naces,

sino lo que puedes hacer donde naces

con lo poco que naciste.

*

Que si van a construir estadios, sean estadios para la poesía

y que se llenen de música y danza;

año nuevo en la tierra.

Que los días aciagos zapotecos

y todos los días de todas las lenguas

llenen, desborden, colmen, el estadio;

que baile el sol sobre la charola

y sus frutas sobre nuestras cabezas

y caiga borracha la luz y nos bañe

con su leche de sal.

Que los estadios se llenen de poesía

y nunca más de pobreza.

Llegada del mal nacido

*

Nunca tuve un amor incondicional.

Mi madre desde el principio

me fue ensañando a luchar

con la mirada por una caricia,

a trabajar con lágrimas por un abrazo.

A pelear con la sonrisa un beso.

Nunca me dio gota de leche

sin la enseñanza pura de buscar,

inconforme entre sus senos,

un manantial más blanco que la luz.

Mi padre me enseñó a no recibir

reconocimiento alguno.

A entender que el fruto del trabajo

y el esfuerzo, aunque se mastique

en multitud, es un acto solitario;

un gozo que no puede disfrutarse

dos veces del mismo modo.

Una tristeza ácida que contiene

la dicha del jugo, igual que lo amargo

de la cáscara, el dulce de la toronja.

A saber que la aceptación es un espejismo,

me enseñó mi padre con su indiferencia.

Darle la mano abierta a un desconocido

a una desconocida, intenté. Y supe entonces,

que nunca te volverás menos solo

y que no ahorrarás un gramo de dolor.

Que el pozo de las emociones no se llena

ni se vacía, únicamente se cierra o abre.

A preparar mi alimento una noche entre las sombras

en lo alto de una cascada de piedra, experimenté.  

Y vi que de mi pecho brotaron tres palabras

con las que formé un color para la lumbre,

que iluminó las hierbas de un modo distinto.

Y fue después, mientras dormía, cuando

para esconder la fórmula de ese hechizo

empezaron a cerrarse las hojas de mi corazón.

Pero ningún embrujo tampoco puede

realizarse del mismo modo dos veces.

Descubrí que nada se repite.

Que todo está pasando, vertiginoso,

y que nuestra mente cada vez se abre menos

para engullir las exquisitas moscas

endulzadas con sangre de la fruta.

*

Nací despadrado y desmadrado.

Y muchas veces aprendí a depositar

mi corazón en una boca vacía.

Porque no supe vencerme.

Porque también me rendí

al embeleso de un acto vacío.

Y no supe reconocer una sonrisa.

Cuando nací, en mi hogar nadie me esperaba.

Solo el ruido de los aparatos electrodomésticos

para sumarse a mis preguntas y a la luz

que fue cortina de mi ventana.

Cuando llegué a este mundo fue

como si nunca alguien hubiera llegado.

Como si todo estuviera completo.

Y la primera enseñanza fue

que si quería estar en el mundo

tenía que entender que eso

a todos les importa un penique.

Nací en la cuna de una clase

que fue sometida por el confort,

el trabajo y la promesa de acceder

a un cielo con circuito cerrado

y alta tecnología, ganar un curul

para opinar quién vive y quién muere.

La familia de la que nací fue aniquilada

por el índice de un ideal;

porque nací muerto

porque el dictamen de la historia

dedujo que vine para servir de esclavo.

Porque nací sin estrella y no fui elegido

y mi oblación fue pactada aquella lejana noche

con los infinitos niños de la muerte

sin carroza ni lecho, solo una cabeza

rodando, junto a su diminuto cadáver

ardiente en la fosa común de una parábola.

Porque nací aquella misma noche

que Herodes pisó los innúmeros  

recién nacidos, igual que insectos.

Nací aquel mismo año que los niños

de esta tierra fueron masacrados.

Germiné de la herida que en la garganta

de una niña maya dibujaron con su espadín

los capitanes que ordenan a tus manos y las mías.

Igual nos enseñaron a reír del propio exterminio.

Nunca tuve amor incondicional.

Vine a la tierra a combatir en cada beso.

Cada gota vital que he derramado

es fulgor que no cabe en este poema.

Pero también aprendí que ese sabor único

que da la vida en la boca de cada caníbal,

cuando se comparte y abren su corazón

más de dos al mismo tiempo,

nos hace sentir solos de un modo tan profundo.

A eso es a lo que llaman estar acompañado.

Y luego, se cierra otra vez nuestro corazón.

 

 

 

 

Resentimientos de la nación

Bien se sabe que el amor es la barbarie.

Bien sabemos que tu casa es el odio y que el amor es barbarie.

Todos caminamos con el bien en contra.

El amor y del otro lado nosotros los inconvenientes

los solos, los huraños

que le ponemos pero a todo

fríos, burlones, molestos,

irreconsiliables, odiosos,

perfectos para la hoguera

incivilizados [qué poca educación]

monstruos de malos modales

hijos de Sócrates olmeca

venidos de quién sabe qué mazmorra

feos

bestias que mordemos la mano

cuando intenta meternos a trabajar

[honestamente] como albañiles,

jardineros o guardaespaldas

corazones negros y no rosas carmín

malhablados, malpensados

envidiosos porque no alcanzamos jaula de cristal

resentidos por puro gusto

inmunes al dolor

desconfiados

vengativos, incapaces de amar,

niños héroes que nacimos muertos

porque ningún padre nos reconoció

y nuestra madre nos lanzó con los perros

para que aprendiéramos a ser hombres

bestias que aprendieron a sobrevivir

sobrevivientes que aprendieron a pelear

duros, insensibles al calor supremo.

Porque cuando un padre nos trató de recoger preferimos la vida,

y cuando una madre nos quiso levantar, preferimos la muerte.

Encabronados, inconformes que lucharon para vivir

animales que desde muy pequeños aprendimos

que la única barbarie es el amor.

Andrés Cisneros de la Cruz. Ciudad de México, 1979. Poeta, ensayista y editor. Ha publicado los libros de poesía: Vitrina de últimas cenas (VO/ Andrógino, 2007), No hay letras para escribir tu epitafio (Mezcalero Brothers, 2008), Como la nieve que dejan los muertos (Letras de Pasto Verde, 2009, Poesía sin permiso, 2010), Ópera de la tempestad (Metáfora/VO, 2011), La perra láctea (Inferno Ediciones, 2012), Fue catástrofe (Rojo Siena, 2013), Eufórica [partituras para la guerra] (Sikore, 2015), Tétrada (Taller Nuclear, 2014, Ediciones El Viaje, 2015) El viejo arte de lo nuevo. Manifiestos matéricos (Sikore, 2016), La rosa ebria y treintaitrés anforismos (La cosa escrita, 2016) y Dinamita (Cisnegro, 2016). Realizó selección y curaduría crítica del poeta Josué Mirlo, en Museo de esperpentos y ensayos en prosa bárbara. Es segundo lugar en el Certamen Internacional Relámpago de Poesía Bernardo Ruiz, 2008, mención honorífica en el Concurso Nacional de Poesía El Laberinto, 2004, y en el Concurso Nacional de Poesía Jaime Sabines, 1999. Y segundo lugar en Premio Nacional de Poesía Temática Tinta Nueva 2011. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y Comunicación Social en la UAM. Ha sido incluido en más de cuarenta antologías, entre ellas, 24 años, 24 poetas (Tianguis del Chopo / Conaculta, 2004), Descifrar el laberinto (El Laberinto, 2005), La Mujer Rota (Literalia, 2008), el Anuario de Poesía 2007 (FCE, 2008, selección de Julián Herbert), Hacedores de Palabras (Cantera Verde, 2009) y La semilla desnuda (Poetas en Construcción / Conaculta, 2010). Es organizador del Debate Abierto de Crítica Poética (en colaboración con Casa del Lago) y creador del Torneo de Poesía (Adversario en el cuadrilátero), los Miércoles Itinerantes de Poesía, el Premio Latinoamericano de Poesía Transgresora y compilador de 40 Barcos de Guerra, y del compendio Torneo de Poesía 2007-2010. Antología de poetas sobre el cuadrilátero (Linaje Editores / Verso Destierro, 2013). Es colaborador del programa Luces de la ciudad (en la Hora Nacional) y Radio Etiopía. Participó en el ciclo de Poesía en Voz Alta organizado por la Casa del Lago, en 2013. Ha impartido talleres de poesía en el IPN y en la Universidad Iberoamericana. Como periodista fue parte de la mesa de redacción de El Universal y El Independiente, y colaborador de la revista Bucareli 8 y Chilango, así como investigador de poesía especializada en ajedrez, para la Gran Fiesta Internacional de la UNAM 2012. Ha sido curador poético de la obra plástica de Orlando Díaz, Kenta Torii y Omar SM. También ha colaborado en suplementos y revistas de México, Argentina, Venezuela, Nicaragua, Chile y España. Su poesía ha sido traducida al náhuatl y al portugués. Actualmente es editor de la versión en línea de la revista Blanco Móvil, y operador del proyecto múltiple Cisnegro. Lectores de alto riesgo.

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